Friday, 28 September 2007

Pausa por vacaciones londinenses

Estimados lectores:

El Abicu (no encuentro el acento en el teclado ingles de este Cafe-Internet) esta de vacaciones en Londres hasta el 3 de octubre. Todo por las nubes: tabaco a precio de marihuana, terminantemente prohibido fumar en locales publicos: comida en restaurants, cara y mala; habitacion en hotel de tres estrellas, mitad de grande y otros inconvenientes dimensionales, incluidos precios astronomicos por conexion a Internet, usese o no (razon porla cual renuncio a usar el laptop. Y un largo etcetera de desventajas y carestias.

Pero la ciudad misma, un encanto cosmopolita, una maravilla. Una semana apenas alcanza para hacerse una idea. De modo que, al regresar al hotel por la noche, el negro llega muerto de cansancio y con las patas adoloridas, razon adicional para no abonar las 20 libras esterlinas por la conexion a Internet.

De todos modos, experimento el placer del desquite al presentar su pasaporte aleman a los aduaneros y ver como se abrian todas las puertas que se le cerraron de tan irreverente manera hace una decada al presentar ingenuamente su pasaporte gris de factura criolla. Recordaran que entonces fue arrestado, sometido a cacheo, registro e interrogatorio y devuelto a Belgica con el proximo tren por debajo del canal.

Hasta pronto,

Jorge A. Pomar

Friday, 21 September 2007

La heroína Olga Benario y mi Brasil brasilero

Recuento de una conspiración que termina en cárcel y deportación

Por Paloma Pardo, Madrid


[Paloma Pardo (nac. 1942, La Habana).
Cardióloga en retiro.
Reside actualmente
en Guadalix de la Sierra, Comunidad de
Madrid, España.]


La primera vez que aterricé en Brasil me acordé de aquella famosa exclamación atribuida a Arnold J. Toynbee: “¡Al fin un país sin héroes!” El gigante sudamericano no había sufrido las guerras de independencia del resto de América Latina, ni sus secuelas separatistas. Y quizás, por eso, logró el milagro de mantener la unidad de su enorme territorio. Se libró igualmente, para bien y para mal, de la fanfarria heroica con que se inauguraron las repúblicas hispanoamericanas.

Brasil era, graciosamente, un país sin héroes. O eso me creía yo por (des)información libresca. “Desgraciado el país que necesita héroes”, replicaba a su discípulo el Galileo brechtiano. Lo cual, dicho a la inversa, colocaría al “país del carnaval” por antonomasia (o por estereotipia) en el rango de tierra bendita y en permanente estado de gracia -- con toda la redundancia sensual de "meu Brasil brasileiro", según la Aquarela do Brasil, el verdadero himno brasileño.


Muy pronto descubriría hasta dónde las verdades son realmente verdaderas. La izquierda brasileña idolatraba a una heroína que no era la garota de Ipanema, y yo me desayunaba con su increíble y triste historia. Olha que coisa mais linda. Se llamaba Olga Benario y era una mujer bella, inteligente, hábil, audaz, políglota y polimorfa, que no era brasileña ni había vivido en Brasil más que una temporada. Ni falta que le hizo para dejar allí su inmortal impronta de “revolucionaria internacionalista”.

Olga Gutmann Benario era el nombre completo de aquella judía alemana de clase media que quedó deslumbrada desde muy joven por los fuegos artificiales del experimento soviético. A los quince años ingresa en la Juventud Comunista. Y a los veinte, protagoniza y dirige un asalto a mano armada, en 1928, que la convierte en noticia de primera plana y la eleva al estrellato revolucionario. Junto a otros compañeros de militancia, irrumpe a punta de pistola en la cárcel de Moabit, un céntrico distrito berlinés, y rescata de la “justicia burguesa” a su novio y camarada, el dirigente comunista Otto Braun. Todo un derroche de intrepidez que se vio coronado por la fuga espectacular de ambos a la Unión Soviética. Sus fotos fueron circuladas por toda Alemania, se ofrecieron recompensas por pistas sobre su paradero, los persiguieron como a Bonny & Clyde, pero los dos pudieron llegar juntos y felices a la tierra prometida.

El dúo de Olga y Otto, sin embargo, no resultó muy armónico. Duró lo que un merengue moscovita. Ella era una mujer de acción y en muy poco tiempo se aburrió del escritor circunspecto. Olga buscaba emociones más fuertes y, con sus antecedentes de asaltante temeraria, no halló dificultades para llegar a ser oficial del Ejército Rojo y apparatchik destacada de la Internacional Comunista, más conocida por el acrónimo pasteurizado de Komintern.

Fue en el contexto de agit-prop e intriga internacional de esa organización, en el Moscú tenebroso de 1931, cómo se cruzan las cartas astrales de la audaz militante Olga Benario y el osado capitán Luis Carlos Prestes, bautizado por el novelista Jorge Amado con un nombre más literario que de guerra: El Caballero de la Esperanza.

Prestes había asombrado al mundo recorriendo de 1924 a 1926, con su columna de 1500 hombres, más de 25 000 kilómetros de la vasta geografía del Brasil. En ese gigantesco país —que no tendrá héroes homéricos, pero nunca le faltaron aventureros intrépidos, cangaceiros y zumbís de los palmares— el caballero andante brasileño consiguió poner en jaque al gobierno de Artur da Silva Bernardes durante más de dos años, hasta que la realidad del desgaste militar le aconsejó detener las andanzas de su aguerrida columna. Ordenó entonces el repliegue y cruzó con sus hombres la frontera con Bolivia.

Después del exilio boliviano, pasó unos años en Argentina, donde fue cortejado y cooptado por la élite de la Komintern, radicada en su sede regional de Buenos Aires. Y ya provisto de esas nuevas credenciales, hizo luego la ritual peregrinación a la meca del proletariado mundial. Lo recibieron en Moscú como a un héroe legendario y como a un líder vip del movimiento revolucionario latinoamericano que, por más señas, se mostraba incondicional servidor del Kremlin.

Y allí se quedó viviendo tan campante, con la madre y varias hermanas, en la Rusia irrespirablemente represiva de los años 30. Moscú no creía en lágrimas, pero no hay mejor militante que el que no quiere ver. Prestes miraba para el otro lado y no captó nada anormal en el país de los sóviets. Fueron sus años más plenos y felices, según el relato hagiográfico de Fernando Morais sobre la vida y milagros de Olga Benario, llevado al cine en años recientes también con el título de Olga [pinchar para ver secuencia moscovita en portugués del filme de Jayme Monjardim].

