Monday, 19 May 2008

Hora de "acostar al muerto a dormir"

O por qué no soy ni quiero ser martiano

Por Jorge A. Pomar, Colonia

Este 19 de mayo se conmemora el 113 aniversario de la muerte de José Martí en una escaramuza sin importancia que de otro modo no habría sido reseñada ni siquiera por la historiografía más minuciosa. Sesenta y cuatro años más tarde, por efecto retroactivo en el imaginario nacional, aquella muerte, más bien un suicidio involuntario por temerario afán de notoriedad bélica, tendría mucho que ver con el abrupto final de la república fundada el 20 de mayo de 1902.

Sin embargo, aunque la romántica idea del martirologio es un mantra en su poesía, y la víspera de su primer y último combate él mismo lo había previsto en su célebre testamento epistolar, puede afirmarse con absoluta seguridad que el motivo inmediato de su último gesto no fue el mesiánico aludido en aquella carta inconclusa, donde le dice a su amigo Manuel Mercado:

...ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país y por mi deber --puesto que lo entiendo y tengo ánimos con que realizarlo--, de impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América. Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso. En silencio ha tenido que ser y como indirectamente, porque hay cosas que para lograrlas han de andar ocultas, y de proclamarse en lo que son, levantarían dificultades demasiado recias para alcanzar sobre ellas el fin.

Igual de traído por los pelos es el nexo conspirológico que establece a renglón seguido entre esa confesa finalidad antigringa de su gestión política y cualquier posibilidad real de que sus coetáneos interpretasen enseguida su muerte como una voz de alarma de cara al "norte revuelto y brutal que nos desprecia". Obviamente, Martí sabía a ciencia cierta que, salvo contadas excepciones, el liderazgo mambí estaba muy lejos de compartir su fobia a Estados Unidos.

Siendo así, debía intuir que la única vía para imponer su plan estratégico pasaba por su propia supervivencia personal a toda costa en aquel desigual enfrentamiento contra una España dispuesta a jugarse el todo por el todo en el inútil empeño por retener los restos de su imperio colonial. Pero, además, como él mismo había escrito en 1890:

El hombre de actos sólo respeta al hombre de actos. El que se ha encarado mil veces con la muerte, y llegó a conocerle la hermosura, no acata, ni puede acatar, la autoridad de los que temen a la muerte. [...] ¡La razón, si quiere guiar, tiene que entrar en la caballería! y morir, para que la respeten los que saben morir.

Por tanto, siguiendo su propia lógica, es incoherente pensar que Martí buscara realmente la muerte aquel 19 de mayo de 1895. A poco más de una semana de su desencuentro en La Mejorana con el --en el sudoeste oriental-- todopoderoso general mulato Antonio Maceo, partidario de dejar el gobierno y sus leyes para después de la victoria contra España, el prestigio de Martí entre los veteranos debía de andar por el suelo.

Por otra parte, sin duda aquella grafomanía suya le jugó una mala pasada en la manigua. Sin poder contenerse, solía dejarse ver escribiendo incluso a caballo en su diario de campaña. Estampa que difícilmente lo haya ayudado a ganarse la confianza de aquellos rústicos guerreros, en su mayoría analfabetos o semianalfabetos y con una pésima opinión acerca de los literatos.

De ahí su irresistible ansiedad, su prisa por foguearse en las cargas al machete para probarse a sí mismo, legitimarse a los ojos de una tropa suspicaz, hacer méritos en el campo de batalla y, una vez expulsados los españoles, hallarse en la posición de mando político-militar necesaria para inculcarle a la república naciente, a título de
ultima ratio, aquella vocación latinoamericanista y antiimperialista que escondía in pectore.

Quiso el azar concurrente que aquel 19 de mayo de 1895 los disparos mortales de un criollo de pura cepa se interpusieran en su camino al poder terrenal en la Isla. Fuera de toda duda está que Martí era un demócrata convencido que abogó por el estado de derecho y abominó de las luchas de clases y de todo tipo de dictaduras, incluida la marxista. No sin razón se ha dicho que, todo sumado, congeniaba con la socialdemocracia ortodoxa.

Cortometraje filmado en La Habana sobre
la manipulación de la figura de Martí





Ahora bien, imaginemos un escenario en que Martí hubiese sobrevivido hasta el 98 como
primus inter pares en el alto mando insurrecto. A la sazón, las tropas independentistas estaban en fuga frente a la aplastante superioridad española. Loco de remate, delirante habría tenido que estar Martí para oponerse en tales circunstancias a la intervención del US-Army, lo cual habría exigido de él arrogarse unas facultades omnímodas reñidas con su incuestionable afición al imperio de la ley.

