Saturday, 21 July 2007

Dulces guerreros cubanos o la poética infalible del cinismo


Norberto Fuentes de cara a la posteridad

Por Jorge A. Pomar, Colonia





Preámbulo delriscano a modo de actualización

Esta reseña (aquí retocada) del discutible testimonio de Norberto Fuentes acerca de las aventuras y desventuras del general Arnaldo Ochoa y los gemelos Tony y Patricio de la Guardia debió aparecer en Encuentro en la Red a raíz de la publicación de Dulces guerreros cubanos en febrero de 2000. Lamentablemente, se me explicó entonces, alguien se me había adelantado y no era posible publicar una segunda reseña sobre el mismo libro.

No me quedó otra que engavetar el manuscrito. Sin embargo, el certero análisis de Enrique del Risco en la web del propio Norberto --quien obviamente se siente gratificado por un análisis que, no por demoledor, deja de halagar su monumental ego, visto que resalta la trascendencia de su testimonio íntimo-- ha tenido la virtud de persuadirme de que, a despecho de la amoralidad de su autor, Dulces guerreros... pasará a la historiografía literaria del castrismo como uno de los relatos que mejor revelan la naturaleza criminal de ese régimen hoy agonizante.

Estoy del todo de acuerdo con Del Risco cuando afirma que “este libro ha sido sistemáticamente mal leído”. Y no a pesar de, sino justamente, por efecto del cinismo, del desparpajo, de la pueril egolatría de un autor que, involucrado él mismo en las tropelías de sus héroes, a lo largo de 464 páginas, como observa Del Risco, no tiene a bien pronunciar frases como “yo no me di cuenta hasta que…” o “lo tuve que hacer a mi pesar”.

Del Risco hace énfasis en un aspecto que ciertamente yo también menciono entonces. Pero, centrándolo más bien en el retrato ético del autor, no subrayaba lo suficiente en la versión original: la irrefutabilidad, la contundencia de Dulces guerreros..., que a su manera sólo es posible como resultado de esa visión cínica, amoral, ególatra, del drama narrado. Hasta ahora, nos advierte el sagaz crítico, ocurre un poco que el frondoso árbol de la impudicia autoral no deja ver la jungla del castrismo. Para despejar el follaje narcisista, Del Risco empieza por dar una versión hipotética del rol de Fuentes como autor:

La diosa literatura, lamentando lo esquiva que le es su representación del poder ha designado a un escritor para la más alta misión que pueda encomendarle: durante años se acercará al poder, será parte de este, participará de sus correspondientes abyecciones con el solo objeto de describirlo. A esto le añade otro sacrificio: deberá ser parte del retrato que haga y mostrar cada una de las huellas que el poder haya dejado sobre su cuerpo sin emitir la más mínima queja o disculpa. Su entusiasmo en medio de la abyección deberá mostrar justamente las más oscuras desnudeces de ese poder.

(Desde luego, trátase de una simple hipótesis de trabajo, ya que tal plan a largo plazo jamás existió. Y donde dice "huellas" debe decir "llagas".) Ni tonto ni perezoso, Del Risco se cura en salud, o sea, se precave contra la conocida objeción de la crítica moralizante:

Ya se me ha objetado por adelantado este argumento. Dulces guerreros cubanos no es más que otro intento de un escritor que vendido al poder y luego marginado por este, intenta conservar los privilegios perdidos vendiendo sus recuerdos. Esa explicación alcanzaría para explicar muchísimos libros pero no este ni su importancia. Tal explicación se hace banal ante el contacto con páginas que hasta entonces eran imposibles.

Ése sería el aspecto más a flor de agua del libro, el que grita al cielo y, por ende, el que, percibido por casi todos los lectores desde las primeras páginas, matiza, da la tónica dominante a la lectura hasta el irritante punto final. Antes de resumir el segundo aspecto, esa imprescindible lectura posible y más profunda, a la que sólo se accede tras el análisis desapasionado, sobrio, Del Risco trae a colación a tres autores paradigmáticos éticamente afines extraídos de lo más granado de la literatura universal cuyas obras, para revelar su valía, requieren una lectura similar a la que él recomienda para Dulces guerreros:

Lo cierto es que desde su aparición este libro ha sido sistemáticamente mal leído. Creo saber la razón. Un libro imposible supone lectores imposibles. Lectores para los que la conducta moral del autor no sea por ejemplo el índice para medir la importancia de un libro. Lectores que sepan imitar al autor al menos en una cosa: la distancia, la misma distancia que nos permite disfrutar a Quevedo, Maquiavelo o Celine con una actitud algo distinta a aquella con que se evalúa al futuro esposo de nuestra hija.

Caracterizado el autor, desbrozada la maleza emocional que obnubila a tantos lectores, Del Risco nos abre los ojos respecto a la importancia testimonial, al mensaje profundo, duradero, trascendente, de Dulces guerreros...:

En cambio, los lectores posibles no han sabido, por lo general, ver en el libro uno de los testimonios más demoledores que hasta ahora se ha escrito contra el castrismo que a lo largo de cuatro décadas ha resultado una de las metáforas más absolutas y devastadoras del poder. No se trata de un acopio de datos más o menos inéditos sino del retrato de la profunda de un régimen en que los principios políticos, ideológicos y morales son apenas un absurdo de consumo externo mientras sus únicos principios son el machismo y la rapiña.

La reseña de Del Risco y, más abajo, la actualizada de este servidor, que vivió en calidad de soldado raso la aventura militar cubana en Angola, no pretenden ser, huelga decirlo, un elogio personal a Fuentes. Éste, a raíz de la grave enfermedad del Comandante en Jefe, volvió a dar pruebas en su columna del periódico español El Mundo de su volubilidad, de su notoria incapacidad para romper sus lazos afectivos con La Habana. En aquella coyuntura crucial, poco menos que reitera a viva voz su lealtad al heredero y su disposición a retornar al redil.

Lo que sí no se le puede a negar a este inefable aprendiz de James Bond castrista es el mérito estrictamente literario --lo cual, tratándose de un escritor no es poco; no le faltará, pues, quien le envidie su dudosa suerte-- de haber dejado con Dulces guerreros... un testimonio perdurable de cara a cualquier comprensión cabal del castrismo en el futuro. Lo cortés no quita lo valiente. Cambiando lo que haya que cambiar: el cinismo y la desvergüenza, como bien insinúa Del Risco, no invalidan una obra literaria, si ésta facilita a la posteridad el análisis objetivo y subjetivo tanto del autor como de la sociedad y la época en que le tocó vivir.

En tal sentido, ha sido útil que Fuentes no haya hecho en el libro el menor intento de disculparse. En todo caso, la poética del cinismo, la literatura universal se empeña en corroborarlo, rinde más que la del arrepentimiento y la reivindicación, que suele engendrar bodrios sentimentales y/o desvaríos de la razón. ¿Ejemplos en la literatura “revolucionaria”? Informe contra mi mismo, donde Eliseo Alberto Lichi) cuenta, verdad o mentira, su infamante papel como espía de su propio padre (el poeta Eliseo Diego). O El árbol de la vida, donde Lisandro Otero hace su segundo, esperpéntico mea culpa. De Lisandro, cuya obra y vida son el inventario de su propia desorientación, son estas palabras:

...es muy importante que el intelectual ayude a orientar a la opinión pública para que ésta tome conciencia de los problemas”. (Cubanet, 07-03-2003).

En La Jiribilla, revista digital del Ministerio de Cultura castrista, está sentando cátedra en esa noble misión. Flojos e inconsecuentes suelen serlo unos y otros. Cuestión de déficit ético. Por eso, no es de extrañar que Lichi, después de escribir un título tan abracadabrante en el exilio, haya declarado algo así como que, de haber estado él en Cuba, habrían tenido que pasar por encima de su cadáver para mostrar al Magno Paciente caminando sin avanzar en aquel vídeo de Cubavisión. "Esto es bonito, lo que hay es que entenderlo", como gustaba decir un presidiario amigo mío en el correccional de Lagunillas, Cienfuegos.

Tampoco es motivo de asombro que un Edmundo Desnoes, autor de Memorias del subdesarrollo (1974), noveleta de estridentes bemoles masoquistas (el protagonista de clase media opta por quedarse cuando sus parientes se largan a Miami en las intensas jornadas de la Crisis de Octubre), declarase durante una visita a la Isla su amor a la “belleza de las ruinas” habaneras y justificara su residencia permanente en el extranjero con este insólito argumento burgués: “Necesito las comodidades del desarrollo y la única intensidad que puedo asimilar es la de un buen Roquefort”. De que le zumba, le zumba. Pero nada del otro jueves en tratándose de intelectuales burgueses. Como quien dice, su "pecado original", según acertara a decir el Che, sin incluirse a sí mismo. (No me incluyo porque, aunque me habría gustado, ni nací ni soy burgués.)

Toda esta digresión sólo para decir que, como Del Risco, prefiero el cinismo de Dulces guerreros... Además de exento de afán aleccionador, es un texto que atrapa al lector desde el primer capítulo y no lo suelta hasta el amargo final. A diferencia de Informe contra mi mismo, El árbol de la vida o Memorias del subdesarrollo, donde, si el lector logra la proeza de llegar a la última página, ha pasado un magnífico entrenamiento para vencer en un festival de bostezos.

Finalmente, a pesar de la mala leche, de la complejidad del análisis requerido, Dulces guerreros... tampoco se queda atrás comparado con dos textos de gran valor testimonial pero en las antípodas éticas, como Memorias de un soldado cubano, de Dariel Alarcón Ramírez (alias “Benigno” en la guerrilla boliviana del Che) y El furor y el delirio, de Jorge Masetti (hijo del fundador de Prensa Latina, desaparecido en la guerrilla de Salta). Al contrario, les gana de calle en cuanto a oficio literario. A continuación, a modo de datos suplementarios sobre el autor y el contenido del libro de marras, así como de incitación a su amena lectura, mi reseña de 2000:


MI RESEÑA
CORREGIDA, AMPLIADA Y ACTUALIZADA

A más tardar desde Condenados de Condado Norberto Fuentes (n.1943, La Habana) demostró haber asimilado la lectura de Caballería roja (1926), antología de cuentos donde el corresponsal ucraniano Isaac Bábel (acusado de trotskista en 1939, muere en Siberia) describe, con rudo laconismo neorrealista, la despiadada crueldad recíproca entre los cosacos rojos del mariscal Budionny y los guardias blancos del Don.

Con la salvedad de que los crudos relatos de Fuentes sobre la guerra contra los alzados del Escambray quienes, ahora lo sé, peleaban por nuestra libertad, no eran un calco de los del autor judeo-ruso sino, en su conjunto, una joya de la narrativa corta criolla que rompía temprano con los cánones partidistas, granjeándole a Fuentes, por un lado, un bien merecido Premio Casa de las Américas 1968 y, por otro, el anatema oficial.

