Sunday, 1 July 2007

Sicko enferma

Una opinión muy personal tras haber visto la última entrega de Michael Moore

Por Roberto Madrigal, Cincinatti

Hace unos días noté, en la blogósfera cubana, lo que entonces me pareció una prematura reacción al inminente estreno de
Sicko, el más reciente documental de Michael Moore. Ya se había propagado el avance de que en su filme Moore llevaba a Cuba, para recibir atención medica especializada, a un grupo de bomberos, paramédicos y otros voluntarios en las labores de rescate siguientes al atentado del 11 de septiembre de 2001. Todos los integrantes del grupo habían contraído desde entonces diversas enfermedades respiratorias y psicológicas. Supuestamente, por una razón u otra, su propio país les negaba las terapias adecuadas.

La indignación con la que algunos blogueros dispararon salvas de rabia contra la película, me pareció exagerada y ciertamente intolerante. Si bien, por razones más que obvias en la declaración de intenciones del cineasta, comprensible y justificada. No me gusta anticiparme al estreno de una película, ya se trate de una cinta de entretenimiento, comercial o de alto vuelo artístico. Mucho menos me agrada precipitarme a censurarla a puro prepucio, por muy loable y razonable que sea la causa.

Cuando vivía en Cuba, obligado a imaginarme muchas películas vetadas por el ICAIC, tuve en contrapartida el raro privilegio de entrenarme en el obsesivo y refinado arte de visualizar mentalmente películas a partir de críticas, reseñas, comentarios y de cómo la contaban los elegidos que las habían visto. A la larga, los productos virtuales de mi fantasía superaban a sus versiones reales. Sin embargo, estimo que en el mundo libre ese cerebral ejercicio de exégesis carencial está de más. Y aunque a menudo sobren motivos para no querer ver un determinado largometraje, la receta de enjuiciar
a priori en los medios de difusión una obra de arte es reprobable. No es que no tenga preconceptos, pero los mantengo a raya. Por principio, en materia de cinematografía, nunca pongo mis criterios en blanco y negro antes de tener el gusto o el disgusto de haber visto el filme en cuestión.

A estas alturas ya todos debemos saber quién es Michael Moore. De hecho, él no se esconde, disfruta de cualquier tipo de atención mediática y le encanta que todos conozcamos sus inclinaciones, sus opiniones, filiaciones... Todos los documentalistas del mundo, y en especial los de Estados Unidos, deben estarle eternamente agradecidos por haber hecho trascender a la pantalla ancha un género oscuro, habitualmente relegado a canales de la televisión pública que ya nadie ve, a los cada vez más escasas cinematecas, a las pantallas de los
malls (centros comerciales), así como a la distribución masiva en DVDs. Sin Michael Moore, Albert Gore no se hubiera ganado un Oscar y nadie le hubiera prestado atención a su documental sobre el calentamiento global, con independencia de la opinión que merezca.

Es curioso, porque este mal llamado documentalista se especializa más bien en docudramas. Cualquiera que haya visto con detenimiento
Roger and Me, Bowling for Columbine o Fahrenheit 9/11 sabe que sus técnicas son propias del cine de agitación y propaganda. Moore no convence más que a los que ya están convencidos antes de entrar al cine. De hecho, no hace otra cosa que dar rienda suelta a sus humores, promover su agenda personal. Aborda temas, controversiales o no, como la avaricia de los ejecutivos de la industria automovilística, la violencia juvenil, el culto a las armas en Estados Unidos o la idiotez de la Guerra de Irak.

Su técnica favorita consiste en acumular, a capricho, datos y sucesos que se ajusten a su objetivo. Son ciertos en su mayoría, pero los presenta invariablemente como verdades evidentes que no admiten otra interpretación de los hechos narrados ni tampoco cualquier cuestionamiento de sus fuentes. En sus documentales no hay voces disidentes, no hay contrapunto, no se enfrentan criterios opuestos. Moore nunca hubiera dirigido o escrito el guión de, pongamos,
Rashomon.

Simplemente, la polisemia no es lo suyo. Sus datos hay que aceptarlos tal y como él los ofrece. Su objetivo es ser incendiario, no convincente. Por otra parte, él siempre es personaje central en sus obras. Es un pésimo actor, pero hace muy bien de Michael Moore. Su mayor mérito es que no se avergüenza de ello ni pretende ser ninguna otra cosa.