De hecho, la élite militar y diplomática mambí no sólo aprobó en su momento la intervención del US-Army, sino que --los más de buen grado, los menos a regañadientes-- hizo cuanto estuvo a su alcance para provocarla, hasta salirse con la suya. Aquel desesperado quid pro quo (esto por eso) era el único remedio capaz de evitar un segundo Pacto del Zanjón y romper de una vez por todas el statu quo colonial.

Pero llevemos hasta las últimas consecuencias este imaginario ensayo retrospectivo y supongamos que, en efecto, un hipotético Martí irracional se aferra a su mesiánico plan, prevalece sobre sus compañeros de armas y osa lo que no hizo el general Máximo Gómez, esto es, hacer causa común con el gobierno español --propuesta efectivamente hecha
por el capitán general a Gómez y rechazada-- y virar las armas contra el invasor yanqui.

Consecuencias: España derrotada sin falta y, a la zaga de ella, aplastados a sombrerazos unas guerrillas insurrectas aún más divididas. Y militarmente ya de por sí tan irrelevantes que, por ejemplo, en la vida real, a la hora de la victoria se resignarían a acatar la humillante orden norteamericana de no entrar triunfantes en Santiago de Cuba. ¿Y qué otra cosa podían hacer, si en la relampagueante Guerra Hispanocubanoamericana apenas habían participado en calidad de tropas auxiliares?

Pero volvamos a la ficción. Luego, tras la proclamación de la república el 20 de mayo --o probablemente mucho más tarde debido a la mayor inestabilidad política--y la retirada de las tropas de intervención, habrían tenido que, por un lado, compartir el poder con un movimiento autonomista en alza y, por el otro, disuadir a las facciones más intransigentes para que no retornasen a la manigua.

Escenario que, a la luz del historial posterior de los generales y doctores mambises en el poder hasta el 33, tal vez no habría sido del todo desdeñable desde el punto de vista de la equidad e incluso de la solidez de la democracia en la Isla. Es curioso pero, aún así, a buen seguro el curso ulterior de nuestra historia no habría sido muy diferente.

Habida cuenta de que, al retirarse en 1902, ciertamente el Military Government puso la administración de la Isla en manos de la empobrecida élite independentista, pero igual se cuidó de no afectar los intereses de la colonia española. Ésta apenas había visto mermadas su propiedades, regía la vida social y detentaba el monopolio sobre el comercio minorista y mayorista,
interior y exterior.

¿Por qué no soy martiano?

De adolescente, polilla de anticuariado, solía recitar los Versos sencillos. Todavía me atrapan la sensualidad y conocimiento de mundo de Martí. De vez en cuando leía con placer algunos de sus escritos en prosa, especialmente ciertos pasajes realistas del Diario de campaña. En cambio, los Versos libres me resultaban demasiado pretensiosos y enrevesados. El Ismaelillo no me decía nada, y con el tiempo les fui perdiendo el gusto a sus citas: amén de ubicuas en la ciudad, excesivamente buenistas, a menudo bellos refritos de clásicos de la Ilustración y del siglo XIX.

En ese aspecto, no difería de mis coetáneos. A decir verdad, no me lo tomaba muy en serio que digamos. Hasta una tarde de fines de los 60 en que hube de chocar de frente con él por interpósitas personas. Cursaba el cuarto año de inglés en el Instituto Pedagógico Superior y a la vez impartía esa asignatura en el Preuniversitario Saúl Delgado cuando al alumnado de ese plantel del Vedado le tocó movilizarse al agro por mes y medio.

Por ese lapso me enviaron, sin excusas ni pretextos, a ganarme el sueldo como maestro de sexto grado en una primaria del municipio. Hete aquí que era época de exámenes en el Varona. Habiéndome percatado de que la obligación de preparar e impartir varias asignaturas a aquellos chiquillos insoportables no me dejaba tiempo para estudiar, me personé en la instancia municipal correspondiente para solicitar mi traslado a una secundaria básica.

En mala hora. Después de pelotearme de una oficina a otra, me citaron a una reunión con tres encopetadas metodólogas de rancio tufo burgués que al principio perdieron su tiempo tratando de disuadirme y al final toda su maternal paciencia. “El deber de un hombre está allí donde es más útil”, me espetó la jefa del añejo triunvirato femenino, citando a Martí.