A diferencia de su maestro ucraniano y de colegas de la UNEAC caídos en desgracia a fines de la década de los 60, Fuentes ni iría a dar con sus huesos en las mazmorras del régimen ni optaría por la ruptura y el exilio. Tampoco rumiaría los sinsabores del insilio. En realidad, nunca pensó seguir ningún género de rumbos temerarios.

Tras su contradictoria postura en el auto de fe intelectual a raíz del “caso Padilla”, Fuentes primero se autocriticó, como casi todos. Enseguida, en una segunda comparecencia, viró palo para rumba al declarar tajantemente que no tenía nada que censurarse. De esa época datan sus estrechos contactos con los gemelos De la Guardia, el MININT y la cúpula del MINFAR.

Otrosí, dado el tren de vida que se gasta en Dulces guerreros..., y que ya por entonces llevaba, tenía fama de “seguroso”, nunca fue, que se sepa, un delator de sus colegas. En 1982, reaparece como ensayista con el primer tomo de Hemingway en Cuba, un recuento de las andanzas del autor de El viejo y el mar cuya realización suponía ya un acceso a documentos que en Cuba sólo se concede a quien goza de absoluta confianza.

A buen seguro, pese a la minuciosidad de sus estudios hemingwayanos, por esa fecha “el Norbert” nada supiera aún del respetable expediente de genocida acumulado por el novelista y aventurero norteamericano al final de la Segunda Guerra Mundial. Como parte de un grupo de última hora de la Résistance (que, por cierto, tiene mejor prensa y cine que historia real), según cartas suyas recién reveladas, Hemingway dio muerte con sus propias manos a unos 122 prisioneros de guerra alemanes. Incluidos un adolescente a quien fusiló a mansalva, por la espalda, mientras intentaba huir en bicicleta; y un oficial de la Wehrmacht al que, por insolente, le sacó el cerebro “por la boca o por la nariz, creo” de un cuarto disparo a bocajarro en el cráneo.

Probablemente, dada su posterior amistad con los De la Guardia, cuyos asesinatos a sangre fría admiraba sin recato, Fuentes no se habría detenido a elucubrar acerca de si aquellos espeluznantes relatos epistolares de su modelo humano e ídolo literario gringo eran simples fábulas o la pura verdad. En todo caso, dato revelador, a sus mentores cubanos no les han bastado para suprimir al dudoso personaje del retrato con Fidel que adorna la Bodeguita del Medio. Con lo cual, junto con el Che, sigue formando la pareja de sanguinarios extranjeros más venerada en la Isla.

Cuatro años más tarde, Fuentes publica Nos impusieron la violencia, una recopilación de artículos apologéticos sobre el terror “revolucionario” en Cuba. De la lucha a muerte contra la subversión interna y del apoyo a las guerrillas marxistas en África y América Latina, se había pasado a mediados de los años 70 a la intervención abierta y la guerra regular en tres continentes.

A partir de la publicación del primer tomo de Hemingway en Cuba (el segundo no verá la luz hasta 1987), Fuentes había dejado de ser el narrador insensible, aparentemente imparcial, de Condenados... para convertirse, en virtud de su amistad personal con los jerarcas político-militares del régimen (hermanos Castro; generales Arnaldo Ochoa, Patricio de la Guardia y José Abrantes, y coronel Tony de la Guardia) en cronista de la epopeya que comienza con las guerras de Angola (1975) y Etiopía (1977). A
ún reclama ese rol que, aunque de modo avieso, ya hemos visto le corresponde en buena ley.

Fuentes incursiona también por Nicaragua y Granada. De golpe y porrazo, el destino pone fin a su ascendente carrera, en forma trágica. En el verano de 1989, el intempestivo escándalo del narcotráfico lo ha pillado fuera de base, completamente descolocado. Pero sobre todo le sorprende aquí un fenómeno que no entraba en los cálculos de nadie a su alrededor: el abrupto rompimiento de las reglas de juego tácitas del servicio marcial al régimen. El aparatoso montaje judicial cierra con el fusilamiento de cuatro implicados y el desmantelamiento del Ministerio del Interior. Algo más que un gaje del oficio: Fuentes se ha quedado colgando de la brocha.

En mi caso particular, por ejemplo, militante del PCC, miembro de la UNEAC y ex combatiente internacionalista, aquel linchamiento jurídico marcó el comienzo del fin de mi lealtad con el castrismo: si en 72 horas se había pasado por las armas a un Héroe de la República, ¿qué podía esperar un don Nadie como yo? Miles de oficiales de las FAR y el MININT llegaron a similares conclusiones, pasando volutariamente a retiro; un número indeterminado de militantes comunistas entregaron el carné sin ceremonias...

Habiendo caído en desgracia desde entonces, cabía esperar que, tras el ruidoso fracaso de su intento de fuga y su salida del país, gracias a los buenos oficios del autor de Cien años de soledad cerca del Máximo Líder, Fuentes diera al fin un testimonio de primera mano que arrojara luz sobre sus propias correrías y la tragedia de sus jamesbondescos mentores. Y lo dio, pero --por fortuna para la historiografía literaria del castrismo, como observa Del Risco-- sin tomar la distancia afectiva que sería de esperar de cualquier hijo de vecina escarmentado.

Norberto Fuentes sigue dando hasta el sol de hoy la impresión de no haber cortado su cordón umbilical con el régimen. La trama de Dulces guerreros... gira alrededor de una crónica de los últimos contactos del autor con Ochoa y los gemelos De la Guardia. Raro, cuando éstos ya se hallaban bajo estricta vigilancia. Fuentes, alega en el libro de manera inverosímil, les previene repetidas veces en vano acerca del inminente peligro que corren. Signo de interrogación seguido de signo de admiración: ¿cumplía órdenes superiores? ¿O acaso el alto mando lo dejaba lucirse para darles a los acosados una engañosa sensación de normalidad?

Destaca su (frívola) amistad con ellos; se regodea en la descripción de las técnicas de acoso y vigilancia de que son objeto en los días previos al inicio de la Causa Nr. 1 de 1989; e insiste en la urgencia de hacer algo ante unos hombres que se saben atrapados en la trampa mortal que ellos mismos han tendido
tantas veces a otros. No hay escape. A todas estas, hasta el lector más atento ignora por qué el propio Fuentes parece no sentirse nunca realmente en peligro.

Alrededor de esa trama principal, y de los alardes sexuales del autor, giran un sinfín de relatos de segunda y tercera mano con la más insustancial y despectiva chismografía: Fidel, “un mal palo del carajo”. Raúl, un bastardo. Gabriel García Márquez, un vulgar correveidile de Fidel. Un dato superfluo, gratuitamente denigrante: Aliusha, una de las hijas del Che, es descrita como una ninfómana que se revuelca con amantes de ambos sexos por todas las camas de la Misión Cubana en Luanda.

Los generales Ochoa y Cintra Frías, unos guajiros que de chicos se pasaban la vida fornicando con cabras y puercas como si fuesen mujeres. Lo cual, a juzgar por su autorretrato en el libro, el macho cabrío Fuentes hace a la inversa: él de adulto fornica con las mujeres como si fueran chivas y cerdas. Silvio Rodríguez, un tipo con cara de “perro apaleado” incapaz de “hacer vibrar” una vagina. ¿Cómo lo sabe? Y multitud de personajes menores mencionados con pelos y señales a quienes, venga o no venga a cuento, el autor se deleita en airearles los trapos sucios.

En contraste, Fuentes, que cuando quiere jura y perjura, citando a troche y moche nombres y lugares para probar nimiedades y tópicos gastados, no aporta datos cuando describe hechos tan graves como la técnica favorita de asesinato a sangre fría de Camilo Cienfuegos, el mítico comandante misteriosamente desaparecido en un accidente aéreo en octubre de 1959 y deidad suprema en el sanctasanctórum de revolucionarios y contrarrevolucionarios. O cuando pinta a un general Ochoa descerrajando en persona (¿!) tiros de gracia en la cabeza de prisioneros angolanos interrogados. ¿Él estaba allí?

Como testimonio factual Dulces guerreros... deja que desear por más de un concepto. Lo que debía ser un documento irrefutable y desgarrador, arrancado laboriosamente de los entresijos de la memoria de un autor que compartió cuchara con la élite del poder en Cuba, deviene de entrada en una inextricable amalgama de géneros literarios que van desde las referidas digresiones erótico-escatológicas, pasando por un extenso catálogo de vocablos y dicharachos cubanos (destinados al lector extranjero) hasta un empleo recurrente, extemporáneo, de la ficción novelesca.

Como en buena parte del amplio centenar de páginas que derrocha en describir los procedimientos de la Seguridad del Estado, que debía conocer apenas de oídas; o la depurada prosa descriptiva que se gasta en una escena íntima entre el Comandante y su desconocida consorte (págs. 211-215). Pura ficción factográfica pero, vale decirlo, tambien muy atinada. Recursos estilísticos que, ciertamente, hacen grata la lectura pero descalifican la obra como documento testimonial propiamente dicho. Paradójicamente, como explica Del Risco, Dulces guerreros... funciona a la perfección como retrato ético de la degradada alta nomenclatura del régimen.

Desde el punto de vista referencial, ficticio o real, casi nada de lo narrado es inverosímil. Ni siquiera las menudencias chismográficas. Sin embargo, por más que el texto en general arroje una fotografía colectiva fidedigna de la élite castrista, tan siniestra y compleja como veraz, el lector medianamente al corriente de la realidad cubana no encuentra nada nuevo bajo el sol castrista en las 700-800 cuartillas de Dulces guerreros... En contraste, las omisiones del relato lógico son tan escandalosas que inducen a pensar en deslices voluntarios. He aquí algunas de las incógnitas del libro:

¿Cómo llega Fuentes, un autor caído en desgracia después de Condenados de Condado, a hacerse merecedor de la confianza política del régimen? ¿Cómo da la talla? Un hecho indudablemente factible pero digno de explicarse en el libro.

¿Cuál es su verdadera función en el grupo del coronel De la Guardia, que tenía a su cargo tanto los negocios ilegales en divisas para "burlar el embargo" como las operaciones de contrabando con narcotraficantes colombianos a través de Varadero? Interrogante tanto más pertinente cuanto que no es creíble que el alto mando le hubiese asignado la misión de redactar la crónica de aquellas operaciones ilegales.