Se trata de una biografía novelada, escrita en portugués básico y con las inmensas lagunas propias de la literatura progre anterior al derrumbe del Muro de Berlín. Se detiene en los detalles más triviales, pero le escamotea al lector los hechos relevantes del período de ascenso del estalinismo. Su argumento se puede resumir en dos brochazos: Moscú bien vale una moza y Olga la camarada conspira que se pasó. A Olga le asignaron la tarea de “atender” a Prestes durante su estancia soviética en calidad de consejera, amante ad hoc y enlace con la Komintern. Y con él se fue en 1934 a Río de Janeiro, en aquel entonces una ciudad con rostro amable y dimensiones más humanas. Los dos se instalaron por todo lo alto en Copacabana, con la falsa identidad de un acomodado matrimonio portugués en viaje de boda.

Y aunque la luna de miel se eternizaba, paseando por el vecindario y por las playas cariocas parecían una pareja muy feliz y despreocupada. Nadie llegó a sospechar que, junto con un nutrido equipo multinacional de conspiradores, fraguaban un complot con el fin de provocar el levantamiento de las fuerzas armadas en todo el país. Nunca más a propósito la equívoca denominación de “contrainteligencia” para referirse al desprevenido contraespionaje brasileño de aquellos tiempos.

¿Stalin se volvía loco, más de lo que estaba, adoptando la línea trotskista de exportar la revolución permanente, aunque fuera mediante el paripé de una sublevación endógena de los militares brasileños? ¿Cómo se le iba a ocurrir tomar el cielo por asalto en el hemisferio austral, donde las constelaciones adoptan configuraciones tan distintas? ¿Ignoraba acaso que el entonces presidente Getulio Vargas era un dictador nacional-populista que contaba con firmes lealtades entre los uniformados, además del apoyo de amplios sectores de la población?

Aparentemente, la política de buena vecindad del presidente Roosevelt les había enviado una señal errónea a los analistas del Kremlin. O quién sabe si los estrategas del Buró Latinoamericano de la Komintern habían sucumbido al wishful thinking, al pensamiento desiderativo de que ya estaban dadas las condiciones subjetivas y objetivas para sonar en América del Sur el trompetazo de la “lucha final”.

Confieso que la cuestión a mí nunca me ha quedado muy clara, excepto la convicción de que todo fue una barrabasada como operación de inteligencia y como misión especial de insurgencia concebida para un país de extensión continental. Pero sea como fuere, el caso es que la llamada intentona comunista de 1934 tuvo su día D y su hora H, aunque le faltó su plan B.

Como era de esperar, falló estrepitosamente la singular trama urdida en la ciudad de la samba y el Cristo del Corcovado. Para confirmar el viejo adagio de que nunca segundas partes fueron buenas, la improvisada revolución, menos proletaria que cuartelera, se quedó apenas en el intento golpista. De ahí que se le conozca por el nombre de intentona.

Donde único llegó a prender la rebelión fue en la guarnición de Natal (Río Grande del Norte), una ciudad nordestina a la sazón muy pequeña, pero de playas idílicas y ñángaras testarudos. En poco tiempo, sin embargo, fue sofocado ese último reducto. Y el quijotesco Caballero de la Esperanza fue guardado a la sombra, con tiempo de sobra para rumiar su derrota y reflexionar sobre la diferencia entre gigantes y molinos.

Fueron nueve años de prisión no tan fecunda, pero suficientes para que Prestes terminara de catequizarse con el nuevo manual recomendado por el Partido, una vez que el ABC del “renegado” Bujarin fuera prohibido por “obsoleto”. Prestes pudo por fin aprenderse las tres leyes de la dialéctica, el misterio de la plusvalía y otros dogmas de la fe marxista. Al ser liberado, aparentaba el aplomo de un cuadro rebosante de sabiduría y madurez, pero todo era barniz de catecismo y pompa doctrinaria.

Salió de la cárcel más bruto que cuando entró. Nunca había poseído lo que se dice una cabeza bien amueblada, pero en su defecto ahora la llevaba adornada con la aureola roja del secretario general fogueado en el combate y la prisión. Si Prestes no alcanzó la estatura del héroe epónimo, fue porque le faltó la dimensión del mito. La vida le jugó una mala pasada. No tuvo la suerte histórica de morir joven y estuvo dando la lata hasta los 92 años. La mitología revolucionaria suele ser cruel con la vejez. No perdona las arrugas ni las canas, ni tampoco los divertículos o las colostomías. Mucho menos, las chocheras.

Para mayor inri, al Cavaleiro da esperança le dio por explayarse con la prensa. Se soltó de la lengua el muy machista y contó que había hallado al fin la esposa ideal. Su misión era el hogar, mientras que la suya era el Partido. Un enfoque más que troglodita para interpretar la división de roles según el sexo, que me recuerda el viejo dicho de las feministas primitivas: “Encima de puta, quiere que le ponga la palangana.”

Habría que ver, no obstante, si podía tirarse esos faroles con Olga Benario, una chica precozmente emancipada y acostumbrada a impartir instrucciones en el tono jerárquico del ordeno y mando. No se hubiera atrevido, ni en jarana, ante la superioridad intelectual de la mujer encargada de sacarlo del país en caso de fracasar su improvisada “revolución”.

El plan de retirada, sin embargo, no funcionó esta segunda vez. Y la germana suficiente no pudo repetir su fuga espectacular de Berlín a Moscú. Fue detenida y encarcelada igual que Prestes. Su papel como agente de una potencia extranjera y cerebro co-organizador de la intentona comunista de 1934, negado tercamente por la fanaticada izquierdosa, quedó plenamente confirmado al abrirse los archivos secretos del KGB luego del desplome de la Unión Soviética. Lo cual, desde luego, no ha impedido que los nostálgicos la sigan adorando como la heroica camarada que arriesgó su vida por “liberar” al Brasil.

No es tarea fácil desmitificar la leyenda de Olga Benario mientras los mitómanos sigan aferrados al mito de la sin par dulcinea roja del hidalgo brasileño. Con decir que hasta el propio Lula ha recomendado la película Olga, estrenada en 2004, como muy “importante en momentos en que se invierte en la educación política y la autoestima de los brasileños”. ¿Querrá el compañero presidente parecerse a los argentinos al invertir en la autoestima con el capital ideológico de una Evita alemana?

Tan bien que les va a los brasileños tal como son, radicalmente distintos a los vecinos del sur, y ahora resulta que los quieren modificar. ¿No estarán pisando terreno minado al estimular el orgullo nacional con base en una falsa heroína de importación? ¿No será más desdichado un país que se siente obligado a inventarse héroes?

El hecho de que Olga fuera una conspiradora soviética se ha visto opacado, de cara a la galería, por razones tanto ideológicas como sentimentales. La historia de la judía alemana distó mucho de terminar en un happy ending. Más aún, no pudo tener un final más trágico.