Respondón como soy, antes de darme cuenta de las implicaciones de lo que iba a decir, repliqué: “Sí, compañera, ya lo dijo Martí. Pero, como él no está aquí para aclarármelo...”. No me dejó terminar la frase: “¡Salga de aquí inmediatamente! ¡Y aténgase a las consecuencias!”, chilló la vieja al borde de la ferecía. Por suerte, María Luisa, decana del Varona y ex combatiente de la Sierra Maestra, me tenía afecto y me tiró la toalla por segunda vez en la carrera. Aunque de manera nebulosa, ahí empecé a maliciar que el Apóstol podía ser un instrumento al servicio del poder.

Terminaría de entender todo el alcance demagógico de esas invocaciones sacras muchos años después, durante el verano de 1991, cuando ya me había pasado al bando contrarrevolucionario y era uno de los dirigentes de Criterio Alternativo. En una reunión conjunta celebrada en su apartamento, el líder de Proarte, un grupo disidente que se nos había sumado, describía con lujo de detalles una de sus más atrevidas actividades públicas contra el régimen.

Cada 28 de enero, natalicio de Martí, los miembros del grupo se daban cita en los portales del hotel Inglaterra y, discretamente separados a fin de no llamar la atención de agentes y chivatos, iban cruzando uno a uno la calle para depositar una pequeña rosa blanca sobre el pedestal de la estatua en el Parque Central. Una señal de protesta silente. Eso era todo. Zoquete como soy, le hice una pregunta que me granjeó su eterna enemistad de martiano ofendido: “¿Y ustedes creen que Martí toma nota del homenaje?

En realidad, ya hacía rato que me tenían hasta la coronilla ciertos disidentes con ínfulas de catequistas que, al menor rifirrafe teórico, viniese o no a cuento, halaban por el tomo de las
Obras Completas de José Martí que portaban siempre debajo del brazo y, al instante, te endilgaban cualquier cantidad de sentencias inapelables del "Maestro".

Al más puro estilo de los predicadores ambulantes de las sectas Testigos de Jehová o Ejército de Salvación. Por lo común, son gentes con graves dificultades para expresarse o nada de su cacumen que aportar. Preguntado por mis motivos para la subversión, hacían asquitos cuando les contestaba: mi sacrosanto libre albedrío, concuerde éste con los designios de Dios o del Diablo...

En fin, tocante a idiosincrasia, es por eso que ni soy ni jamás seré martiano. Él vivió su tiempo a su aire y yo aspiraba a otro tanto por mi cuenta y riesgo. De modo que les pido aquí, de todo corazón, a aquellos martianos incontinentes interesados en persuadirme de algo en presencia o vía correo electrónico que, por favor, prescindan de citas y me suelten lo que tengan en mente a título estrictamente personal. De lo contrario, no se molesten: a dos metros escasos de mi escritorio hay Martí en el librero cubano para guardar y regalar. Y no cuelgo su efigie en la pared porque ya se sabe que el Abicú presume de iconoclasta...


Precaución que --sin granjearles simpatías peninsulares a Washington-- no sólo confirió a la pujante colonia española una influencia económica equiparable a la política que habrían podido ejercer desde el principio los autonomistas en nuestra ficción histórica, sino que, al acentuar la rebatiña entre veteranos, coadyuvó al estallido de varios conatos de guerra civil, incluida la atroz carnicería contra los Independientes de Color en 1912. Con ella pusieron "en su lugar" a la negrada veterana, mayoritaria en la lucha contra España, desmintiendo el aserto martiano de que "cubano es más que blanco, más que mulato, más que negro".

En ambos escenarios (donde el negro contaba poco), lejos de dejar sin argumentos a la primera de las dos generaciones funestas de la era repubicana, la de la lucha contra la Enmienda Platt, el Machadato y las desigualdades sociales bajo el signo del nacionalismo agresivo y/o la hoz y martillo, la refuerza en su fatídico recurso moral al legado martiano como factor legitimador del culto a las armas. Asaltos, ejecuciones y sabotajes extirparían de raíz los males de una república incapaz de superar en perfección a sus propios fundadores. (Foto: mediodía del 20 de mayo de 1902 frente al Malecón habanero.)