¿De dónde provenía el medio millón de dólares que escondía Fuentes en su casa y qué se hizo de ese platarral? A modo de comparación: oficialmente, las 15 operaciones exitosas de narcotráfico efectuadas por los hombres de Tony de la Guardia entre 1986 y 1989 dejaron a los cubanos una ganancia neta total de $3.400.000. De donde se desprende que Fuentes tenía en su poder más de un séptimo de esa cifra. Y sí algo sabemos los cubanos es que hay dos cosas con las que el régimen no entiende de bromas: la persona de Fidel y... los dólares, literalmente hasta el cent, el quilo prieto de cobre utilizado en santería.

En una situación en la que se echaron a rodar sin miramientos cabezas de alto rango, incluso emparentadas con la dinastía castrista, el autor nunca aclara por qué tanta indulgencia con él, un hombre que tuvo incluso la osadía de prevenir, en franca acción conspirativa, al general Ochoa y a los gemelos De la Guardia cuando ya estaban bajo rigurosa vigilancia. ¿Desde cuando ayudar a escapar a enemigos políticos es en Cuba un delito de caballeros, tratándose además de oficiales de alto rango portadores de información sensible, estratégica?

Fuentes no dice haber sido interrogado o arrestado. Ni siquiera recibió la clásica “cita con halón de orejas” en Villa Marista, sede de la Seguridad del Estado en La Habana. Se limita a dejar caer, de pasada y sin aclarar los motivos, que Raúl Castro ha insistido en la necesidad de preservarlo por su futura utilidad para la Revolución. ¿Sería ése el secreto de los guiños que le hace desde la portada de El Mundo al Hermanísimo a raíz de la Proclama del Comandante en Jefe anunciando el traspaso temporal de poderes? Realmente, no lo creo. Con todo, su alibí no me convence.

Por otra parte, hay un fuerte contraste entre la imagen que Fuentes da de los gemelos De la Guardia, a quienes no se cansa de ensalzar, y la ligereza con que al final los acusa de traición (¿traición a quién?) cuando éstos, desoyendo sus advertencias, optan erróneamente por la única vía de escape eficaz dentro del hasta entonces tácito código del honor castrista: la autoinculpación y el perdón. Fórmula que, acaso por primera vez, no surte efecto.

El otro camino, el del desafío temerario, la huida suicida hacia adelante, conducirá
a Ochoa en línea recta hacia el paredón de fusilamiento. Y, apenas un año después, a la muerte, diz que por infarto fulminante, al también implicado ex ministro del Interior general de división José Abrantes, que fallece bajo custodia. Las causas de esas muertes hay que ir a buscarlas en las grabaciones secretas en poder de la contrainteligencia militar. Ahora bien, cualquier lectura cuidadosa de las transmisiones (diferidas) del juicio por la Causa Nr. 1 de 1989 revela que fueron al menos cuatro:

1) Habiendo sido partícipes directos, los reos sabían más de la cuenta acerca de las operaciones de narcotráfico. Su testimonio podía comprometer a los hermanos Castro. Pero esto tal vez, o de seguro, habría tenido su arreglo, de no mediar otras tres agravantes imperdonables. Es probable que, como se corre, el general Patricio de la Guardia haya salvado el pellejo gracias a la saludable precaución de haber depositado previamente, bajo inexpugnable custodia foránea, documentos comprometedores. Suspicaz como debía ser por oficio, tal vez tomara esa medida cautelar con mucha antelación, previendo posibles complicaciones con el narcotráfico en las que él mismo podía fungir de chivo expiatorio.

2) Solían burlarse entre ellos de Fidel (ignoraban que los estaban grabando), un delito de lesa majestad en Cuba por el que cientos de personas han ido a dar con sus huesos en la cárcel hasta 5 años. Y "el Norbert", ¿no se burlaba el también de la "decrepitud" del Máximo Líder durante aquellos conciliábulos grabados? Si las lágrimas de Raúl frente al espejo no alcanzaron para que Fidel perdonara al general Ochoa, ¿cómo suponer que, de no ser por los factores mencionados, Fuentes saliera incólume de semejante zafarrancho nacional?

(Mofarse de Fidel cuesta caro, incluso si se ha hecho por error. Por ejemplo, recluido en la Prisión Provincial de Cienfuegos, más conocida por Ariza, el que suscribe conoció a un ex teniente del Ejército que purgaba esa pena por el desliz de haber animado, sin saberlo --me lo juró “por mi madre santa”, creyendo la bola de que yo era un agente encubierto de la Seguridad del Estado-- un acto cultural en su unidad militar con un casete que contenía la canción subversiva de Willi Chirino “Nuestro día ya viene llegando”, de letra lesiva para el Comandante en Jefe y su sultanato caribeño.)

3) Si bien, en razón de sus fuertes lazos de casta y gratitud con los hermanos Castro, aún no habían concretado un plan golpista, la élite político militar en torno a Ochoa, los gemelos De la Guardia y Abrantes estaba, dados los cargos detentados, ciertamente en condiciones de hacerlo. Fidel no hace más que adelantarse al curso natural de un descontento a ese nivel en la jefatura de las Fuerzas Armadas.

4) Preconizaban una reforma política del sistema, probablemente un acercamiento a la Glasnost y la Perestroika a lo Mijail Gorbachov. De hecho, la dureza de la sentencia obedece en lo fundamental al imperativo de cortar el mal por lo sano, descabezando y desalentando de manera ejemplarizante inquietantes tendencias aperturistas en la dirección del Partido y el Estado.

Conclusiones

La extraña condescendencia oficial para con Fuentes obedece, cuando menos, a la sencilla razón de que su persona no reunía ninguna de estas características. Simplemente, "el horno no estaba a esa hora para galleticas" y él, además de ser un intelectual famoso, lo que habría envenado la torta propagandística de cara al extranjero, con toda seguridad no era tan importante como aún parece pensar.

No obstante, el argumento central de Dulces guerreros... gira en torno al egocéntrico interés autoral de reivindicar para sí una preeminencia que en realidad nunca tuvo dentro de esa pulcra y desideologizada élite blanca de rambos de cuna burguesa: esbeltos, atractivos, cultos, influyentes y bien entrenados narcisos, cuya solvencia y arrogancia de perdonavidas resaltaban aún más en medio de la agobiante miseria de sus compatriotas de a pie. Ahí radica el encanto, la nostalgia de Fuentes.

No cabe duda de que el joven cronista de Condenados de condado sucumbió con tal fuerza al deslumbramiento de sus epígonos que ni siquiera a la distancia del exilio ha logrado despojarse de su rutilante imagen. He ahí uno de los grandes lastres de Dulces guerreros... Y acaso su mayor virtud, como señala Del Risco. El otro es la comprensible pero, en este y otros casos, indecorosa preocupación comercial propia del que arriba a tierras neoliberales. Sobre todo si, como en caso de Fuentes, adopta de entrada en La Florida una actitud ambivalente que le pone cuesta arriba la de por sí ardua tarea de levantar cabeza en el exilio cuando ya se peinan canas.

Lo dicho: el libro se salva por el depurado oficio literario del autor. A costa de carnavalizar y banalizar una historia de la que se siente partícipe privilegiado, el autor logra dar una visión fidedigna del castrismo y de la idiosincrasia de sus protagonistas... Y sobre todo del propio Norberto Fuentes, que arribó al exilio sin haberse desembarazado del dudoso andamiaje moral que lo hizo sucumbir a la seducción del poder y la superioridad sobre la masa vil bajo el castrismo.

En fin, una lectura recomendable para todo el que quiera ambientarse en ese muladar etológico irradiante en que se ha convertido la otrora Perla de las Antillas. Conque, amable y paciente lector, sobre todo si por ventura es Usted extranjero y se interesa por el tema de la Revolución Cubana, no deje de encargarle cuanto antes a la librería más cercana un ejemplar de Dulces guerreros...

A lo mejor, acabe asqueándose. Pero asegurarle puedo que lo que es arrepentirse, no se arrepentirá. Y recuerde que la culpa no es Norberto Fuentes. Su delito consiste en haber recurrido a la poética infalible del cinismo. Y lo ha cometido bien precisamente porque su cinismo no es parte de la ficción de la obra.

Culpable, en última instancia, metafísicamente hablando, no es ni siquiera Fidel Castro. Este tipo de apocalipsis es inherente a toda tentativa humana de erigir el paraíso, la utopía terrenal. Y cuanto más sincero el experimento, tanto peores las consecuencias.

Thursday, 19 July 2007

Confieso que también he mentido II


Apuntes para una relectura crítica de Pablo Neruda

Por Jorge A. Pomar, Colonia






SEGUNDA PARTE

Neruda y Cuba

A Guevara lo ensalza como “gran guerrillero”, “poderosa mentalidad política”, “...aquel hombre meditativo que en sus batallas heroicas destinó siempre, junto a sus armas, un sitio para la poesía”. Sabía que, en su fracasada aventura boliviana, el Che cargaba en la mochila un ejemplar de Canción de gesta, de donde sacaba munición retórica para sus incendiarias arengas. El poeta chileno, refinado y amante de la etiqueta, se calla la desagradable impresión que le causó el “guerrillero heroico” cuando lo recibió al filo de la medianoche en su despacho del Banco Nacional con las botas rusas sobre el escritorio.

En el caso de Fidel Castro le sobraban motivos para cargar las tintas. Pero, a sabiendas de se trataba de otro personaje tabú para la izquierda sudamericana, se zafa con un arrebato alegórico:

He aquí de pronto que Fidel Castro, un cubano a quien antes nadie conocía, agarra la esperanza del pelo o de los pies, y no le permite volar, sino la sienta en su mesa, es decir en la mesa y en la casa de los pueblos de América.

Gracias a estas precauciones, el poeta sorteó con éxito durante toda su vida los riesgos que acechan a los intelectuales de izquierda en su ascenso al estrellato totalitario. De paso evitaba cualquier roce público susceptible de fragmentar su vasta audiencia partidaria.

En el fondo, su ríspida relación con el castrismo deriva de su inquebrantable alineamiento con la tesis soviética del Frente Popular, la misma que hundió a la República Española y al gobierno de Allende. Castro, que salvo contadas excepciones se había ganado de entrada al grueso de la élite intelectual latinoamericana, intuía que el chileno era una baza de triunfo en la baraja cultural sudamericana.

Tal vez interpretando demasiado al pie de la letra la violencia que el poeta chileno refrenda en tantos versos, el líder cubano lo cortejó a su ruda manera hemingwayana durante el primer
tête-à-tête con él en la Embajada de Cuba en Caracas en enero de 1959. He aquí cómo Neruda describe en sus memorias el grotesco incidente con el reportero que intentó dejar constancia gráfica del encuentro sin pedir permiso:

Fidel cayó a su lado de un solo impulso. Vi que lo había agarrado por la garganta [como a la esperanza] y lo sacudía. La cámara cayó al suelo. Me acerqué a Fidel y lo tomé por un brazo, espantado ante la visión del minúsculo fotógrafo que se debatía inútilmente. Pero Fidel le dio un empellón hacia la puerta y lo obligó a desaparecer. Luego se volvió hacia mí sonriendo, recogió la cámara del suelo y la arrojó sobre la cama.