Olga se convirtió en víctima de la brutalidad antisemita al ser deportada [pinchar para ver secuencia de deportación en el filme] a su país de origen, la Alemania del III Reich. La internaron primero en el campo de concentración de Ravensbrück y, en 1942, terminó sus días en una cámara de gas en Bamberg. No logró sobrevivir a la caída del nazismo, pero en compensación se consagró como “heroína internacionalista”. Se volvió un mito.

Al gobierno de Getulio Vargas aún se le reprocha esa orden de deportación, ejecutada meses después del encarcelamiento de Olga. Indudablemente, distó de ser la mejor decisión. La convirtieron en mártir por obra de un error jurídico, que fue además un crimen político. A ningún régimen totalitario, sea del signo que sea, se le debe saciar el apetito con la entrega en bandeja de presas fáciles. Es simplemente criminal, aun cuando se tratara de una agente extranjera y pudiera alegarse además el relativo desconocimiento en Occidente, antes de 1945, acerca de los extremos de crueldad que alcanzó la vesania hitleriana.

Olga Benario no debió nunca ser deportada a la Alemania nazi, sino cumplir la condena en Brasil, que en definitiva fue el lugar donde cometió su grave delito. Como madre, tampoco puedo pasar por alto el hecho de que Olga se hallara embarazada. Lo que significa que estaban condenando al mismo tiempo a una criatura que nada tenía que ver con la actuación de sus progenitores. Afortunadamente, la niña nacida en cautiverio pudo ser rescatada mediante la campaña internacional promovida por la abuela paterna y respaldada por personalidades como Romain Rolland y André Malraux.

Al parecer, fue el embarazo de Olga lo que llevó al gobierno de Vargas a tomar la drástica decisión de expulsarla del país. La legislación de la época favorecía a las madres extranjeras de hijos con padres brasileños. De modo que quisieron impedir a toda costa que se volviera indeportable y adquiriera otros privilegios en razón de su maternidad. Sólo que las leyes están para ser cumplidas y no para evadirlas, máxime cuando puedan favorecer al reo, sea éste quien sea. Así, y no de otro modo, es cómo funciona la justicia en un estado de derecho.

Algo positivo resultó, sin embargo, del triste final de la alemana que se infiltró en Brasil nada menos que para implantar la “dictadura del proletariado”. Los brasileños sienten aversión por las deportaciones. Y sus gobernantes, si bien no se destacan por la generosidad en la concesión del asilo político, hasta ahora habían sido cuidadosos en el trato a los perseguidos de otros países.

La regla la ha roto el actual gobierno de Lula con la reciente deportación sumaria de dos boxeadores cubanos, absolutamente inocentes, que intentaron escapar de sus amos y ser tan libres como Ronaldinho para jugar en el equipo y el país de su elección.

La entrega exprés al régimen cubano de los pugilistas Lara y Rigondeaux—en respuesta a un exabrupto del Granma o, más probablemente, bajo formas veladas de chantaje— ha devuelto a la actualidad la vieja historia de Olga Benario. Si puede considerarse criminal la repatriación de una conspiradora que ingresó a Brasil para desatar una revolución comunista, mucho más dolorosa debe resultar la expulsión fulminante de dos inocentes boxeadores. No tiene por qué ser necesariamente desgraciado un país que no tenga héroes, pero sí empieza a serlo cuando tiene a un malandro de presidente.


Tuesday, 11 September 2007

¿Cae otro icono de la izquierda?

Revelaciones sobre el pasado fascista de Salvador Allende

Por Jorge A. Pomar, Colonia

[Publicado originalmente en Encuentro en la Red (18-05-2005), este artículo he creído conveniente para los no enterados remozarlo en El Abicú Liberal con motivo del aniversario del cruento golpe de estado del 11 de septiembre de 1973. Aportar un punto de vista discordante en medio de la actual apoteosis hagiográfica de Salvador Allende en los medios por estos días. Las verdades requieren reforzamiento, especialmente las que rebelan el parentezco ideológico entre fascismo y socialismo revolucionario o marxismo. En este caso, juzgue el lector por sí mismo acerca de la distancia real entre el verdugo y su víctima, entre Allende y Pinochet.]


El mañana será del pueblo, será de los

trabajadores. La humanidad avanza

hacia la conquista de un mundo mejor.

Salvador Allende

Los lectores del respetable semanario alemán Der Spiegel saben que cada lunes en alguna de sus cerca de 180 páginas les espera una revelación capaz de poner patas arriba, para bien o para mal, sus más sacrosantas convicciones en cualquier campo del quehacer humano.

En efecto, desde la filosofía, la ciencia, la cultura y el arte hasta la política, la historia, la religión o el deporte, Der Spiegel no suele dorarles la píldora a los prominentes de este mundo, muertos o vivos, ensañándose en particular con intelectuales, ideólogos y políticos del patio y de fuera.

La víctima del penúltimo de estos auténticos desmontajes humanos fue el verde Joschka Fischer, hoy profesor en la Universidad de Princeton, Estados Unidos. Desde que el semanario alemán encendiera la mecha del “escándalo de las visas”, el hasta entonces estelar ministro del Exterior e icono de la generación del 68 (especialidad: lanzamiento de adoquines contra la gendarmería teutona) empezó a pisar el asfalto como un político más. Tras la derrota de los rojiverdes en 2005 colgó definitivamente los hábitos para acabar vistiendo el virrete académico en suelo "imperialista" como profesor invitado de la Universidad de Princeton.

Lo de Fischer no ha sido más que un aparatoso resbalón. Por lo demás, el ex canciller federal Gerhard Schröder lo dejó chiquito en cuanto a capacidad de metamorfosis: para disgusto de sus compatriotas es hoy la mano derecha de Putin en el consorcio estatal ruso Gasprom. La política te da sorpresas, sorpresas...

En cambio, lo que se lee en la página 101 de la última edición del semanario (lunes, 14 de mayo de 2005) debajo del título de la reseña bibliográfica Vergilbt und zerfleddert ("Amarillento y desflecado") no deja de guardar cierta relación lejana con la RFA pero concierne específicamente a Sudamérica y no es menos escadaloso sino más. Es noticia que acaparará titulares de prensa, sofocará a los historiadores, servirá de tema a dramaturgos y novelistas por larga data, y sobre todo desquiciará aún más los ya resquebrajados cimientos de la izquierda mundial. Dice así: “Un libro sobre Salvador Allende causa revuelo: ¿era el icono de la izquierda un antisemita y racista?”

Presa de estupor, lo primero que viene a la mente del lector es que se trata de la obra de algún truculento conspirólogo. Si es persona culta y no dobla enseguida la página, descubre a su pesar que se trata de una reseña de Salvador Allende: contra los judíos, los homosexuales y otros degenerados, un libro recién editado [2005] en Chile y Barcelona que lleva la firma de nadie menos que el filósofo chileno Víctor Farías, discípulo de Martin Heidegger, profesor del Instituto Latinoamericano de la Universidad Libre de Berlín.