En los años 30 los Mella, Villena, Torriente Brau, Trejo, Guiteras, Chivás, etc., desempolvaron y reivindicaron a ese otro Martí mesiánico, antiimperialista, que acabamos de describir. Idealizados a su vez por la historiografía republicana, serían ellos el eslabón intermedio, la legitimación martiana de la siguiente hornada generacional: la de los años 50.

El castrismo está, pues, en su derecho a remitirse a las veleidades ideológicas de ese Martí fantasioso, intransigente e históricamente irresponsable de la carta a Manuel Mercado y tantos otros textos belicosos; a proclamarlo "autor intelectual" del asalto al Moncada al cumplirse el centenario de su nacimiento en 1953.

Fidel Castro se apoyaba en dos mitos fatales brillantemente resumidos en
Baracutey por el poeta Oscar Mario González en estas dos frases:

(1) Las imperfecciones de la república se debían a la ausencia de los principales próceres independentistas caídos durante la contienda.
(2) Todos los males de la república eran debido a los norteamericanos o a los imperialistas yanquis, como gustaba decir la izquierda. Los yanquis impedían gobernarnos adecuadamente.


No por azar Agustín Acosta Bello, el "poeta nacional" --destituido al inicio de la era socialista por burgués y liberal-- compone un poema que enseguida sería popularizado en diversas canciones y --como bien nos recuerda también Oscar Mario-- incluido en el canon pedagógico para todos los textos escolares de la enseñanza pública:
Martí no debió de morir,/ ay de morir./ Si fuera el maestro del día / otro gallo cantaría, / la Patria se salvaría / y Cuba sería feliz...

El artículo de Oscar Mario clasifica como un respetuoso intento de desmitificar a Martí. En contraste, descubrí hace unos días con asombro en
El Miami Herald un artículo hagiográfico titulado "Los fantasmas que atormentaban a José Martí". Lleva la firma de Ariel Hidalgo y, pese a subrayar su credo democrático, incluye pasajes inquietantes que le dan un cariz anacrónico y peligroso. Como éstos:

La república nacida en 1902, al día siguiente de cumplirse siete años de su partida, no era en verdad la que él soñó... Pero si bien nunca hubiera consentido con una independencia mediatizada por aquella enmienda impuesta por bayonetas de tropas de ocupación... desató la guerra que completó, con una última estrofa, el gran poema americano de Bolívar, Hidalgo y San Martín... Pero ahora, 113 años después, nosotros debemos proseguir esa lucha sin odios donde él la dejó en Dos Ríos... (Foto: izaje y arriaje simultáneo de las banderas de Cuba y Estados Unidos en el Morro.)


¡Ay, Dios! Por más que uno relea ese artículo, es evidente que el autor reivindica aquí ese pernicioso legado martiano como misión nacional inconclusa, o sea, de cara al futuro. Craso error: el papel de Fidel Castro desde 1959 hasta la fecha nunca ha consistido en otra cosa que llevar esa misión hasta sus últimas consecuencias, convirtiendo la Isla entera en una plaza sitiada a perpetuidad. La "paz" de que habla Ariel Hidalgo no tiene cabida en semejante contexto épico.

Y es que una plaza sitiada sólo puede ser gobernada precisamente por aquellos crueles métodos de ordeno y mando que Martí censurara al general en jefe Máximo Gómez en otra de las numerosas frases tan célebres como erráticas:
"Un pueblo no se funda como se manda un campamento".

Si como se deduce, pueblo es ahí república, el "Mártir Hermano" se equivocaba de medio a medio y Gómez estaba en lo cierto al aplicarles sin piedad el reglamento castrense al par de violadores asesinos que Martí pretendía librar del ajusticiamiento: los cubanos eran como eran y estaban en guerra, y aquello era un campamento de campaña con todas las de la ley.
Del choque frontal entre su Cuba platónica y la cruda realidad humana de la manigua brota la fuerza autodestructiva que lo impulsa a jugarse la vida en pos de la grandeza guerrera ausente en su expediente.

Por carácter transitivo, si el destino manifiesto de la cubanidad es cumplir el legado martiano, forzosamente la Isla tendrá que seguir siendo por los siglos de los siglos una plaza sitiada gobernada
manu militari bajo un régimen de economía de guerra, leyes draconianas y partido único. De ahí que, como vimos arriba, también en la alternativa hipotética, un Fidel Castro era probable. Antes, después o en el 53.