¿Un hecho fortuito o planeado? Neruda, aunque estalinista convicto y autor de belicosos poemas de agitación y propaganda revolucionaria, hombre en el fondo incapaz de retorcerle el pescuezo a un pollo con sus propias manos, consiga su horror. Empero se abstiene, prudentemente, de comentar la escena. A renglón seguido, acota: “...me parece que de aquella conversación nació Prensa Latina”. Sin duda el poeta vio rojo y rechazó de plano aquel encargo con su lógico corolario: respaldo incondicional a las aventuras del castrismo en América Latina.

Un segundo desencuentro con el castrismo tiene lugar en 1960 cuando el chileno, de visita en La Habana por segunda (había estado en la Isla en 1942) y última vez, reclama los derechos de autor por la edición cubana de
Canción de gesta y se topa con un insolente rechazo por parte de sus anfitriones. En represalia, se le encasilla como poeta burgués metalizado y se le deja irreverentemente abandonado a su suerte en el Hotel Nacional. La razón estaba otra vez de parte del despechado huésped, que no consigna en sus memorias esta infamia “al primer poeta que dedicó un libro entero a la revolución cubana”.

El conflicto estaba programado. A la luz de la historia el libro queda como un mentidero. Como indica su título, era la clásica alabanza nerudiana a los regímenes de izquierda. Sólo que el poema “A Fidel Castro” hundía el índice en la llaga del culto a la personalidad, pretendiendo aleccionar al arrogante guerrillero en unos versos admonitorios donde el poeta le obsequia una copa de vino chileno:

Está llena de tantas esperanzas / que al beberla sabrás que tu victoria / es como el viejo vino de mi patria: / no lo hace un hombre solo sino muchos hombres / y no una uva sino muchas plantas / y no es una gota sino muchos ríos / no un capitán sino muchas batallas...

Los versos son pedestres, pero el consejo no podía ser más oportuno. Ni qué decir que fue desoído. Ahora bien, el poeta se lo daba desde la perspectiva de un hombre férreamente comprometido con la variante colegiada del despotismo soviético estrenada por Nikita Jruschov, que era también la del Partido Comunista de Chile, al que Neruda pertenecía, y la de la mitad larga de sus viejos amigos cubanos del Partido Socialista Popular (comunista), muchos de los cuales pronto caerían en desgracia por querer imponer en la Isla el nuevo estilo de dirección del Kremlin.

Por lo demás, los poemas de
Canción de gesta, que en ningún caso alcanzan la categoría de epopeya anunciada en su título, son un inventario de lugares comunes alineados al correr de la pluma. Acaso la esperanza (interesada, porque en fin de cuentas el poeta rompía lanzas por su secta moscovita) en que a la postre la Revolución Cubana rectificaría su singladura de extrema izquierda sea la única nota positiva en todo el cuaderno. Oigamos al chileno en estas citas de la sexta entrega con que Granma (19-12-2004), el diario oficial del PCC, se reconcilia a título póstumo con él y, de contrabando, intenta reverdecer los laureles de una revolución marchita:

Y así demuestra con su luz la historia / que el hombre modifica lo que existe / y si lleva al combate la pureza / se abre en su honor la primavera insigne; (...) todo cae en el polvo de los muertos / cuando el pueblo establece sus violines / y mirando de frente corta y canta, / corta el odio de sombras y mastines, / canta y levanta estrellas con su canto / y corta tinieblas con fusiles. / Y así surgió Fidel cortando sombras / para que amanecieran los jazmines. (Poema IV)

...Fidel Castro con quince [¿no eran doce?] de los suyos / y con la libertad bajó a la arena. / La Isla estaba oscura como el luto, / pero izaron la luz como bandera [...]
(Poema V)

...cuando llegó del norte una semilla / amenazante, codiciosa, injusta / que como araña propagó sus hilos / y extendió una metálica estructura / que hundió clavos sangrientos en la tierra / y alzó sobre los muertos una cúpula. / Era el dólar de dientes amarillos / comandante de sangre y sepultura.
(Poema IV, “Historia antigua”)

El desencuentro en la relación de Neruda con la Isla se remonta al primer mandato de Fulgencio Batista (1940-1944). Se explica entonces por las mismas razones sectarias que lo llevaron a romper con el castrismo. Además de apoyar el esfuerzo aliado en la Segunda Guerra Mundial, Batista había llegado al poder en 1940 con un programa de corte socialdemócrata y en estrecha alianza con los comunistas del PSP.

Aunque nunca abandonó su programa socildemócrata, el "indio" de Banes no era a la sazón el dictador golpista de 1952-1959 sino un presidente constitucional mestizo de extracción humilde que encabezaba un frente de unidad popular, o sea, de izquierda, y gozaba de inmenso prestigio en Cuba y en el extranjero. De ahí el arrebato de Neruda al homenajearlo a nombre del Kremlin en la Universidad de Santiago de Chile en noviembre de 1944 con estas palabras:

Otra hora ha llegado al mundo, la hora del pueblo, la hora de los hombres del pueblo, la hora en que Batista se confunde con los héroes populares de nuestra época, Yeremenko, Shukov, Cherniakovsky y Malinovsky, que hoy golpea y deshace las puertas de Alemania, los guerrilleros de España y de China, Tito y la Pasionaria. A Batista, en esta hora que también, por desgracia, se ha caracterizado por incubar traidores y cobardes, lo ponemos en el marco de los americanos totales... (...) Batista, como hombre del pueblo, ha comprendido mejor que muchos demagogos el papel de los intelectuales, y honra a toda América (…) Los chilenos damos hoy la mano a Fulgencio Batista… Saludamos en él al continuador y restaurador de una democracia hermana.

Si bien algunos críticos de izquierda le echan en cara a posteriori y fuera de contexto histórico aquel panegírico, Neruda no andaba, pues, tan descaminado en 1944 como en 1959. Sus motivos seguían siendo los mismos. La diferencia es netamente coyuntural. Batista era entonces un demócrata aliado a Washington, que a su vez era un aliado de Moscú, mientras que Castro era un tirano totalitario contrario a Washington pero en pugna sectaria con la hegemonía de Moscú en plena Guerra Fría.

No es de suponer que el choque con Neruda con el castrismo viniera tan sólo por querer “cobrarle a la Revolución” igual que a sus generosos clientes de Europa Oriental. Pero, en descargo de sus insolentes anfitriones habaneros, hay que reconocer que hasta los guajiros repentistas criollos versificaban a diario mucho mejor, con metro y rima, en impecables décimas clásicas con menos ripios y tópicos y más oficio metafórico. Y sobre todo con más sentimiento y sinceridad, al menos durante aquellos años románticos del castrismo. En ese sentido, no huelga citar lo que pensaba realmente Neruda de Cuba y de los cubanos:

Naturalmente, nosotros los chilenos vivimos en un país muy diferente a Cuba y tenemos otras características en nuestro desarrollo, tanto cultural como económico. Una revolución en Chile la encontraría en un estado mucho más avanzado que el que tenía Cuba antes de su revolución. El pueblo chileno es eminentemente creador, es eminentemente capaz de emprender cualquiera de las técnicas. Nuestros obreros especializados y nuestros técnicos están en todas partes del continente latinoamericano aceptados muchas veces como especialistas o como técnicos consejeros de empresas. Cuba era país de un solo producto, el azúcar, y los gobiernos anteriores a la revolución descuidaron la industria de, tal manera que la revolución sorprendió a Cuba con un alto porcentaje de gente que no podía hacer en las fábricas lo que pueden hacer, por ejemplo, los obreros, los trabajadores y los técnicos de Chile.
(Entrevista con Rita Guisberg, publicada póstumamente en
Siete voces, México, Editorial Novarro, S.A., 1974

Destacan aquí el cliché sobre el pasado prerrevolucionario y la típica arrogancia sudamérica de países como Argentina, Uruguay y Chile. En otros versos, al comparar a ambos países, traza el clásico retrato sudamericano que pinta a los cubanos como un pueblo de rumberos. De haber limitado la superioridad chilena al aspecto estrictamente institucional, que ya es bastante, habría dicho una verdad incuestionable y demostrado que, con respecto al pasado de Cuba, no se hallaba en la indigencia informativa que lamentablemente suelen demostrar (o afectan) todavía tantos intelectuales famosos del mundo entero.

Para comprender la autocomplacencia nacionalista que se gasta Neruda en el citado párrafo basta recordar su jactancia al comparar el vino chileno (muy bueno, por cierto) con el francés, según él “más famoso, pero no mejor” que el de su tierra. Más adelante veremos qué hay con eso.

Los resortes económicos de Neruda

Hagamos ahora una digresión especulativa sobre los factores económicos condicionantes del sectarismo nerudiano. Ya hemos visto los malabarismos retóricos con que el poeta defendía a sus poderosos mecenas y, de paso, a su clientela. Aunque traer a colación el factor económico suene a sacrilegio cuando se analiza al “poeta de la humanidad esclavizada”, no deja de ser un recurso de reconocido linaje marxista. Neruda puede o no haber sido consciente de sus efectos, pero es una verdad de Perogrullo que ni siquiera los grandes vates pueden vivir de sus versos.

Hasta los años 40 no le faltan premios y homenajes, mas el poeta vive en precario de lo que dan sus consulados honorarios en Asia. Todavía en 1939 compra la casona de la Isla Negra con créditos de sus editores. En cambio, ya en 1953-1955 está en condiciones de costearse su residencia “La Chascona” en Santiago de Chile, seguida por una tercera, “La Sebastiana”, en Valparaíso apenas seis años más tarde. Se había operado subrepticiamente el tránsito del Neruda de la bohemia anarquizante y la agonía metafísica al Neruda intransigente, material y espiritualmente realizado en y con la utopía socialista.

El Neruda
bon vivant, coleccionista y solvente que ha quedado impreso en la pupila planetaria debía su holganza a las tiradas masivas de sus poemarios en la URSS y el resto del campo socialista, a sus honorarios por concepto de premios, artículos, entrevistas, recitales y conferencias, como miembro del Consejo Mundial de la Paz y jurado de plantilla de los premios Stalin (más tarde, Lenin). Para que se tenga una idea: la primera edición rusa de Canto general (1950) constaba de 250 mil ejemplares (en contraste con los cien ejemplares numerados de la primera edición de lujo de Residencia en la tierra, uno de sus mejores poemarios), que superan la tirada global de todos sus libros publicados en Occidente hasta la fecha.