Farías es autor de otros tres memorables ensayos con los que se ha hecho la vida más difícil a él mismo y a muchos más: Heidegger y el nazismo, La izquierda chilena y La estética de la agresión (sobre el controvertido escritor alemán Ernst Jünger, oficial de la Wehrmacht destacado en Francia durante la Segunda Guerra Mundial). Los firmantes de la reseña, Jens Glüsing y Christian Habbe −dos para tocar a menos en caso de quemadura con tan candente tema− se encargan de refrescarle la memoria al patidifuso lector.

En el primero de estos tres textos Farías demuestra que Heidegger fue más hitlerista que Hitler, a quien envió “telegramas retándolo, porque era poco radical”, y que ni siquiera en la posguerra se despojó del todo −como pretendía y logró hacer creer a admiradores y detractores− de la ideología nazi.

Pues el afamado filósofo existencialista alemán “decía, por ejemplo, que para pensar en serio había que hacerlo en alemán. […] algo que no se podía hacer en castellano”. En el segundo texto, desvelaba con lujo de detalles la popularidad del fascismo en su país natal y las simpatías con los refugiados nazis.

Y en el tercero un Farías que ya ha ajustado cuentas con su propio pasado inaugura una corriente crítica enfilada contra los antiguos partidos de la Unidad Popular. A más tardar con este libro, el chileno inscribe su nombre en la lista de renegados de la revolución latinoamericana que integran Octavio Paz, Jorge Edwards, Alfredo Bryce Echenique, Sergio Ramírez, Roberto Ampuero, Jorge Volpi y un largo etcétera en cuarto creciente.

Los tres ensayos merecieron el elogio, no así el imprimatur de las editoriales: “Un libro estupendo pero impublicable”. El de Heidegger le atrajo el acoso de parte del mundillo académico alemán. El segundo, elogiado en su momento por varios editores importantes, permaneció engavetado durante 25 años. Y el tercero rompe un tabú que podría traerle a su autor algo más que disgustos y malentendidos. Finalmente, la calidad y seriedad de los libros del chileno se han impuesto en el mercado libresco, rompiendo la censura izquierdista.

A esta altura el lector ya lo tiene claro: Farías no sólo es un investigador de fuste con una línea temática coherente sino que en buena medida habla de asuntos que conoce por experiencia propia. Por otra parte, viene avalado por su condición de ex simpatizante de la Unidad Popular y exiliado político chileno en Alemania.

Con todo, nuestro azorado lector no acaba de pasar de la incredulidad a la resignación de quien se dispone a oír lo peor hasta que comprueba que las conclusiones de Farías no se basan en la libre especulación sobre rumores, calumnias o medias verdades sino en dos escritos de puño y letra de Salvador Allende, a saber: Higiene mental y delincuencia, la tesis con que se doctoró en Cirugía en 1933, y un Proyecto de Ley de Esterilización que presentó cuando fungía como ministro de Salubridad, Previsión y Asistencia Social del Gobierno de Pedro Aguirre Cerda (1939-1941).

No son los únicos documentos comprometedores: ya han salido a la luz otros y es de suponer que pronto los haya para llenar cartapacios. Pues, para más inri, al menos hasta mediados de la década de los 40, y señaladamente en su época de ministro de Salubridad, Allende no se cuidaba en exponer sus dudosos criterios pseudocientíficos en entrevistas y artículos.

Por poner un ejemplo, en “La realidad Médico-Social Chilena”, texto publicado en 1939 en el prestigioso diario La Nación, el joven ministro escribe: “La herencia alcohólica determinada por la influencia del tóxico en las células sexuales de ambos padres, o uno de ellos, se distingue, desde el punto de vista de los caracteres físicos, por diversos tipos de distrofias y aún monstruosidades. Como caracteres mentales de ella hay que anotar: el retardo mental, la idiotez, debilidad moral, propensión a la neurosis (histeria, epilepsia, dipsomanía, etc.)”. Y propone la siguiente panacea: “esterilización de los alienados”.

Describe su proyecto como “un trípode legislativo en defensa de la raza” consistente en: tratamiento obligatorio de las toxicomanías, de las enfermedades venéreas y esterilización de los alienados mentales. A tal efecto proponía la creación de un “Tribunal de Esterilización” cuyos fallos debían ser inapelables:“se llevarán a efecto, en caso de resistencia, con el auxilio de la fuerza pública”.

En Higiene mental y delincuencia afirma:

Los hebreos se caracterizan por determinadas formas de delito: estafa, falsedad, calumnia y, sobre todo, la usura. [...] Estos datos hacen sospechar que la raza influye en la delincuencia”. Tilda a “las más de las tribus árabes [de] aventureras, imprevisoras, ociosas y con tendencias al hurto”. Los gitanos tampoco se salvan: sus rasgos innatos serían “...la pereza, la ira y la vanidad.

Pero la perla de las etiquetas la reserva el joven cofundador del Partido Socialista chileno, de orientación marxista (pulse aquí para escuchar al propio Allende al respecto en diálogo con Fidel) nada menos que para, agárrense bien, la revolución y los revolucionarios. Sobre ellos dice textualmente:

Psicópatas peligrosos, tanto más, cuanto los movimientos masivos y violentos que él [sic.] genera provocan locuras colectivas peligrosamente contagiosas [...] se ha observado que estos fenómenos colectivos tienen caracteres epidemiológicos […] La influencia perniciosa que sobre las masas pueda ejercer un individuo en apariencia normal y que, en realidad, al estudiarlo nos demostraría pertenecer a un grupo determinado de trastornos mentales (...) este tipo de trastornos colectivos tienen a veces caracteres epidemiológicos, y es por eso que cuando estallan movimientos revolucionarios en ciertos países, éstos se propagan con increíble rapidez a los estados vecinos.

Obviamente, no le faltaba razón, aunque después haya posado junto con el Che y ayudado a rescatar a los sobrevivientes de la guerrilla boliviana. Solución del joven Allende contra la pandemia social: encerrar a cal y canto a los portadores del virus revolucionario en clínicas de psiquiatría. Para redondear el cuadro, según los reseñadores de Der Spiegel, que siempre verifica sus fuentes de información, Allende “diagnosticó la homosexualidad como una enfermedad curable mediante la implantación de tejido testicular humano en la cavidad abdominal”.

Higiene mental y delincuencia era una tesis tan reaccionaria que ya en 1933 escandalizó (ligeramente, por supuesto) a sus tutores, que por precaución le dieron una calificación modesta. En cuanto al proyecto de esterilización −un calco de la Ley para Precaver una Descendencia con Taras Hereditarias, dictada ese mismo año por el Tercer Reich−, fue rechazado (sin aspavientos) por no encajar en un gobierno frentista. Lo cual demuestra además el despiste ideológico del joven Allende, su total incapacidad para distinguir los tenues matices que separan el totalitarismo de izquierda del de derecha.