El valor estético de su obra es irregular. Utiliza los elementos mas convencionales del cine comercial, abusa del lugar común, el cliché, el golpe bajo y el
gag (chiste) barato. Suele asumir una pose paternalista y condescendiente con las personas que entrevista y utiliza para sus trajines populistas. Se burla de ellas despiadadamente, se ceba en sus defectos y se aprovecha de sus desgracias; y después les pide su reconocimiento. Tiene una tendencia muy acentuada a la hipersimplificación de los temas. A veces, acierta en el plano artístico, como en Roger and Me; otras veces "apunta al Morro y le da a La Cabaña", como en Fahrenheit 9/11.

Sí, por más que me duela, confieso que he visto todo Michael Moore y hasta he tenido el disgusto de conocerlo personalmente. Conocedor del tema de su mas reciente producto, como cubano y disciplinado amante (quisiera llamarme crítico) del cine, me dispuse, tras varios ejercicios de Tai Chi, media hora de Yoga y mil repeticiones de anamnmiojorenguekio para calmarme los nervios, como un Cristo del Multiplex, a sufrir por mis congéneres en la primera función del día del estreno de
Sicko.

El tema no es nada controversial.
Sicko está dedicada a criticar el sistema de salud de Estados Unidos, sobre cuyas insuficiencias todo el mundo está de acuerdo, excepto las compañías de seguros y la industria farmacéutica. No se concentra en quienes no poseen póliza médica, sino específicamente en aquellas personas a las que se supone bien protegidas. No hay dudas de que mucho ha de estar podrido en un sistema de salud pública basado en el lucro. Lo sé de primera mano, porque trabajo en él. La primera parte de la película ejemplifica, arbitrariamente, las crueldades del sistema. Se vale de medias verdades, escamotea la complejidad del tema, simplificándolo en exceso. Pero no hay nada nuevo bajo el sol en lo que dice; más bien redescubre el agua tibia.

Luego salta a establecer comparaciones con la sanidad socializada imperante en Canadá, Gran Bretaña y Francia. Aquí no sólo lo reduce todo a estereotipos y empobrece sus disquisiciones con un efectismo de baja estopa, sino que además nos castiga con primeros planos de su mofletudo rostro, ausente en la primera media hora. Si al principio se contentaba con llevar la voz narrativa en
off, ahora hace de narrador y protagonista al mismo tiempo. De nuevo, los ejemplos están escogidos a capricho y, como es usual en él, lo que estipula el autor no se discute. Son sus verdades absolutas. Se aceptan o se va uno del cine.

No voy a entrar a discutir las bondades o los horrores de esos sistemas de servicios médicos. No porque carezca de opinión al respecto sino porque no es mi objetivo. Baste con decir que Moore presenta una visión edulcorada de ellos y que, si uno le sigue el hilo, se tiene que preguntar qué hago aquí sentado en el cine y no en Internet, sacando un pasaje para coger el primer vuelo a París, Londres o Montreal. A la larga, la película se convierte en una oda a Francia, quizá en agradecimiento al premio que recibió en Cannes por
Fahrenheit 9/11 y esperando más retribuciones galas. No en balde decidió estrenar su nueva cinta en el Festival de Cannes de este año. Esta vez fuera de competencia.

Pero lo mejor, o lo peor, lo deja para el final. Con la excusa de haberse enterado de que a los prisioneros de la base de Guantánamo se les ofrece el mejor cuidado médico disponible en Estados Unidos, reúne selectivamente al mencionado piquete de rescatistas, bomberos y personal paramédico del 11-09. Luego los junta con otros personajes enfermos ya vistos en la película y zarpa de Miami al frente de una flotilla de tres yates con destino a Guantánamo. A una supuesta pregunta del oficial del guardacostas americano, responde que no van a Cuba sino a la base de Guantánamo, que es territorio estadounidense.

Más adelante Moore apela a un recurso humorístico: se oscurece la pantalla y se ve un impreso donde el autor explica que no puede revelar cómo llegó porque la Homeland Security se lo prohíbe. De repente, aparece él mirando hacia la base de Guantánamo desde suelo cubano. ¡Qué montaje! Cuánto habrá tenido que hacer y prometer para que le dejaran desembarcar en Cuba, a donde obviamente llegó primero. Enseguida, desde el mar, grita hacia la base que sólo pide que a estos enfermos se les dé el mismo tratamiento que a los prisioneros. Huelga decir que no lo dejan entrar en la base.

A continuación, se hace el ingenuo: “Oh, estoy aquí, perdido en el Tercer Mundo. ¿Habrá algún médico en los alrededores?”. Sin escala y sin que el espectador sepa cómo, salta de Guantánamo a La Habana. Se acerca a un grupo de jugadores de dominó quienes, oportunamente, le explican que en la misma cuadra hay médico y farmacia. A lo que Moore responde con fingido asombro. Ya podemos imaginarnos de dónde salieron los jugadores de dominó. Se ven unas cuantas imágenes de Cuba, que nada tienen que ver con lo que se refleja en
Un arte nuevo de hacer ruinas ni en muchos de los otros documentales recientemente filmados en la Isla.