Y es cosa sabida que las editoriales rusas pagaban con largueza y en parte en divisas. Si se añade el efecto multiplicador en las repúblicas soviéticas, en el resto de los países socialistas y en los medios culturales de izquierda del mundo occidental, resulta evidente que el poeta vivía literalmente bajo una lluvia de ingresos tan persistente como las australes de su Temuco natal.

Desde un punto de vista razonable, poco o nada habría que reprocharle en ese aspecto, y tampoco está en nuestro ánimo sumarnos a la injuria, habida cuenta de que el poeta jamás ocultó su gusto por la buena vida y no hay nada censurable en eso. Pero lo atormentaba el reproche de que sus pingües ingresos tenían más que ver con una promoción interesada de su obra que con la pésima calidad de su poesía comprometida, que ya hemos visto. Su respuesta respecto a este delicado tema en la entrevista con Rita Guibert publicada a raíz de su muerte resulta reveladora:

Lo que tengo lo pongo a disposición de la lucha popular. Esta casa en que usted está pertenece desde hace 20 años al Partido Comunista de Chile a quien se la he regalado por escritura pública. Yo estoy en esta casa simplemente por una decisión de mi partido, por la generosidad de mi partido. [...] He regalado también la casa en que actualmente viven algunos de los dirigentes de mi partido. Vivo con el producto de mis libros. No tengo ahorros, no tengo nada de que disponer sino de lo que me pagan por mis libros cada mes. Se acabó ahí. Muy bien, que los que me reprochan hagan lo mismo y que, dejen por lo menos sus zapatos en alguna parte para dárselos a otros.

Bajo cuerda la Casa de las Américas, y otras instituciones culturales cubanas, que operan del mismo modo que sus extintos homólogos soviéticos con los intelectuales latinoamericanos incondicionales, aunque mucho más parca a la hora de repartir divisas, siempre le echó en cara a Neruda, entre otras cosas, precisamente el haberse “aburguesado”.

Tercer desencuentro de Neruda con el castrismo

El tercer desencuentro entre Neruda y el castrismo sería ruidoso y definitivo, al extremo de que el autor suprime Canción de gesta de las dos ediciones de sus
Obras Completas publicadas por la editorial Losada en 1968 y 1973. El detonante fue una “Carta abierta a Pablo Neruda” que, por un ucase de la alta jerarquía cultural de Cuba, firmaron de grado o de oficio (la minoría) y a las malas (la mayoría) un centenar largo de intelectuales cubanos. En su obstinado pulso con la política soviética de coexistencia pacífica, el castrismo se erigía en tribunal de la conciencia latinoamericana y le halaba las orejas en público al poeta por haber aceptado una invitación del PEN Club estadounidense.

En síntesis, se le acusa de hacerle el juego al imperialismo y se le exhorta sin rebozo a cambiar de bando: “Necesitamos saberte inequívocamente a nuestro lado en esta larga batalla que no concluirá sino con la liberación definitiva.” La respuesta del ofendido poeta, que había puesto rodilla en tierra por la Revolución Cubana en Estados Unidos, lo retrata en cuerpo y alma. Le ajusta cuentas a Roberto Fernández Retamar, a quien llama el “sargento” y “uno más entre los arribistas políticos y literarios de nuestra época”. En otro sitio les enciende la leva a Guillén, “el malo” (por deducción) y a Alejo Carpentier, “uno de los hombres más neutrales que he conocido”. Entre “los entusiastas redactores, cazadores de firmas y promotores” incluye a Edmundo Desnoes y Lisandro Otero.

Los dos primeros calificativos no les venían mal a sus destinatarios. Lo de “promotores” era demasiado para unos funcionarios subalternos. Su propia lógica le indicaba a Neruda que el instigador no podía ser otro que el Gobierno cubano. Bajo cuerda varios atribulados firmantes de la carta se excusan ante él, que sin duda sabe que se trata de una jugada de alta política enfilada contra su partido. Aun escribiendo ya
in articulo mortis, su instinto de conservación para la posteridad le sugiere el tour de force de achacarles la injuria a los firmantes.

La causa de esta ambigüedad es que Neruda adolecía (¿qué duda cabe?) de los mismos defectos que Nicolás Guillén o Alejo Carpentier: un miedo cerval a las consecuencias de una ruptura con la izquierda. Que en el fondo él era igual que ellos un hombre tímido nos lo corrobora la voz autorizada de Jorge Edwards:

Neruda era un hombre que había perdido [...] la fe. Pero le costaba mucho romper con todo ese sistema. [...] continuamente decía que no sabía ser independiente. [...] Cuando triunfa Allende [...] enseguida Neruda es muy anticubano, pero sin decirlo públicamente. [...] Cuando yo escribí Persona nongrata me dijo: ‘Escríbelo todo pero no lo publiques hasta que yo te diga. Él sabía que el libro iba a producir reacciones muy fuertes y me advirtió.

Sin duda la persistente idealización del poeta por parte de la mayoría de los nerudólogos no se debe tanto a ignorancia u obnubilación propias como al aún bajo umbral de tolerancia del público académico y politizado al que van dirigidas sus exégesis, un auditorio insaciable en su búsqueda de mitos y personajes epónimos en el que impera una seudoizquierda nacionalista recalcitrante que, en virtud del número, prevalece tanto en los medios de difusión como en los claustros universitarios. Mala señal para Iberoamérica en una época postcomunista cuyo signo más esencial debería ser la iconoclasia, la duda sistemática.

El Neruda de
Veinte poemas de amor... y tantos otros paradigmas del subgénero dispersos en cuadernos posteriores a la Guerra Civil española, Los versos del capitán (1952), Odas elementales y Las uvas y el viento (1954), Nuevas odas elementales (1956), Estravagario (1958) o Memorial de Isla Negra (1963), junto al de las Residencias y en general toda su innovadora poesía amatoria y metafísica y sus deliciosos cantos a la naturaleza y los objetos cotidianos, enriquecerán el erotismo y la capacidad de percepción de muchas generaciones futuras, a pesar de la evitable repetición de esquemas y lugares comunes durante la segunda fase de su quehacer poético.

En contraste, el de
España en el corazón, Canto general, Canción de gesta y un profuso resto de poesía comprometida e indigenista, no sólo clasifica entre los autores más pedestres del género sino que, de tomarse en serio, conduciría en línea recta a la colombianización de la Amazonía y los Andes. No en balde el Che se lo leía a los guerrilleros en la Sierra Maestra y en su diario de la campaña boliviana (Neruda se ufana de ello en sus memorias) transcribe un verso necrófilo del “Canto a Bolívar”: Su pequeño cadáver de capitán valiente...

Hoy en día, tras el ocaso de la fútil experiencia comunista a nivel planetario y, en particular, el fiasco de “los guerrilleros en el poder” en toda América Latina, hasta las verdades más evidentes hay que dejarlas reposar. Y como parte del esfuerzo de reinterpretación del pasado reciente y sus protagonistas, conviene bajar a estos últimos, junto con sus cantores, de su falso pedestal (recuérdese en el caso de Neruda, por ejemplo, el filme italiano
El cartero, una de las peores muestras de idolatría real-socialista en la cinematografía occidental) y devolverles su talla de andar por casa y calle. Un poco, digamos, a la manera risueña de Jorge Amado en la semblanza que traza de su entrañable amigo y correligionario chileno en sus memorias, tituladas Navegação de cabotagem (Publicações Europa-América, Lda., pp. 25-26, Rio de Janeiro 1992).

El relato de Amado en síntesis: una pareja de jóvenes admiradores agasaja en casa al escritor chileno y a su colega brasileño. Aunque los atienden a cuerpo de rey, en realidad el matrimonio se ve en aprietos para satisfacer el aristocrático paladar de Neruda y sobre todo su predilección por los vinos chilenos, que no se cansa de beber y alabar. De visita en una hacienda nordestina, el anfitrión, desesperado, revela a Amado que se les ha agotado la provisión de vinos chilenos, un producto inexistente en aquella remota región. Amado le dice que recoja las botellas de vinos chilenos vacías y lo acompañe a la tienda más cercana, donde pide al dueño que simplemente trasvase los pésimos vinos brasileños disponibles a las botellas chilenas, e insiste en pagar.

En la cena de esa noche un Neruda exultante repite sus elogios a los caldos chilenos: “...No hay vino comparable al chileno; el francés es más famoso, pero no mejor”, etc. Dos detalles saltan a la vista: primero, la vanidad nacionalista de Neruda; segundo: que ni siquiera se percata de los aprietos pecuniarios de sus hospitalarios anfitriones. En verdad, cualquier hijo de vecina habría dado muestras de más perspicacia y sensibilidad humana. No obstante, este Neruda falible, de carne y hueso, es el único realmente simpático, humano; no el otro, el idealizado por la hagiografçía izquierdista, que es pura ficción de sí mismo y de sus tantos idólatras.

Conclusiones

En fin, lo que va dicho: que por un lado a Neftalí Ricardo Reyes Basoalto, alias Pablo Neruda, le sobra estatura lírica para ocupar un lugar cimero en la historia de la poesía intimista, metafísica y erótica; que por el otro prácticamente la totalidad de su poesía comprometida no ha resistido la prueba del tiempo. De ahí que el fallecido poeta cubano Heberto Padilla reaccionara con ira contra uno de sus corifeos académicos:

Me llama la atención de que todos los escritores chupasangre como usted, no imaginen un cielo poético donde no aparezca Neruda, y escriban cientos de miles de ensayos o noveluchas al estilo de “Mi vida con Neruda”, “Las cartas de Neruda”, “Los viajes de Neruda”, “Las colecciones de Neruda”, “‘Las Casas de Neruda”, “Las mujeres de Neruda”, “Los calzoncillos de Neruda”, etc.

El exabrupto del autor de
Fuera de juego, nada sospechoso de derechismo (o envidia) a pesar de su dramático traspié con el castrismo, como sabemos los que tuvimos el gusto o disgusto de conocerlo personalmente, es por un lado un iracundo latigazo a quienes hacen ex catedra un modus vivendi de la exégesis de Neruda y, por el otro, una saludable invitación a la objetividad crítica de cara al hecho cierto de que en muchos liceos y universidades de Europa, Estados Unidos y Sudamérica se les sigue inculcando a los estudiantes una visión de América Latina estancada en la década de los 60 y 70.