Su opción por los postulados raciales y psicopatológicos nazis, por la ingeniería genética y social masiva, ciertamente no era, no podía ser aceptada oficialmente por la mayoría de sus correligionarios. Ni modo, siendo como era el Frente Popular una coalición de partidos de izquierda resultante de la política del Komintern para América Latina en aquellos tiempos.

Al menos tres elementos de juicio obran en descargo de la ofuscación juvenil de Allende. Al primero ya hemos aludido: la escasa diferencia estructural entre estalinismo y nacionalsocialismo, diferencia que en el plano formal es casi nula, y en el del contenido apenas afecta la base material del sistema: en uno el corporativismo y los monopolios privados; en el otro, el colectivismo y el monopolio estatal. Como correlatos, la pureza clasista de un lado y la racial-xenófoba del otro.

Lo demás es patrimonio común: predilección por las tribunas y los rituales de masas, aversión al binomio democracia-liberalismo con “encarne” especial en Estados Unidos −rastreable como un hilo conductor en la retórica de Lenin, Mussolini, Stalin, Hitler, Mao y Castro− y el resto de la parafernalia totalitaria. (Pinche aquí para escuchar en la misma fuente las opiniones de Allende sobre libertad de prensa, institucionalidad burguesa, violencia revolucionaria y propiedad estatal en el Chile de la Unidad Popular.)

Farías describe así la confusión del joven Allende: “Existen en él desfases fundamentales, porque afirma que es uno de los fundadores del PS [...], sobre la base del marxismo-leninismo, al mismo tiempo que escribe textos absolutamente antisemitas y señala a los revolucionarios como sicópatas [...] En la vida de Allende hay casi sólo incoherencias”.

Segundo elemento de juicio: la instantánea fermentación de la propaganda del Fascio (fasces o hacha dentro de un haz de varillas, símbolo del poder de los antiguos cónsules romanos y organización básica del fascismo en Italia) italiano y del NSDAP, Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (repárese en los componentes de la sigla NAZI, todos ellos reales a su manera, igual que en la llamada Repubblica Sociale de Mussolini), en el excelente caldo de cultivo del nacionalismo caudillista, la anglofobia, el antisemitismo, el racismo, la machocracia y el culto a la violencia, todos ellos fenómenos endémicos en Sudamérica.


En el caso cubano, por ejemplo, salta a la vista que en fecha tan tardía como el año 1953 Fidel Castro −de quien consta que a los 26 años de edad poseía ya una considerable cultura política y era aficionado al género biográfico− haya titulado su alegato en el juicio por el asalto al cuartel Moncada La historia me absolverá, traducción literal de Die Geschichte wird mich freisprechen, nombre del plaidoyer de Adolf Hitler ante el tribunal que lo juzgó por el igualmente fallido putsch de Munich veinte años antes.

Sobre la persistencia del ideario fascista en Sudamérica comenta Farías, autor de una monografía titulada Los nazis en Chile (Seix Barral, 2000), una entrevista: “Las organizaciones nazis en Latinoamérica mantienen más de doscientas cincuentas grandes empresas”. De paso, no está de más recordar aquí que la “limpieza de sangre” es una vieja herencia española aún viva en el subcontinente en forma de “blanqueo de raza”, que la eugenesia fue una práctica corriente entre las clases medias y altas latinoamericanas difundida (también en Cuba) desde Estados Unidos y que, añadiendo todos los ismos autóctonos enumerados en este párrafo, sin desdeñar la influencia nazi se llega a la conclusión de que América Latina tiene su propia tradición fascista.

Tercer elemento de juicio: Gonzalo Vial Correa alega, no sin razón, que “Allende publicó su tesis médica a los 25 años y planteó su proyecto a los 29. Nunca jamás (que yo sepa), en su dilatada vida pública, manifestó de nuevo esas aberraciones juveniles, ni menos −y esto sí es objetivo− las tradujo en actos concretos. Y debemos recordar que fue congresista muy destacado durante cuarenta años [alrededor de treinta más bien], cuatro veces candidato presidencial y finalmente Supremo Mandatario. Aquellas ideas, entonces, fueron pecados de juventud, y pecados verbales”.

Sobre el Allende adulto pesa el hecho incontrovertible de que jamás se retractó de esos “pecados de juventud”, los cuales, si en efecto quedaron en “verbales”, fue sólo porque tanto su tesis de doctorado como su proyecto de esterilización no encontraron eco en la sociedad chilena. Es muy posible que ese silencio culpable se debiera a que, dada la extrema gravedad de la falta, cualquier confesión habría hallado quizás la comprensión, incluso el perdón de sus compatriotas, pero con toda seguridad igual habría dado al traste con su prometedora carrera política.

Desde luego, el cese de sus devaneos fascistoides más o menos a mediados de la década de los 40 puede y debe ser visto como un resultado del desenlace de la Segunda Guerra Mundial, del colapso del nacionalsocialismo y de apogeo soviético. Es la misma causa por la que un Fidel Castro eligiera en su momento el comunismo y no el fascismo. (Pinche aquí para ver vídeo de la visita de Fidel a Chile en 1971.)



El pasado le pasaría una engorrosa cuenta al presidente de Chile: cuando en 1972 el célebre cazador de nazis Simon Wiesenthal le pide que ordene el arresto y enjuiciamiento del prófugo nazi Walter Rauff, residente en Chile, Allende se niega, escudándose fríamente en una supuesta prescripción del delito dictada por el Tribunal Supremo tras haber transcurrido más de 30 años de los hechos, a sabiendas de que, según el derecho internacional, el genocicio no prescribe nunca. Más adelante Wiesenthal insiste, y recibe idéntica respuesta.

Rauff no era, explica Farías −quien tras afanosa búsqueda encuentra las cartas de Wiesenthal a Allende (una en Austria y la otra en Italia) y las publica en Los nazis en Chile un hitleriano del montón sino nada menos que “el inventor del sistema de exterminio con camiones de gas y, por tanto, el responsable de la muerte de medio millón de personas en Auschwitz, un criminal despiadado que asesinó prácticamente con sus propias manos”.

Pero eso no era todo: el marxista Allende tampoco ordenó una investigación judicial contra la llamada “Colonia Dignidad”, acusada persistentemente de servir de guarida a criminales de guerra y agitar contra los comunistas. Sobre Paul Schaefer, ex suboficial de la Wehrmacht (Fuerzas Armadas del Tercer Reich) y fundador del misterioso enclave alemán, pesaba además desde 1960 una orden de arresto de la justicia federal alemana por un delito continuado de pedofilia.