Es más, si alguien simulase en una computadora el máximo de escenarios distintos posibles:
dar la victoria a los guiteristas en el 33, disuadir a Chivas de su fatal alarde de suicidio, incluir a Fidel entre los muertos del Moncada, hacer que estallara a los pies de Batista la granada defectuosa arrojada por el comando estudiantil del 13 de marzo del 57, soplarles al oído al general Cantillo y estado mayor lo que les iba a pasar después del triunfo rebelde, dejar que Kennedy ordenase a la VII Flota apoyar a los mercenarios poniéndole el Morro de sombrero al Comandante en Jefe, qué se yo, difícilmente conseguiría eliminar por completo la probabilidad de alguna variante castrista. Fidel no va a morir en la cama por casualidad.

Para no volver a tropezar con la misma piedra habría que empezar, parafraseando uno de sus
Versos sencillos, por acostar a dormir de una vez el sueño eterno al Martí "Apóstol Nacional", "Santo de América", eslabon número uno que une al imaginario nacional con la tradición quijotesca castellana, fuente originaria de nuestra desgracia histórica. Para que no haga más daño y deje a nuestros hijos vivir en paz con su Némesis testamentaria, leamos esa epístola como lo que es: un cuento fantástico.

Y su falta de sentido del humor, porque Martí era un notorio cascarrabias obsedido por el morbo de fabricarse a sí mismo, de encarnar, proyectar su propia imagen crucifixial. Una sicopatología común a Fidel, Guevara o Chávez que es a la vez --haya sido Martí consciente o no de esa torva finalidad-- una estrategia eficaz para conquistar el poder absoluto, erigirse en semidiós de un pueblo olvidadizo compuesto mayormente por individuos semiletrados, milagreros, buscones e ingratos como para ellos solos. (Añádase una clase media culta acomplejada ante Europa Occidental, una partidocracia recostada a Estados Unidos y un patriciado nostálgico de la Madre Patria.) Su táctica más socorrida: prodigar elogios cuasi bíblicos a diestra y siniestra.

"Yo quiero que la ley primera de nuestra República sea el culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre". Hablando de república, un lugar común por algo que desde la Revolución Francesa se llama derechos humanos (por cierto, irrespetados en la Isla pese a figurar en el preámbulo de la Constitución). De acuerdo, pero ¿cómo encaja ahí ese yo mosaico? "Karl Marx ha muerto. Como se puso al lado de los débiles merece honor...". Y Lenin, Trotski, Durruti, Ceaucescu, Mao, Kim Il Sung, Pol Pot, Fidel Castro, Guevara, Bin Laden, Hugo Chávez y Raúl Reyes también, porque en fin de cuentas, cada cual a su manera, fueron o son todos discípulos de Marx. Ésa idea --no frunzamos el ceño-- está en el centro del actual favoritismo retroprogre hacia los déspotas de izquierda. En cuanto a lo de “Ser cultos para ser libres”, hace unos meses pudimos hacernos una idea de su valía observando la conducta servil de los ilustres delegados al VII Congreso de la Unión de Escritores y Artistas Cubanos...


Cuando menos habría que descartar del legado martiano la parte mesiánica y anglófoba (no en balde era hijo de españoles), ceñuda y moralista, porque hasta a nuestros nietos, bisnietos y tataranietos les robaría la tranquilidad de espíritu. Es mil veces preferible que vivan sin grandes ideales, pero a la vez sin misiones teleológicas ni complejos de inferioridad en la aldea global tal como es y no en el paraíso del estoicismo imaginado por aquel literato romántico que quiso escribir su obra maestra en el cerebro de los cubanos.

Ese alien martiano, de factura netamente magisterial, mediático-intelectual, pudo haber engendrado monstruosidades similares en los años 30, parió al castrismo un ventenio después y, lo que es peor, es aún prolífero. Porque, dejémonos de cuentos, al margen de las preferencias literarias (lectores no sobran), a día de hoy ni en la Isla ni en el exilio abundan los martianos auténticos: fiel a sus principios, Martí si viviera, estaría otra vez muerto de bala, encarcelado o febrilmente consagradado en La Florida a los preparativos de su segunda expedición de "La Fernandina". De lo contrario, no sería el Martí que enseñan aún en los colegios de la Isla.