Pero eso quizás se lo agradezco. Al menos, no explotó turísticamente la miseria de los cubanos en las consabidas imágenes de tristeza y desolación, que ya se van convirtiendo en un huésped demasiado asiduo en el celuloide. De ahí salta a una farmacia de una pulcritud impecable, en cuyos estantes se exhiben medicamentos similares a los que se les venden en Estados Unidos. Por supuesto, a precios cien veces más bajos y, aparentemente, disponibles para todos los cubanos. No se aclara si proceden de paquetes enviados por los parientes de Miami o de las ayudas caritativas de instituciones religiosas americanas.

Las empleadas farmacéuticas, muy bien ataviadas, no pueden ser más amables. De ahí van al hospital "Ameijeiras" (no se menciona que tomó más de treinta años terminar de construirlo sobre los cimientos de lo que antes del 59 iba a ser el Banco Nacional de Cuba). Aquí los recibe una comitiva de médicos encabezada por un camarada que pronuncia un discurso de bienvenida muy bien pensado y sin cambiar erres por eles ni comerse una sola ese (jamás en mi vida me recibieron en Cuba con tanta ceremnia y corrección lingüística). Moore les ruega que los traten exactamente igual que a los cubanos de a pie.

De la recepción pasan a unas salas impolutas, con camas inmaculadas, galenos atentos y cariñosos, y equipos médicos de la más moderna tecnología. Todo de inmediato y sin problemas. Aunque hace 27 años que no piso Cuba, no me cuesta imaginarme cómo todo este despliegue de eficiencia clínica encandila a cualquier forastero recién llegado. Esta parte huele a farsa incluso desde el punto de vista cinematográfico. Es de una teatralidad burda. Además, Moore nos endilga una retahíla de datos sobre la excelencia de la sanidad en Cuba, sin revelar la fuente de procedencia. Y, desde luego, sin el menor asomo de cuestionamiento del mensaje.

Por si fuera poca la hipocresía y la mala leche de Moore, somete al espectador a un teque sobre la calidad de la medicina cubana y la inhumanidad de la americana. Teque ofrecido por nadie más y nadie menos que la doctora Aleida Guevara, de quien el inserto sólo consigna el título de pediatra y el cargo. No se nos dice que es portavoz del gobierno, ni mucho menos que estamos en presencia de la hija del Che. Por cierto, parece que los genes paternos son más fuertes. Pues,aunque su madre es cubana y tengo entendido que ella siempre ha residido en Cuba, habla con un acento que la hace sonar como una gaucha insufrible.

Para completar el tinglado, Moore lleva a sus infelices acompañantes a visitar un cuartel de bomberos de La Habana, donde los espera, espontáneamente formada y con sus uniformes convenientemente almidonados (parece que hace meses no ven un fuego), toda la dotación del cuartel con su atildado jefe a la cabeza. Éste no pierde ocasión para echar un panfletario discursillo solidario. La única verdad que dicen es que hubieran deseado estar con sus colegas norteamericanos cooperando en las faenas de emergencia al pie de las Torres Gemelas en Manhattan aquel fatídico 11 de septiembre de 2001: es probable que más de la mitad no hubiese regresado.

Ni el ICAIC hubiera podido hacer mejor propaganda. La desvergüenza de Moore es imperdonable. Piedad, amigos blogueros, tenían ustedes razón para indignarse por anticipado. Sigo sin estar de acuerdo con el método, pero reconozco vuestro acierto. Ahora ya todos los futuros espectadores criollos pueden darse por avisados. Espero que con lo que les he contado no se animen a verla, entre otras cosas para no engrosar con sus óvolos las arcas de Moore.

Sicko enferma. Fui a la función de la una y media de la tarde y habría unas cincuenta personas en la sala. Cuatro o cinco se fueron antes del Happy End, porque honestamente, a veces Michael Moore aburre con sus monsergas cinematográficas. Con todo, al llegar los créditos finales, hubo aplausos de apoyo entre el público restante.

9 comments:

Anonymous said...

Bravo Pomar, reconforta oír verdades claras. El maniqueísmo imbécil de los "progres" o no, del blanco-blanco o del negro negro me aburren y me dan sueño triste. Pensar por sí mismo es un ejercicio difícil y para la mayoría, creo que imposible...?o nó?
Otra vez, muchas gracias por tu blog valiente y lúcido y no me importa que no coincidamos en todo lo que escribes. Avanti-Avanti!