La detención de Schaeffer en Argentina es una bomba de tiempo en la solera de todo el estamento político chileno, incluidos los partidos de la extinta Unidad Popular: “Para mí es claro –declaró Farías− que si el Gobierno de Allende hubiese sido consecuente con su ideología, la Colonia Dignidad no hubiese existido […] Y en Chile se da la paradoja que los últimos siete presidentes no han hecho prácticamente nada contra Colonia Dignidad. El MIR ni siquiera arriesgó una toma de terreno”.

La negativa a proceder contra Rauff habría de tener repercusiones hasta el presente, ya que con ella −alega Farías− “Salvador Allende asume la doctrina anterior a Nuremberg, por lo tanto, de facto, defiende la posición de un criminal de guerra terrible. [...] Se trata de un encubrimiento de uno de los peores criminales de guerra que conoce la humanidad. [...] Existiendo tal precedente, los abogados de Pinochet -quien ante el rollo del pasado fascista de su gran enemigo difunto, y por ende de otro modo invulnerable, corre más el riesgo de morir de alegría por el mal ajeno (acaba de darle una sirimba) que de viejo o en cautiverio- podrían esgrimir legítimamente el mismo argumento en defensa de su hasta la fecha acorralado mandante.

No sería especular demasiado sugerir que su debilidad de carácter se haya sumado a su inconsistencia ideológica y al temor a la revelación de sus pecados de juventud para hacer de él el mandatario vacilante que compensaba su inseguridad con frases y gestos belicosos, amén de con fuertes dosis de alcohol. Allende carecía manifiestamente de carisma y de ese otro rasgo ambivalente pero sine qua non de los líderes que llaman “voluntad de poder”. El bombardeo (pinche ahí para ver el vídeo) del palacio presidencial de La Moneda el 11 de septiembre de 1973 fue sencillamente demasiado para él.

Por otro lado, irónicamente su suicidio, seguido por los de su hermana Laura (salto al vacío desde el piso 16 de un edificio habanero) y su hija Beatriz (disparo en la sien) en La Habana, parecerían apuntar a algún trastorno hereditario, si no fuera por la conocida magnitud de la tragedia de la familia más famosa de Chile. Puede que detrás de su antisemitismo −y por asociación detrás de su entusiasmo primero a caballo entre el fascismo y el socialismo democrático, luego aparentando una falsa disposición al sacrificio y la violencia, y siempre populista− esté también un gran complejo personal: su presunta ascendencia hebrea: no se sabe si su segundo apellido, Gossens, es de origen belga o judío-belga.

Él mismo jamás lo aclaró. Sin embargo, en medio del escándalo, el veterano de la Guerra Civil española Víctor Pey (exiliado en Chile desde los años 30), amigo íntimo del difunto y defensor de su memoria por encargo expreso de la familia, acaba de confirmar por primera vez la sospecha: “Allende no era ningún racista ni ningún antisemita. Su madre era judía”.

Pero el argumento no es válido, puesto que no existe ninguna relación obligada de causa y efecto entre lo uno y lo otro. La historia aporta abundantes ejemplos que prueban que lo contrario también puede ser cierto, sobre todo tratándose de personas inseguras, influenciables y, por tanto, proclives al acomplejamiento como Salvador Allende.

¿No sería su tantas veces pregonado amor al pueblo, sus ínfulas humanistas, tan sólo una sublimación correctiva de los monstruosos pecados de juventud que nunca tuvo el coraje de reconocer? Su inmolación -a la que lo empujó la fatal conjunción de sus propias veleidades ideológicas, la innecesaria saña de su verdugo Pinochet, él también un personaje sumamente lábil aupado por una coyuntura favorable, y los continuos desatinos de sus incómodos compañeros de viaje y partido-, ¿habrá sido realmente un acto heroico, categoría que una muerte por mano propia raras veces alcanza? ¿O más bien, o al mismo tiempo, un inconsciente ajuste de cuentas pendientes consigo mismo?

Y es que en resumidas cuentas este chileno ingenuo, noble y populista, fue siempre un personaje trágico acosado por la obsesiva intuición de sus propias imperfecciones reales o imaginarias. ¿No estará ahí en última instancia el origen de los furores eugenésicos de su juventud, de aquella tirria suya a los minusválidos y las etnias y razas no caucasianas? En buena ley, él mismo no encajaba ni atrás ni alante en ningún biotipo ario. Su aspecto físico habla más bien de un añejo, promiscuo mestizaje. Pero dejemos a historiadores y psicólogos la tarea de contestar el sinfín de interrogantes que se derivan de los sorprendentes hallazgos de Farías.

Puede que las revelaciones de Salvador Allende: contra los judíos, los homosexuales y otros degenerados marquen el penoso final, la caída en picado de otro icono de la izquierda. En última instancia, debe dársele la razón a la diputada socialista Isabel Allende cuando, a raíz de la publicación de las dos cartas de Simon Wiesenthal, “muy alterada”, le grita a Farías por teléfono: “¡Mi papá no es nazi!” (Ni marxista, por cierto, sino un populista.)

Pero también hay que dársela al filósofo e historiador Farías (foto de al lado), un investigador concienzudo (no se inventa nada) cuya finalidad declarada es precisamente salir al rescate de la “verdad histórica” e inmunizar a la juventud contra los “falsos mitos”. A juzgar por este vídeo de You Tube sobre neonazis en Chile el consejo no puede ser más oportuno. Por su parte, la izquierda estudiantil, descontentos con el gabinete socialista de Michelle Bachelet, ex dirigente de la Juventud Socialista durante la presidencia de Allende e hija de un mártir de la Unidad Popular, tampoco le van a la zaga a los neonazis, como demuestra este otro vídeo de You Tube.

Por lo demás, lo dicho: el análisis de la vida y obra del mártir de La Moneda sofocará a generaciones de biógrafos. Eso sí, en lo adelante su atormentada figura se alzará sobre un pedestal más modesto, más a la medida de lo humano que el que con tanto fervor le erigen las izquierdas hagiográficas, sordas a lo que ahora se sabe gracias a la pregunta desencadenante de Simon Wiesenthal a Farías: “¿Quién era realmente Salvador Allende?”


Tuesday, 4 September 2007

¿Y si Dios lo perdona?

Por Roberto Madrigal, Cincinnati

Roberto Madrigal (nac. 1950, La Habana). Narrador, ensayista y crítico de cine. Reside en Cincinnati, donde ejerce como psicólogo. "Marielito" él mismo, en su novela Zona congelada recogió las experiencias de su generación durante los meses de aquel dramático éxodo del 80. Con motivo del 27 aniversario del cierre del Mariel como puerto de emigración el 28-09-1980, el Abicú inserta en la entrada anterior su reseña, publicada en la Revista Encuentro, de la citada novela.


Yo no quiero que Castro muera ahora. La muerte por causas naturales de un octogenario que por casi medio siglo ha destrozado el tejido social de Cuba, asesinado y encarcelado a disidentes, a enemigos y a inocentes, que ha separado familias y amistades y que ha empobrecido al país a niveles inimaginables, me parece una injusticia, un castigo metafísico.