Salvo excepciones tan honrosas como extemporáneas, los martianos que van quedando sólo lo son de diente para fuera. (Es difícil serlo al pie de la letra o cambiando lo que haya que cambiar.) Por lo demás, nunca fueron muchos y, cómo no, celebraban la efemérides republicana con igual júbilo que las masas populares en 1902. ¿Y quiénes somos nosotros para enmendarles la plana a posteriori a nuestros abuelos? Tan fuerte fue el impacto del grandioso suceso que acuñaron un aforismo especial para la efemerides: "Caerle encima a algo o alguien como un 20 de mayo". Por cierto, de uso cotidiano a todo lo largo y ancho del archipiélago hasta hace poco.

Fazit:
Los exiliados consecuentes debemos conmemorar el 19 de mayo sobriamente, como el aniversario de la muerte de un gran escritor, que también fue patriota, al que sin embargo conviene digerir con cautela. Por suerte, insisto, raros, rarísimos son los criollos que todavía lo leen o se lo toman a pecho. Fidel Castro (se lo sabe de memoria) es, a justo título, uno de ellos. Otros, sin saberlo, bailan en el "baile extraño".

¿Motivo? Martí, que quiso abarcarlo todo en un abrazo sublime, dejaba a un lado el placer per se y la espontaneidad de la vida en clave de presente e inversión en el porvenir inmediato. En su lugar, proponía explícitamente el plan y la conspiración a largo plazo en aras de "un mundo mejor". Por eso sirve lo mismo para un roto que un descosido. Pero lo que urge a los cubanos de ambas orillas es una inmersión a fondo en las aguas heladas del pragmatismo anglosajón, un largo, paciente proceso de instrucción colectiva en el tema de la política como arte de lo posible.

Para empezar a transitar por ese camino, debemos rescatar la efemérides libertaria del 20 de mayo, día del nacimiento de una república imperfecta como nuestra mentalidad pero duramente conquistada por los nuestros, al alimón con los
Rough Riders de Teddy Roosvelt. Por librarnos de esa deuda de gratitud, el primero de enero de 1959 la perdimos --hasta quién sabe cuando-- en nombre de las quimeras librescas del "autor intelectual del 26 de julio": don José Julián Martí y Pérez, que en paz descanse...

9 comments:

Lázaro Buría said...

Hola:

Me admira tu lucha contra los fantasmas pues a pesar de la natural credulidad humana casi nadie cree en ellos. Pero existen. Y, como revelas, no son intangibles sino que habitan dentro de cada uno de nosotros. Lo complicado de esta situación es que cada cual lo asume como avatar propio con lo cual la confusión se multiplica. Por suerte, el astrónomo del Vaticano cree y piensa que es posible haya "vida inteligente extraterrestre" -lo dice a titulo personal y no sabe si Ratzinger está o no de acuerdo con él-. En todo caso, casi todo lo que has dicho sobre Martí, lo comparto, pero lo diría con menos beligerencia.

Un saludo,

Lázaro Buría.

Anonymous said...

Compadre:
Disculpa el tratamiento, pero quiero imaginar que estamos amigablemente hablando en una esquina habanera con alguna bebida espirituosa por medio. Hace rato leo tu blog, tus comentarios son generalmente prolijos, fundamentados y sin pelos en la lengua. Pero no comparto tu trova sobre el Apóstol. Con todo respeto pienso que tus criterios son producto de la deformada imagen que sobre Martí, otros símbolos patrios y otros hechos, asentó en tu cabeza el medio en que te desarrollaste (léase la Cuba post 59). Es lamentable que no te des cuenta que, para mirar más allá de la visión deformada que tienes (en estos casos, por esa circunstancia)tienes también que empezar por cuestionarte ese rechazo que llevan en la sangre muchos de nuestra generación. ¡Coño, si hasta te estás pareciendo a Armengol! Piensa, compadre, que Martí no tuvo la culpa de lo que han hecho con él a posteriori. Y en cuanto a pantalones... demostrado está que de verdad no cabía en los que llevaba puestos. No le sigamos el juego a los aseres del aparato. El cadáver de Martí no debe descansar, sino regresar con nosotros a Cuba para aprovechar lo que de bueno y noble tuvo su pensamiento. Un saludo de otro cubano perdido por el mundo.

Anonymous said...

Pocas veces más lúcido que analizando la "secuela martiana" Dolorosa verdad la del daño de Martí a Cuba, a pesar de los martianos que confunden al hombre de letras bueno con el político errático, hasta fanático, que nos acostumbramos a mirar como meta y fin de la tiranía actual y para el futuro de nuestro país. Un placer esta lectura.