Embabia Pérez

pepe said...

Jeje, al pájaro se le conoce por la cagá, y a Michel Moor por su cerebrito progre.

kliver said...

Salud pública en Cuba es estrella en filme Michael Moore

Lisa Baertlein
Reuters

Cuando a José Luis Cabrera le realizaron hace cinco años un by-pass coronario tras un ataque cardíaco, su esposa tuvo que llevarle comida y sábanas limpias al hospital. Pero la operación no le costó ni un centavo.

"Estoy tan agradecida. Salvaron su vida", dijo la esposa del telegrafista jubilado, Daisy Martínez. "Hubiera costado una fortuna en Estados Unidos", agregó.

Los hospitales cubanos a menudo necesitan mantenimiento, están mal iluminados y carecen de equipos y medicinas.

Sin embargo, el sistema de salud pública desarrollado por el Gobierno de Fidel Castro ha obtenido resultados comparables con las naciones ricas, pero usando los recursos de un país en vías de desarrollo.

Los expertos dicen que es porque Cuba se concentró en la prevención y su atención médica universal y gratuita permite que las personas se atiendan rápidamente y enfrenten sus problemas antes de que requieran costosos tratamientos.

El sistema cubano es elogiado en "SiCKO", el nuevo documental del realizador estadounidense Michael Moore, que sostiene que en Estados Unidos la atención está más orientada a los beneficios de las compañías de seguros y farmacéuticas que a la salud pública.

Para ilustrarlo, Moore viajó a Cuba con un grupo de estadounidenses que sufrieron problemas de salud derivados de su trabajo como voluntarios en las ruinas del World Trade Center de Nueva York tras los ataques del 11 de septiembre del 2001.

La película, que se estrenó el viernes en Nueva York, argumenta que el tratamiento médico faltante en Estados Unidos está disponible gratuitamente en Cuba.

En algunas estadísticas de la Organización Mundial de la Salud (OMS), Cuba está al mismo nivel de Estados Unidos.

La expectativa media de vida de una persona nacida en Cuba es de 77,2 años, contra 77,9 en Estados Unidos, según el organismo de Naciones Unidas.

El número de niños que mueren antes de cumplir los 5 años de edad es de siete por cada 1.000 nacidos vivos en Cuba y ocho por cada 1.000 en Estados Unidos.

Sin embargo, según cifras de la OMS Estados Unidos gasta más de 26 veces más en salud, 6.096 dólares por persona al año, comparados con 229 dólares en Cuba.

DOCTORES DE EXPORTACION

Aunque Cuba tiene 73.000 médicos, dos veces más galenos per cápita que Estados Unidos, en los últimos años ha enviado a unos 15.000 a trabajar en zonas pobres de Venezuela, su principal aliado político, a cambio del petróleo crucial para su economía.

La exportación de servicios médicos ha afectado el sistema cubano de médicos de familia y alargado las esperas en los centros de salud.

En la clínica de La Habana donde los estadounidenses traídos por Moore recibieron en marzo chequeos gratuitos por problemas respiratorios y fracturas de huesos en las ruinas del World Trade Center, Ivonne Torres lee un libro budista mientras espera su turno.

"Atienden bastante bien, pero hace seis años era mucho mejor.

Siempre veíamos el mismo doctor, ahora no", dijo Torres, que sufre de taquicardia.

"La ventaja es que es gratis", indicó, explicando que a veces faltan medicamentos, incluso los que se venden sin receta.

Aunque Moore recibió atención médica gratuita en Cuba, la mayoría de los extranjeros pagan, en un sistema donde algunos críticos afirman que los hospitales mejor equipados están reservados para los dirigentes comunistas o celebridades que se tratan en Cuba, como fue el caso del ex astro del fútbol, el argentino Diego Armando Maradona.

"En Cuba los hospitales de élite son tan buenos como los de aquí o incluso mejores", dijo Leonel Córdova, un médico cubano que trabaja en una sala de emergencias del Baptist Hospital de Miami.

"Los hospitales dedicados a la salud de los ciudadanos normales y corrientes son un desastre", añadió el médico, que fue enviado a trabajar a Zimbabue y desertó en el 2000. En esos centros, los pacientes tienen que llevarse sus propias toallas, sábanas, jabón e incluso comida, dijo.

Y aunque Cuba sostiene que su sistema de salud pública es uno de los logros de la revolución que llevó en 1959 a Castro al poder, los críticos del Gobierno dicen que la atención médica y otros beneficios se lograron a expensas de la libertad política en el sistema unipartidista de la isla.