Morir de ese modo sería lo mas conveniente para él y sus seguidores. Imaginen el despatarre que se hubiera formado si se hubiese muerto de repente, en medio de un discurso. La fraternal transferencia de poderes no habría sucedido de manera tan sosegada.

Ahora que el hombre que tanto cultivó su tótem, que perfeccionó el culto a la personalidad (la suya) y que siempre se preocupó por encarnar al ideal griego del semidiós, está hecho un viejito enfermo y desvalido, yo le deseo que se prolongue su agonía.

Que se cocine en sus heces y tenga que enfrentarse a la furia de sus intestinos revolucionarios y vengativos. Que sufra la humillación de no poder valerse por sí mismo. Ahora que ha demostrado el terror que le tiene a la muerte, que sufra su asechanza indefinidamente.

Yo que quiero creer en Dios y no puedo, que me crié católico pero que de aquella fe he renegado hace mucho, quiero ver cómo empieza a expiar sus pecados allá en nuestro paradisíaco Valle de Lágrimas insular, diz que “modelo de la Humanidad”.

Cuanto más se prolongue su “penosa enfermedad”, tanto más su fetiche rescatable será la figurilla consunta del ancianito decrépito, cada vez más extraviado en su mono de Adidas, hablando sandeces en una voz apagada y carente de autoridad. Que su memoria sea el hedor.

Mientras mas esto se alargue, su elaborada imagen de guerrillero, de Comandante en Jefe siempre ordenando, quedará como una entelequia. Si el pueblo de Cuba para actuar, tiene que esperar pasivamente su desaparición física, eso es solo índice del inmovilismo social, cómplice de este proceso en mucha mayor medida que la eficiencia de sus mas celosos gendarmes.

Ello da pie a pensar que al final el futuro de Cuba podría tal vez, quién lo sabe --líbrenos de esa nueva desgracia en ciernes Dios, el Destino o el Azar-- parecerse mas al de Corea del Norte bajo Kim Jong Il que al de China bajo Den Xiaoping.

Por otra parte, dejo a los creyentes esta interrogante: ¿Y si en el ultimo minuto de su vida, callado y sin que nadie se entere, Castro, en diálogo secreto con su Hacedor, se arrepiente sinceramente de todos sus crímenes y Dios, en su infinita misericordia, lo perdona?

¿Se imaginan Ustedes la sorpresa que se llevarán después de todo esto cuando, al cruzar las puertas del paraíso celestial, se topen con él allá arriba, alma inmaculada, feliz como una Epifanía, perorando por toda la eternidad?

La obsesión del Mariel

Reseña de Zona congelada, de Roberto Madrigal
(Plus cronología del éxodo y el mejor chiste de la época)

Por Jorge A. Pomar, Colonia


Título: Zona congelada
Autor: Roberto Madrigal, Cinc
innati
Editorial: CBH Books / Cambridge BrickHouse, Inc.
Copyright ©2005 Roberto Madrigal
Library of Congress Catalog Card No TK
ISBN 1-59835-003-X


Según el filósofo alemán Edmund Hu
sserl, padre la fenomenología, ningún objeto o fenómeno puede darse jamás por definitivamente agotado u obvio. Tanto menos, se deduce, si en lugar de un simple objeto material o fenómeno natural, se trata de un suceso contemporáneo protagonizado de forma espontánea por una multitud anónima, como lo fue el éxodo masivo del Mariel en enero de 1980.

No otro es el tema de Zona congelada. Aquí, para seguir con Husserl, cualquier intento de reducción eidética, o sea, de llegar a la esencia del fenómeno prescindiendo de datos superfluos y prejuicios propios y ajenos, conlleva, como paso previo, un inventario mínimo suficiente de vivencias y testimonios individuales.

Roberto Madrigal lo sabe. Por eso, se borra a sí mismo del relato, no da conclusiones, dejando hablar y actuar a sus múltiples personajes sin imponerle al lector ninguna comprensión apriorística -tampoco a posteriori- de los hechos narrados. La denuncia, en la laxa medida en que en efecto la hace, es más implícita que explicita.

En compensación, parece haber hecho algo de mayor provecho para la objetividad del texto: en un experimento eidético consciente con su propio ego, ha intentado despojarse al máximo de la visión retrospectiva --forzosamente integradora-- de veintitantos años de exilio. Su recurso: contar los sucesos desde la óptica de un observador difunto cuyo horizonte visual no va más allá de los personajes (una docena larga), el ambiente y la época descritos.

Para lograr este efecto de distanciamiento, echa mano concretamente de un artificio narrativo tan vetusto como eficaz: el autor como albacea literario de un amigo recién fallecido en el exilio, un tal Leovigildo (“Leo”), que le había encargado la ardua tarea de poner orden en el manuscrito inconcluso e inconexo donde narra como en un mosaico las dramáticas jornadas vividas dentro del recinto diplomático.

Recurso que, desde luego, es a la vez una falsa excusa para contar una historia autobiográfica en la que el autor real, Roberto Madrigal, se reduplica como personaje en el papel de “Polo”, el último minuto en saltar la alta cerca de la Embajada del Perú (pinche ahí para ver vídeo en inglés de Tou Tube). En su desmañado intento, halado por los amigos desde dentro y aporreado por sus perseguidores desde fuera, recibe un batazo que lo deja en coma en lo alto de la alambrada durante un par de angustiosos minutos, hasta que por fin cae del lado de la libertad. Excelente metáfora de la vacilación, por cierto.

Por otro lado, el hecho de que el relato termine sin que sepa si a la postre este Polo logra o no rebasar el estado de coma, es otro ardid del autor para borrarse a sí mismo del relato, matizar el final feliz y, de paso, cancelar la visión retrospectiva, desdramatizadora, desde un exilio que, por lo que le concierne, sin ser de rosa, más bien confirma la veracidad del “sueño americano” con su ideal del self-made-man. Tema tal vez para una segunda novela en ciernes...

“Yo mismo hubiera querido escribir algo así --confiesa de entrada el autor-albacea--. Pero me falta el talento narrativo”. Esta excusa no es, por supuesto, otra cosa que la consabida petición de clemencia del novelista debutante -el autor lo es- al lector atento a las excelencias del oficio y, sobre todo, al crítico, habitualmente implacable con los no consagrados. Por fortuna, en su caso la pretextada carencia de talento narrativo se revela falsa desde las primeras páginas. Sin ánimo de ser exhaustivos, podemos afirmar que Madrigal acierta a resolver al menos cuatro problemas básicos de la narrativa:

Caracterización. Elige jóvenes desarraigados que, en su conjunto, reflejan bien el desencanto con el régimen y el impacto de las primeras visitas de la llamada “comunidad cubana en el exterior” a fines de los 70. En realidad, quienes vivimos la época en ese medio podemos atestiguarlo, no sería erróneo definirlos como “personajes típicos en situaciones típicas”.