Anonymous said...

Bueeeenísimo artículo!!!!!!
Muchas gracias, hace rato que hacen falta articulos que como este que rompan lanzas por una revisión de nuestros dogmas ya envejecidos y estimulen el análisis y el debate sobrio sobre nuestro maltrecho pasado.
UN ABRAZO
un lector adicto
Matojo
con tus escritos, Abikú, siempre...
"Me caigo y me levanto". gracias en nombre -seguro-de muchos de tus lectores habituales

Amadeus said...

Todos los pueblos necesitan sus íconos para reafirmarse como naciones, pero eso no significa que esos íconos sean un dechado de virtudes y Martí no fue una excepción. Son como los tres tiroteos que libró Fidel Castro en la Sierra, que luego convirtió en Stalingrados para legitmizar el engendro de la Revolución y a sí mismo ante el gallinero.

El supuesto antimperialismo de Martí es contradictorio y esa visión de los Estados Unidos como potencia emergente, fue más bien una "chiripa" motivada por el conflicto de intereses entre España y USA y que Martí interpretó a su manera, pero muy lejos de un profundo análisis ideológico, al menos a la luz de lo que hoy conocemos como "imperialismo".

Estados Unidos fue y es el aliado natural de Cuba, al margen de las consideraciones nacionalistas, independentista y de soberanía que implican el desarrollo de una nación. ¿Fatalismo geográfico? Tal vez, y la historia así lo ha demostrado ayer con Martí y hoy con Castro, pero con una gran y decisiva diferencia: El mundo, Cuba y Estados Unidos ya no son los mismo del siglo XIX.

Anonymous said...

Yo, cubana comun y corriente, nunca he entendido el empeño de Marti por el sacrificio, ni las miles de cosas que nos cagaron la vida en Cuba, siempre justificadas por una cita martiana. No me gusta tampoco Marti igual que detesto el gesto de Mariana Grajales de decirle a su hijo que se fuera a combatir. Como madre podre yo irme a combatir por lo que crea justo pero nunca mandaria a un hijo mio a morir a pesar del honor, el amor a la Patria, etc. Que conste que amo a Cuba, porque amo mi barrio, mis amistades, nuestra musica, nuestra forma de ser alegre, entre miles de cosas mas, y odio a la dictadura que la tiene hecha un desastre pero no entiendo ese amor abstracto que siempre nos han querido meter en la cabeza y por el cual nos han querido desgraciar la vida.

Anonymous said...

Abicú,
no has leído a Martí. Lo odias, simplemente, porque eres negro. Y porque él supo entrever la catástrofe que los negros harían caer sobre nuestra sufrida isla. Léelo, mira la realidad y olvídate de las manipulaciones comunistas de sus escritos. O mejor, no escribas nunca más sobre Martí. Te queda grande.

Anonymous said...

Abicu he leido poco de ti lo confieso, pero empezabas a gustarme hasta que decidiste meterte con alguien que no tiene la culpa de haber sido tan manipulado y malinterpretado con toda mala intencion....... de marti tomo fidel cuanta frase le fue util para manipularnos y desecho otras que lo marcaban como: " cuando los pueblos emigran los presidentes sobran" ...... no hagas lo mismo no tomes de marti lo que consideres negativo y lo exaltes, si quieres hacerte justicia estudialo mas seria y profundamente y no hagas como tantos ideologos de cuba que critican los males del capitalismo de "oidos" sin saber de que hablan.......... hay anecdotas de Marti y Maceo que no solo realzan el desprecio de Maceo al hombre de letras........ cuentan Maceo golpeo a Marti en el rostro en cierta ocasion y al caer Marti mostro la suela rota de los zapatos......... Maceo corrio a levantarlos pues entendio no era mas que un hombre de pueblo con ilustracion......Una pregunta: te gusta El maestro de marti , que sabes de nuestra hostoria Abicu?.......... espero esta sea una de las tantas jugarretas del nino travieso que llevas dentro y decribes en tu breve resena del significado del nombre que has escogido........ considera te propino sin mala intencion una de las palizas semanales que mereces........

A la orilla del Guaso said...

hey abicu, que articulo tan pedante. He simpatizado con todos los que he leido en tu blog, excepto con este, y eso que Marti es para mi, practicamente, solo un poeta que me encanta leer. No te dejes llevar asi por las pasiones.