Como si el tiempo no hubiese barrido hace rato con todos los viejos mitos sudamericanos y el muro de Berlín no hubiese sido derribado, un Eduardo Galeano, por ejemplo, ha vuelto a publicar hace poco su sensiblero, efectista, anacrónico ensayo
Las venas abiertas de América Latina, de 1971. Tal cual, sin la menor enmienda, cual si las manecillas del reloj de la historia se hubiesen atascado en aquella fatídica hora del apogeo de las guerrillas filocastristas en el subcontinente.

En el caso del chileno la nostalgia pasadista adquiere ribetes de delirio. Neruda, valga la perogrullada, fue un hombre con su balance de vicios y virtudes, generoso y amable hasta la autonegación a la vez que vanidoso e influenciable, débil, alguien que, como alguna vez él mismo dejara entrever en versos, insistió en navegar a contracorriente de su propio temperamento:
...y quieres construirte una vez / con aquello que quieres y no eres.

Se diría que, al hacer suya la consigna de "uno para todos y todos para uno", la vieja intelectualidad antisistma latinoamericana, es consciente de que la caída de uno sólo de sus ídolos surtiría un efecto de dominó fatal que arrastraría al museo de la literatura socialista no sólo a todos los demás famosos de los años 60-70 sino también a legiones de críticos y profesores que viven de su exégesis.

Por tanto, ya va siendo hora de empezar a desmontar las piedras falsas del pedestal nerudiano. Sobre todo después que, con motivo del centenario del poeta chileno, los zacatecas culturales de La Habana se apresuran a exhumar a Neruda precisamente en su faceta más controvertida, tras haberlo mantenido durante décadas en su extenso índice de renegados literarios.

A buen seguro, el entusiasmo reivindicativo del castrismo cultural no llegará al extremo de publicar también sus memorias en la Isla, llaga aún sangrante en el expediente personal de varios funcionarios del régimen en activo. Pero aquellos afortunados lectores que posean uno de los pocos ejemplares que circulan por La Habana deberían releerlo con nuevos ojos. Esto es, al margen de la deleitosa chismografía local alentada por el texto, de esas banderillas que tanto contribuyeron a que el propio autor de este artículo pasara olímpicamente por alto en su primera lectura (clandestina) de
Confieso que he vivido mucho de lo que ahora estima censurable en el chileno.

Sin desdoro de lo que a partir del centenario del poeta el año pasado pudiera arrojar de positivo la infatigable labor hagiográfica de esas anacrónicas izquierdas mitomaniáticas que aún regentan los medios académicos y editoriales del mundo occidental, en la persistente beatificación del poeta chileno juega un papel decisivo la instrumentación del mito de la Unidad Popular como parte del arsenal geopolítico esgrimido por las potencias de Europa Occidental a fin de mellar la aplastante hegemonía norteamericana.

La exaltación indiferenciada de la figura de Neruda, y en menor grado de otros intelectuales de izquierda latinoamericanos, vivos o muertos, metamorfoseados en fervientes pacifistas y dechados humanos después de haber sido durante décadas apologistas de la guerrilla romántica y la violencia revolucionaria, viene a ser algo así como el modus vivendi, el enfoque interesado de la historia contemporánea centro- y sudamericana en el imaginario de la autocompasiva, sadomasoquista progresía entronizada en fundaciones, liceos, universidades y medios de difusión occidentales.

Por mor de ser más bien un convite a la relectura de Neruda, estos apuntes críticos son igual un homenaje al poeta perdurable: sin partirlo en dos como al vizconde de la novela italiana, hay que ver al poeta chileno como un todo indivisible, como un artista fascinante que refleja como pocos la esquizofrenia ideológica de su época. Así concibe Italo Calvino al tío Medardo de su fábula. Así somos todos los mortales, quien más, quien menos.

A fin de no reincidir en sus errores, esa vuelta crítica a la vida y obra del chileno más famoso del mundo ha de hacerse, pues, sin olvidar que 1) para los latinoamericanos actuales, siempre anclados en el pasado, releer a Neruda sin preconceptos, objetivamente, es saludable como ejercicio autocrítico; 2) que en todo homenaje a él suelen abultar intereses espurios; y 3) que el tiempo puede ser circular pero ciertamente no pasa en vano, y Neruda fue a la vez víctima y victimario (de cuello blanco pero eficaz) de su época.

Wednesday, 18 July 2007

Confieso que también he mentido I

Apuntes para una relectura crítica de Pablo Neruda

Por Jorge A. Pomar, Colonia

"Jamás me he preguntado qué desearía el pueblo ni cómo yo (por medio de mi poesía) podría servir al todo… Quien lo haga se pierde como autor; debe decir adiós a su libertad de espíritu, a su imparcialidad, y encasquetarse hasta las orejas el capirote de la mojigatería y el odio".

Johann Wolfgang von Goethe




PRIMERA PARTE

Johann Wolfgang von Goethe (1749-832) sabía desdoblarse en escritor y funcionario. Intelectual controvertido en su tiempo por su escandalosa vida privada y por la osadía de haber ensalzado al invasor Napoleón Bonaparte con el hegeliano epíteto de “La Razón a Caballo”, el príncipe de los poetas alemanes no sería inhumado precisamente en olor de santidad entre los suyos. Pero, al margen de las opiniones encontradas que en su momento mereciera su persona (el pastor que despidió el duelo apenas pudo disimular la aversión que le inspiraba el difunto), la saludable precaución de separar política y literatura en compartimentos estancos salvaría su obra para la posteridad.

Dos años antes de morir en 1832, Goethe, que no era ni conformista ni apátrida pero veía en el nuevo Código Civil francés la encarnación del progreso frente al conservadurismo prusiano, como hace en la cita del exergo, rechazó de plano todo pacto fáustico con el poder en el campo literario. A diferencia de Schiller, Herder, Hegel y otros coetáneos ilustres, desistió temprano de las veleidades románticas del movimiento literario
Sturm und Drang (Tempestad e Ímpetu). Sobre todo dejó atrás la peligrosa boga del Volksgeist (genio nacional), cuyas poderosas incitaciones étnico-populistas engendrarían a la larga el fenómeno nacionalsocialista.

Habiendo reinterpretado a la manera voltairiana el concepto de
Zeitgeist (espíritu de la época), Goethe congeniaba más con los enciclopedistas franceses que con la psicología natural-popular y el culto al estado inherentes a las dos grandes vertientes de la filosofía alemana. De ahí la recíproca admiración entre él y Bonaparte, a sus ojos encarnación de la modernidad frente a la barbarie germánica. Fue un error, y Goethe viviría lo suficiente para darse cuenta de ello. Sin embargo, hasta el final de su vida adornaría su escritorio un busto del Gran Corso, cuyas leyes a la postre renovaron a la retrógrada y fragmentada Alemania.

Las lúcidas palabras del “príncipe de los poetas alemanes”, una advertencia anticipada a Breton, Sartre y sus epígonos contemporáneos, le vienen como anillo al dedo a Pablo Neruda (1904-1973. La admiración que Goethe sentía por Napoleón, la sentirá Neruda por uno de sus émulos totalitarios: Josip Vissarionovich Yugachvili, alias Stalin. Sólo que no será reciprocada por el dictador soviético ni tampoco rectificada en vida por el poeta chileno, inasequible al sufrimiento del lado socialista del Muro de Berlín.

A 70 años de la publicación de
España en el corazón (1937), primer poemario comprometido de Neruda, vale la pena pasar revista a la vida y obra de un poeta sudamericano que ilustra al pie de la letra las funestas consecuencias presagiadas por el célebre autor del Fausto hace cerca de 200 años. A la “mojigatería” y “odio” se suman en el caso de Neruda la corrupción, el abuso de lugares comunes, la falsedad y la sumisión incondicional al Kremlin. Y algo mucho peor: la agonía del estro poético. Hecho tanto más lamentable cuanto que, como enseguida veremos, al poeta chileno le sobraba talento para triunfar sin pactar con el demonio de su época.

A partir de su compromiso selectivo con la causa republicana en la Guerra Civil Española, el poeta chileno asume cada vez más un discurso de corte staliniano que cuadra mal con su temperamento y repercute desastrosamente hasta en sus temas predilectos del amor libre y el goce de la vida en clave íntima. Lamentablemente, ya en plena posesión de su estilo el joven poeta deja a un lado su angustia metafísica, su rico imaginario surrealista y su concepto nihilista de la existencia humana como caos y muerte para abrazar, y abrasarse él mismo en el empeño, la cosmovisión mesiánica del marxismo.

De paso, se despoja a menudo del estilo sutil, críptico, experimental de la primera versión de
Residencia en la Tierra (1933-35). Su antigua empatía ácrata con los oprimidos, su amor a la justicia y el progreso social sin etiquetas, aún fuerte de las resonancias anarquistas de su adolescencia --Neruda había simpatizado muy temprano con el anarquismo e incluso traducido a algunos de sus líderes-–, ceden terreno a los clichés doctrinarios de España en el corazón (1936), Canto general (1950) y Canción de gesta (1961). Este último título, dedicado a la Revolución Cubana, será el único del que abominará en sus Obras Completas. A diferencia de otros autores contemporáneos que tarde o temprano rompieron sus ataduras con socialismo totalitario, Neruda se mantendrá fiel a la ortodoxia del Kremlin hasta el final de su vida.

Este fanatismo acabará arruinando buena parte de su poesía erótico-amorosa. Los hallazgos formales, la novedosa metafórica de
Veinte poemas de amor y una canción desesperada (1924), con los cuales había sentado pautas en el género, imponiendo en la vanguardia iberoamericana el estilo que llevaría su nombre, nunca serán superados. El estro del poeta decae tanto que Juan Ramón Jiménez lo clasificaría como “un nerudiano cualquiera”. En efecto, un cotejo de Veinte poemas de amor... con, por ejemplo, Cien sonetos de amor (1959) revela que esta vez el implacable autor de Platero y yo dio en el clavo.

Contraste entre poesía amorosa y poesía comprometida

Hasta su llegada en calidad de cónsul a ese reñidero ideológico que fue el Madrid republicano, Neruda apenas ha rozado la temática ideológica. El
latin lover, el bardo sensual de Veinte poemas de amor... poda con esmero modernista cada verso. Como corresponde al adolescente morboso que siempre fue, echa a volar su fantasía onanista en metáforas y símiles que rompen con el preciosismo en boga para alcanzar esa cualidad inefable atribuida a la mejor poesía. No hay, o casi no hay, en sus poemas enigmáticos cisnes, ni princesas de “labios de fresa”. Tampoco rebuscados motivos de la antigüedad grecolatina ni virtuosismo métrico o rítmico a lo Darío, sino más bien una tesitura coloquial, laxamente anafórica, cuajada de imágenes surrealistas, aciertos verbales y una voluptuosidad tan descarnada como original. Neruda se recrea en una morbosa descripción de los encantos del cuerpo femenino, rompiendo a ratos tabúes ancestrales del género:

Y por oírte orinar, en la oscuridad, en el fondo de la casa, / como vertiendo una miel delgada, trémula, argentina,/ obstinada...,
“Tango del Viudo”)

...y ruedas por el suelo manejada y mordida, y el viejo olor del semen como una enredadera
de cenicienta harina se desliza por tu boca.