Al extremo de que los motivos de fuga de los personajes de Madrigal (ansias de pensar y vivir a su manera, de escapar de la miseria material, de forjarse un futuro a suerte y verdad) coinciden, no ya con los de los marielitos de carne y hueso en general, sino incluso con los alegados por los protagonistas de otra estampida espontánea de proporciones similares en el campo socialista: el éxodo rumbo a Alemania Occidental de unos diez mil veraneantes de la RDA a través de Hungría y Checoslovaquia en 1989.

Ambientación. Los historiales, andanzas, intimidades y rollos de estos personajes; sus preferencias, obsesiones, tácticas de supervivencia y diálogos en las citas furtivas del grupo, evocan el entorno semiclandestino en que se mueve en un segmento automarginado de la juventud habanera por la época del Mariel.

Composición o estructura del relato. Consigue hilvanar los “apuntes” y cabos sueltos del manuscrito inconcluso del supuesto difunto en un relato coherente provisto de preludio, desarrollo y un desenlace anunciado que, sin embargo, no rompe el suspense. Además de conciso (algo más de 120 páginas en formato mayor), el relato fluye, se deja leer de un tirón. Gracias a la adecuada dosificación de los datos, hacia el final la acción gana en ritmo y tensión, precipitándose de una escena a la siguiente hasta alcanzar el clímax.

Lenguaje. Utiliza una prosa coloquial, de conversar en la calle o en casa, donde casi todas las voces reproducen esa mezcla de cultismos, dicharachos y hallazgos verbales tan de moda en el habla de la clase media profesional que hace rato peina canas en la Isla y la diáspora. Coherentemente, la estructura sintáctica del párrafo se apoya las más de las veces en una simple concatenación de frases con abundancia del relativo “que”, como corresponde a la oralidad cotidiana.

De ahí la amenidad del relato, en el que sin duda hay mucho del psicólogo profesional y el consumado ajedrecista, que ambas cosas es este compatriota. Se diría que Madrigal estructura su relato como quien juega una partida ensayada con piezas vivientes perfectamente psicoanalizadas que acaban enrocándose en masa ante una situación sin salida.

Por lo demás, quien ha tenido la suerte de conocer en persona a Roberto Madrigal, un cuentista nato, percibe enseguida el timbre inconfundible de su voz. No se puede menos que reconocerle, como una indiscutible virtud, la preservación de ese genuino acento y vocabulario criollos allá en la fría Cincinnati, donde, en contraste con La Florida o Nueva York, el español (ni por suerte el espanglish) es la norma.

Ha hecho, pues, lo que sabe hacer: contar a viva voz, esta vez afortunadamente para nosotros sobre el papel, una obsesión central de su existencia. Suena fácil pero no lo es. Después de haber recapitulado y contado oralmente hasta la saciedad su retacería anecdótica de los sucesos del Mariel, de rumiar mil y una vez sus reminiscencias hasta dejar el asunto en el hueso en su memoria, ha cedido por fin a la tentación de poner en blanco y negro su versión particular de aquellas dramáticas jornadas de desconcierto oficial y desbandada popular.

Zona congelada es, por tanto, algo más que un relato ameno, lo cual ya de por sí se agradece en medio de la actual boga sexista (Madrigal nunca se regodea en las escenas eróticas) y comercial: es un sincero ajuste de cuentas del autor consigo mismo y con su pasado. No en balde comienza con esta frase clave para los habitantes de una Isla que han soportado 46 años de dictadura totalitaria y en su mayoría no han reaccionado de otro modo que con el insilio o votando con los pies: “Los pendejos todo lo hacen tarde en la vida...”.

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Cronología del Mariel

02-04-1980: Un grupo de habaneros obstinados a bordo de un autobús penetra a la fuerza en la Embajada del Perú en Miramar, La Habana. Las postas de la Policía Nacional Revolucionaria reaccionan tarde. En el fuego cruzado, muere uno de los guardias.

04-04-1980: Ante la negativa del gobierno peruano de entregar a los refugiados, las autoridades cubanas retiran las postas de protección a la sede diplomática. En poco más de dos días unas 11 mil personas se hacinan en los predios de la Embajada.

22-04-1980: El Gobierno habilita el puerto de Mariel y autoriza la entrada en aguas territoriales cubanas a cualquier barco de La Florida que atraque allí para recoger familiares y amigos.

27-04-1980: La guardia costera de Estados Unidos monta una operación en gran escala para socorrer al sinfín de naves de diferente calado que cruzan el Estrecho de la Florida cargadas de refugiados cubanos.

01-05-1980: Durante el acto oficial por el Primero de Mayo, obviamente desconcertado, Fidel Castro da un paso de consecuencias imprevisibles al declarar públicamente que todo aquel que desee irse, puede hacerlo. Un multitudinario desfile pasa frente a la acordonada sede diplomática insultando a los fugitivos.


02/13-05-1980: Ante la imparable afluencia de fugitivos por las carreteras de la Isla, el gobierno recurre al ardid de liberar a millares de dementes y reclusos peligrosos, obligando a los fletadores de las embarcaciones a convoyarlos con emigrantes normales, so pena de regresar vacíos.

Como parte de esta maniobra de descrédito moral, se ordena priorizar la salida de homosexuales, previa demostración de serlo. Al mismo tiempo, se yugula por todos los medios el torrente migratorio, incluidas la congelación de la zona diplomática y los progromos a domicilio y en el centro laboral contra todo el que insistiera en marcharse. En los altercados resultantes, se reportan muertes violentas y un número indeterminado de personas sufre heridas de diversa gravedad.

14-05-1980: El entonces presidente Jimmy Carter anuncia oficialmente que todos los fugitivos cubanos serían legalmente acogidos en las aduanas de Estados Unidos.

28-09-1980: Fidel Castro decreta el cierre definitivo del Mariel como puerto de salida de emigrantes, poniendo así fin a un éxodo interminable. Según cálculos extraoficiales, alrededor de 3 millones de cubanos deseaban marcharse por esa vía. En total, unos 125 mil cubanos abandonaron Isla. que parecía no tener para cuando terminar.

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Chiste del Mariel

Fidel y Raúl de pie sobre una colina desde donde se divisa el Mariel. Ambos contemplan patidifusos las columnas de cubanos que se acercan a paso doble al puerto para largarse a Miami. Carreteras y caminos de acceso se han convertido en hormigueros humanos.

Caramba, mi hermano --dice Fidel, alarmado--, si esto sigue así como va, pronto no quedarán en toda la Isla más que dos personas.

Respuesta de Raúl:

--¿Tú y quién más?