Aún así, Cuba es hoy un modelo para otros países en vías de desarrollo que no pueden permitirse costosos tratamientos médicos y donde la medicina preventiva tiene sentido incluso desde el punto de vista económico, dijo Gail Reed, productora de un documental reciente sobre la atención médica en Cuba llamado "íSalud!".

David Hickey, un cirujano especializado en trasplantes en el Beaumont Hospital de Dublín, Irlanda, dijo que Cuba es el líder mundial en atención médica primaria en base a medicina preventiva.

"Ver lo que pueden lograr es una experiencia impresionante para quien viene del primer mundo industrializado", dijo.

Hickey, que es profesor honorario de la Universidad de La Habana, sostiene que no tiene nada que enseñarle a los médicos cubanos que realizan trasplantes de corazón, riñones, páncreas o hígado.

El embargo comercial de más de cuatro décadas de Estados Unidos forzó a Cuba a desarrollar su propia industria de biología molecular, que produce innovativos medicamentos para prevenir el rechazo de trasplantes.

Cuba desarrolló la primera vacuna del mundo contra la meningitis B al alcance de los países del Tercer Mundo, pero no en Estados Unidos ni Europa debido a las sanciones aplicadas por Washington.

Hickey dijo que el presupuesto anual de salud de Cuba es igual al del hospital en Dublín.

"Cuba cuida de 11 millones de personas con el mismo presupuesto que nosotros y ofrece mejor atención médica en términos de expectativa de vida, mortalidad infantil y tasas de vacunación", añadió.

Jorge A. Pomar said...

Anonymus, repare, por favor, en que el autor del texto no soy yo sino el novelista Roberto Madrigal. Aunque comparto plenamente, igual que Usted, las opiniones del artículista.

Madrigal es autor de "Zona congelada", una de las novelas que mejor ilustra el malestar que dio origen al éxodo masivo del Mariel en 1980. Él mismo es un marielito.

Psicólogo graduado, ajedrecista aficionado de considerable elo, vive y ejerce su profesión desde entonces en Cincinatti.

En efecto, Pepe, cabe aplicarle a Moore ese dicharacho campesino. Sin embargo, veo a Moore como un hábil negociante que ha descubierto un nicho en el mercado progre. En el fondo, no cree en nada.

Cliver, colgar artículos ajenos en un blog, aparte del mal gusto, no habla bien de quien lo hace. Tal vez Usted no haya reparado en el dato, pero puedo asegurarle que los tres primeros fármacos, el trío de medicamentos primordiales de todo sistema de sanidad son, entérese, el desayuno, el almuerzo y la comida.

Eso por lo que concierne al aspecto puramente físico de la cuestión. Por lo que concierne al aspecto psicológico, el placebo universal es la libertad individual. Ni uno ni otro aspecto se cumplen en Cuba.

Anonymous said...

Bravo Pomar, sigue con el combate al BlogeSpam y a los oportunistas que lo cultivan para confundir con bultos de texto pobre o que no viene al caso. Avanti-Avanti!

Anonymous said...

Me parece muy bién que se desenmascare a los populistas y a los manipuladores de la información. Que el vivo ése de Moore quiera hacerse rico y famoso diciendo que porque lleva razón en A, entonces, cuando es + B, tiene que ser J; me parece cabronazo de su parte y ablandador de cerebros faltos del calcio del raciocinio elemental. Yo lo ví una vez y parecía un führer sectoso de ésos que hacen escuela en USA y que tanto le gusta al mofletudito combatir con su pose progre que le lleva a olvidarse de lo que sabe muy bién, también pasa en Cuba.

Anonymous said...

GRACIAS POMAR pOR TU BLOG ESTUPENDO Y POR AGUARLE LA FIESTA CÓMODA A UN MONTÓN DE RATAS AMAESTRADAS: BLOGUEROS A POR ELLAS!!!

cpr said...

Dias antes de que saliera la pelicula, ya estaba disponible en demonoid.com aun no la he visto y realmente no creo que pueda, pero no hay que pagar para ir al cine...

Elvius said...

Hola! Escribo para hacerles saber que ustedes son la manada de animales mas patetica que he visto en la internet. La salud publica y gratuita es considerada en "casi" todos los paises del mundo como un derecho universal. A ustedes les parece bien que un tipo que se acaba de cortar dos dedos tenga que elegir pagar 12000 dolares por el anular o 60000 por el mayor? Si destinan en salud y educacion gratuitas el "obseno" porcentaje asignado al armamento no existirian casos tan tristes como ese!