(“Las furias y las penas”)

...y las horas después del almuerzo en que los jóvenes / estudiantes / y las jóvenes estudiantes se / masturban...
(“Ritual de mis piernas”)

Más que una provocación para epatar al burgués a la usanza vanguardista, el rescate del cuerpo y el erotismo de sus versos son frutos de un afán transgresor consciente que, aunque no deja de remitir a la bohemia baudelairiana, refleja su morbosidad provincial y su adolescencia ácrata en Santiago:

Las gentes cruzan el mundo en la actualidad / sin apenas recordar que poseen un cuerpo y en el / la vida, / y hay miedo en el mundo de las palabras / que designan el cuerpo, / y se habla favorablemente de la ropa, / de pantalones es posible hablar, de trajes, / y de ropa interior de mujer (de medias y ligas de “señora”), / como si por las calles fueran las prendas y los / trajes vacíos por completo / y un oscuro y obsceno guardarropas ocupara el / mundo.
(“Ritual de mis piernas)

Es obvio que el chileno asume esta reivindicación del cuerpo, en su caso siempre femenino, desde una perspectiva grata a un ego machócrata. Neruda coloca a la mujer en posición central, como la más codiciable joya carnal, pero vista exclusivamente con ojos de macho tradicional sudamericano. Más que mujeres, esto es personas de sexo femenino con raciocinio, ethos y pathos propios, las amantes reales o imaginarias de sus poemas, invariablemente bellas, sin tacha física, son apenas compañeras pasivas de sus juegos eróticos, cuando no complacientes amas de casa:

Sí, quiero casarme con la más bella de Mandalay, quiero encomendar mi envoltura terrestre a ese ruido de mujer cocinando, a ese aleteo de falda y pie desnudo que se mueven y mezclan como viento y hojas.
(“El joven monarca”)

Sus féminas son casi siempre hembras lánguidas, pasivas, puros cuerpos desmadejados (“blancas colinas, muslos blancos”, “vasos del pecho”, “rosa del pubis”) recreados por la mirada quemante de un yo poético tan arrabalero como la idiosincrasia del vasto público de ambos sexos al que aspira a cautivar el poeta, que escribía versos para las masas populares pero igual deseaba complacer a la crítica más exigente. Era la fórmula perfecta, y Neruda se cuenta entre los pocos poetas modernos que han logrado bailar sobre la doble cuerda floja de lo popular y lo culto.

Los reproches de machismo que le hicieron, y aún le hacen las feministas, no andaban descaminados: el autor de
Veinte poemas de amor... escribía sus versos de espaldas al progresismo de la época. En fin de cuentas, cuando escribe: “Me gustas cuando callas porque estás como ausente...” le asigna a la mujer el mismo papel de interlocutora muda que exigen de sus novias y esposas los rústicos donjuanes de campos y suburbios sudamericanos. Otro tanto cabe decir de ese “amor de los marineros que besan y se van”, regando a su paso bastardos por doquier.

Fuera de ciertas resonancias ácratas discernibles en su identificación con los oprimidos y su afición a la bohemia estudiantil, apenas se entrevé una brújula social en sus versos, que derivan su encanto de su belleza formal y del hecho de sustentarse parcialmente en clichés populistas y prejuicios atávicos que más bien refuerzan. Estamos, pues, sin duda ante el desenfado de un estudiante en la flor de la edad que aspira al Parnaso y vive con alegre desenfado la bohemia de sus célebres predecesores finiseculares. En esos descomunales "muslos como colinas" descritos por Neruda se siente algo del Baudelaire de
La géante. Compárese:

[...] Yo habría amado vivir al pie de una gigante, / como a los de una reina un gato voluptuoso. / [...] adivinar si su alma oculta una sombría llama / tras las húmedas brumas que nacen en sus ojos. / Recorrer a mis anchas sus magníficas formas; / arrastrarme sobre la cuesta de sus rodillas enormes / dormir despreocupado a la sombra de sus senos...

Sólo que el simbolista francés concede a su criatura un papel de dómina, la sospecha de un posible rasgo perverso que apunta
per se a un carácter femenino independiente. Algo que suele hacer mejor el modernista José Martí, como en estas dos estrofas de sus Versos sencillos:

Por tus ojos encendidos / Y lo mal puesto de un broche, / Pensé que estuviste anoche / Jugando a juegos prohibidos. / Te odié por vil y alevosa: / Te odié con odio de muerte: / Náusea me daba de verte / Tan villana y tan hermosa.

En vano buscar en el mejor Neruda damas que sean algo más que cuerpo y linfa, porcelana viva y sensible como mimosa pero dócil, rendida a las artes seductoras del varón matador, sin otra pulsión mental que el deseo de satisfacer a su dueño, al yo poético enamorado y patriarcal del autor. Y ni hablar de imperfecciones: las mujeres feas, del montón o con desproporciones corporales, por leves que sean, no merecen que el poeta gaste tinta en ellas. Sus Venus, carentes de psiquis individual, han de ser impecables desde el punto de vista físico. La originalidad del erotismo nerudiano es mero hallazgo metafórico, formal.

En lo adelante, a medida que se vaya sumergiendo en el viscoso magma estaliano, incluso en la poesía amorosa se notará una creciente brecha cualitativa entre el Neruda anterior y posterior al Madrid republicano: en el primero predomina el rigor estético del joven poeta provinciano innovador y deseoso de triunfar. El segundo es ya un gurú del género con múltiples epígonos, envanecido por una fama reconocida
urbi et orbi.

Ahora suelta a vuelo de pluma sobre la cuartilla en blanco cuanto le pasa por la mente, en la creencia, sustentada en un éxito editorial sin precedentes, de que cuanto diga o escriba merece el imprimatur. Al final de su vida él mismo comentará: “Publicarán hasta mis calcetines”. Esta boga traerá consigo un abuso del cliché erótico y el verso rutinario, que sin embargo superará en algún grado cada vez que logre alejarse del mundanal ruido.

Pero ya nunca volverá a reverder laureles, a ser el Neruda vital de las
Veinte canciones de amor... El albatros baudelariano, símbolo de la torpeza de los poetas, se estrellará fatalmente contra la dura cubierta de la nave estaliana. El bardo chileno pagará un alto precio autoral a cambio de las ventajas y ovaciones interesadas que le proporcionará el pacto fáustico con el Kremlin. A diferencia de los poetas del castrismo que, frente a la fuga del contenido, se tornan cada vez más etéreos, vacuos y sublimes sin dejar de cultivar la forma en una suerte de cursilería cultista y sentimentaloide, Neruda se volverá cada vez más prosaico, propagándístico y burdo.

Particularmente, en su poesía política, género en el que Neruda se estrena a partir de su experiencia española, los efectos de la fama serían fatales desde el principio. Tanto que es difícil hallar en
España en el corazón (1937), Canto general (1950) o Canción de gesta una sensibilidad poética sincera más allá del panfleto incendiario o el ditirambo de poeta feriante, como en estos versos de Canto general:

Viva Colombia, bella y enlutada / y Ecuador, coronado por el fuego, / viva el pequeño Paraguay herido y por desnudos héroes resurrecto, / oh, Venezuela, cantas en el mapa / con todo el cielo azul en movimiento, / y de Bolivia, los huraños montes, / los ojos indios y la luz celebro...

Es difícil ver ahí otra cosa que una apelación trivial a la vanidad de esos pueblos. Trivialidad que alcanzaría su apogeo en el falso, delirante alarde indigenista de "Alturas de Macchu Picchu", poema digno de figurar en los catálogos de las agencias turísticas del Perú. En un alarde de vanidad poética y manipulación histórica, Neruda creyó acaso captar en esa ciudadela andina --abandonada mucho antes del arribo de los conquistadores alemanes y, por cierto, redescubierta por un arqueólogo estadounidense-- un supuesto
Zeit- y Volksgeist, la grandeza de las civilizaciones precolombinas destruidas por los colonizadores.

A ese fin antioocidental, el extasiado poeta, marxista de capilla, se desentiende convenientemente, por un lado, del enfoque clasista a lo Bertoldt Brecht frente a las pirámides y, por el otro, de la naturaleza imperial de aquellas culturas indígenas con sus sacrificios humanos, etc.

Dado el tremendismo de la hora, esta grosera veta panfletaria nerudiana arrancó en falso desde el principio con
España en el corazón (1937), donde el poeta hace gala de una jerga de barricada, un discurso propagandístico al servicio de una didáctica maniquea y mesiánica. Su exaltación como “poeta de la paz”, choca con su furibunda defensa de la “guerrilla poética”, como en estos versos de España en el corazón:

Generales traidores / [...] mirad España rota: / pero de cada niño muerto sale un fusil con ojos / pero de cada crimen nacen balas / que os hallarán un día el sitio del corazón." O en estos versos apocalípticos posteriores: “Y desde el laboratorio [soviético], cubierto de enredaderas / saldrá también el átomo desencadenado hacia vuestras ciudades [occidentales] orgullosas.

Nótense los eufemismos "laboratorio" y "enredaderas" por silo y camuflaje nucleares. Hace su aparición en el Madrid asediado de la Guerra Civil un tópico recurrente en su obra hasta el fin de sus días: la incitación al asesinato, el verso rabioso que clama por la metralla justiciera. A partir de ahí Neruda unce a perpetuidad el florido vagón de su lírica al por entonces arrollador tren del estalinismo. Tan firme fue el enganche con el Kremlin que sus memorias se leen como un intento de racionalizar su involución ideológica de cara a la posteridad.

Neruda a la luz de sus memorias

Por fortuna, descontados los arrebatos de lirismo ideologizante, el poeta sigue destacándose al final de su vida como un consumado prosista. Ejemplo de ello son sus memorias, base de esta semblanza del Neruda comprometido. El texto de
Confieso que he vivido (Seix Barral, 1986) se revela tan desigual en forma y contenido como la obra poética del autor. Cuando rememora su mocedad en Temuco, sus años de bohemia estudiantil en Santiago y su vida íntima, la desolación de sus consulados honorarios en Rangún, Colombo y Batavia, deleita al lector con un lirismo de incuestionable honestidad subjetiva.

En contraste, tan pronto aborda la Guerra Civil española y otros conflictos posteriores, hasta el lenguaje colapsa, transmitiendo una visión sesgada, repleta de improperios y desplantes demagógicos. En realidad, esos furores xenófobos aparecen ya esporádicamente en su obra anterior, como en este verso colérico de “Tango del viudo”:
... y de los ingleses que odio todavía.

Y es que Neruda, afirma Jorge Edwards, “decía que no sabía ser independiente”. Ese no saber ser independiente, asociado a su congénita mansedumbre y a su bien ganado prestigio, hará de él uno de los prospectos más brillantes disponibles en el mercado literario occidental para una URSS en busca de legitimación cultural. El PCUS y sus réplicas prosoviéticas cortejan con éxito a la élite intelectual del mundo. El banco de prueba había sido el conflicto español, donde Neruda dio la talla como simpatizante estalinista enfrentado por un lado al franquismo y por el otro a los trotskistas del POUM y a los anarquistas del CNC. Hasta el final de sus días en la Isla Negra Neruda será fiel a la línea soviética.

Vale la pena delinear a nuestro personaje en este sentido a la luz de sus memorias. A sus ojos, un crimen siniestro como el de Trotsky, asesinado a traición en su despacho por un agente español del NKVD (antecesor del KGB) que luego asesoría al G-2 cubano, fue “una incursión armada” en la que “alguien había embarcado” al pintor mexicano David Alfaro Siqueiros, encarcelado en México por su complicidad en aquel vil asesinato.

A continuación, dice haberlo conocido “en la prisión, pero en verdad fuera de ella, porque salíamos con el [...] jefe de la cárcel, y nos íbamos a tomar unas copas por allí, en donde no se nos viera demasiado. Ya tarde, en la noche, volvíamos y yo despedía con un abrazo a David que quedaba detrás de las rejas”. En verdad, consta que Neruda hizo más: ayudó a escapar a Siqueiros y lo proveyó fraudulentamente de un visado chileno. Atribución indebida que, unida a otros dos deslices similares, le costó una breve suspensión de su cargo de Cónsul General en 1941.

Sin comentarios... Para justificar su opción por los comunistas españoles del PSUC, Neruda pinta en bloque a los anarquistas (recordemos que él mismo había simpatizado con el socialismo libertario en su juventud) como deleznables pandillas de facinerosos sedientos de sangre y botín:

Por lo general se situaban a las puertas principales de los edificios, en grupos que fumaban y escupían, haciendo ostentación de su armamento. Su principal preocupación era cobrar las rentas a los inquilinos. O bien hacerlos renunciar voluntariamente a sus alhajas, anillos y relojes.

Si bien, fiel a su inveterada manía de tratar con guantes de seda a los “grandes hombres”, exonera al líder anarcoterrorista Buenaventura Durruti, envuelve en una nube de olvido esa otra guerra civil intestina en el bando republicano que culminó en 1937 con el ajusticiamiento sumario de cientos de milicianos anarquistas y trotskistas en Cataluña a manos de la policía secreta republicana, dominada por el PUSC. La agudeza para captar y recordar pormenores desfavorables a los enemigos de su partido contrasta con su renuencia a entrar en detalles embarazosos cuando se trata de correligionarios.

Neruda recorrió muchas veces la URSS en pleno apogeo de las purgas estalinistas sin constatar la mínima injusticia. En vano se buscará en sus memorias una frase sobre los gulags, los procesos de Moscú, el pacto germano-soviético, las prácticas del KGB, el muro de Berlín, cuya construcción justifica en otros textos. No hay en sus memorias ni una sola alusión crítica a las insurrecciones de Budapest, Berlín y Praga, ni a las purgas que hasta la muerte del generalísimo en 1953 convertían en sombras a su alrededor a escritores y funcionarios soviéticos que hasta ayer habían sido sus interlocutores. Consta que Neruda matizó siempre en artículos y entrevistas apologéticas los horrores del estalinismo en nombre de la causa. He aquí un ditirambo que refleja su talante en la época:

Amé a primera vista la tierra soviética y comprendí que de ella salía no sólo una lección moral para todos los rincones de la existencia humana. [...] La humanidad entera sabe que allí se está elaborando la gigantesca verdad y hay en el mundo una intensidad atónita esperando lo que va a suceder. [...]
En contraste, durante una travesía por el Yang Tse capta al vuelo las pintorescas excentricidades de la vida cotidiana bajo la paranoia maoísta, que describe con sobrio humor.


En desagravio acota:

Esa combinación de vasta tierra, extraordinario trabajo humano, y eliminación de todas las injusticias, hará florecer la bella, extensa y profunda humanidad china [...] El inmenso puente sobre el río Yang Tse es [...] la más grandiosa obra de la ingeniería china...

Cierra el elogio con una coña sectaria: “...realizada con la participación de los ingenieros soviéticos.” Igual razón interesada esgrime cuando reprueba las “teorías guerrilleristas de América”, pero calza sus acertados argumentos con descalificaciones pueriles como la de que abrieron “las compuertas para toda clase de soplones”. En
Confieso que he vivido , la manipulación retórica de acontecimientos históricos es una constante.

Al margen de la banalidad argumental, reaparece como una obsesión en numerosos poemas posteriores el leitmotiv del ajusticiamiento poético, llegando incluso a servir de título en el poema “Incitación al nixonicidio”. No en balde el escritor soviético más mencionado y elogiado, “unas de las más gratas amistades de mi vida”, en
Confieso que he vivido es Ilya Ehrenburg, el furibundo promotor intelectual de la campaña de sadismo vindicativo que empañó la victoria soviética.

Ilya Ehrenburg se destacó por exhortar abiertamente al Ejército Rojo a cometer toda clase de atrocidades en el territorio alemán recién ocupado. He aquí unas de rabiosas arengas dirigidas a los soldados del Ejército Rojo por este entrañable amigo y correligionario de Neruda:

¡Matad! ¡Matad! ¡En la raza alemana no hay nada más que mal; ni uno entre los vivos, ni uno entre los aún no nacidos, nada más que mal! Sigan los preceptos del camarada Stalin. ¡Aniquilen a la bestia fascista de una vez por todas en su guarida! ¡Usen la fuerza y rompan el orgullo racial de esas mujeres alemanas! ¡Tómenlas como su botín de guerra! ¡A medida que avancen, maten, nobles soldados del ejército rojo!

Imposible, por demasiado pública, que Neruda desconociera esta infamante faceta pública de su amigo. Numerosos pasajes en Confieso que he vivido revelan la falsedad de las ínfulas de adalid de la paz del poeta chileno, en particular dos de ellos. En el primero un despechado Neruda cuenta su desencuentro en Delhi con Nehru cuando, como representante del Consejo Mundial de la Paz, expuso al premier indio su preocupación por los esfuerzos de la India para dotarse de la bomba atómica.

En sus memorias presenta a Nehru como un político pusilánime que ve a su interlocutor chileno como parte interesada en la Guerra Fría. La realidad era ésta: consciente de que detrás del Consejo Mundial de la Paz estaba el Kremlin, Nehru se lo insinúa al huésped con flema hindú: “Sucede que los de uno y otro bando se golpean mutuamente con los argumentos de la paz.” Neruda miente a sabiendas al contar que, pese a ello, como miembro del jurado del Premio Lenin de la Paz alzó su mano a favor del hindú. Obviamente, el galardón al premier de la India obedecía a un diktat de la más alta instancia del PCUS y a Neruda sólo le quedaba la engorrosa alternativa de abstenerse.

En el segundo pasaje un Neruda embelesado olvida (demuestra) su pacifismo de capilla al describir sus impresiones ante el desfile de la cohetería nuclear en la Plaza Roja moscovita: “...Casi pudiera haber tocado con la mano aquellos inmensos cigarros puros, de apariencia bonachona, capaces de llevar la destrucción atómica a cualquier parte del planeta”. Más adelante, recuerda el juicio sumario a un prisionero nazi que registraba meticulosamente sus crímenes en una libreta, acota enternecido: “Yo tuve aquella libreta en mis manos y aquel revólver que suprimió la vida de un cruel forajido.” Probablemente, el reo merecía la sentencia, pero la actitud del poeta ante la cohetería nuclear intercontinental y la pena de muerte no es precisamente la que cabe esperar de un pacifista.

Neruda sucumbió a la funesta ambivalencia de idolatrar a los déspotas del bando propio y demonizar a los del adversario. Así como su poesía está cuajada de odas a líderes de izquierda, menudean en sus memorias los retratos retocados de estos mismos personajes bajo la etiqueta de “grandes hombres”, un eufemismo detrás del cual se esconde el culto al llamado “hombre fuerte” de signo marxista. A fin de no meterse en camisas de once varas, pasa aquí por alto las discrepancias sectarias. Sobre Stalin, a quien ahora ve desde el umbral crítico oficial de la era postestaliniana en Moscú, escribe todavía en la página 433 de
Confieso que he vivido:

Supe también que a la muerte de Stalin se encontró entre sus papeles una lista que decía: “No tocar”, escrita por él de puño y letra. Esta lista estaba encabezada por el músico Shostakovitch y seguían otros nombres eminentes: Eisenstein, Pasternak, Ehrenburg, etcétera.

¡Ay de los dueños de los nombres que no figuraban en la lista! Pero, en fin, eran artistas y escritores menores y sus cabezas podían rodar sin gran pérdida para la cultura universal ni taquicardias para Neruda. Su amigo Ehrenburg, cuenta el chileno en sus memorias, se libró del gulag gracias a una providencial llamada telefónica del máximo líder. Neruda no ignoraba, pues, las cacerías de brujas, los horrendos crímenes de Stalin. Sin duda, temía por su propia vida, pero debía de sentirse razonablemente a salvo. ¿Acaso, como tantos poetas famosos, no le había dedicado él, Neruda, una oda a su sanguinario mecenas del Kremlin?

Pero lo esencial a sus ojos era que, en aquel listado de indultos, Stalin había dejado constancia documental de su fino olfato estético y cabal respeto a esas altas jerarquías intelectuales en las que figuraba el bardo chileno. Obviamente, el concepto de justicia de Neruda era tan elástico por el lado izquierdo como rígido por el derecho. He aquí como se describe a sí mismo y a los de su capilla roja a raíz de la muerte del sátrapa georgiano en 1953:

Stalinianos. Llevamos este nombre con orgullo.
Stalinianos. Es ésta la jerarquía de nuestro tiempo!
Trabajadores, pescadores, músicos Stalinianos!
Forjadores de acero, padres del cobre, Stalinianos!
Médicos, calicheros, poetas Stalinianos!
Letrados, estudiantes, campesinos Stalinianos!
Obreros, empleados, mujeres stalinianas,
salud en este día! No ha desaparecido la luz,
no ha desaparecido el fuego,
sino que se acrecienta
la luz, el pan, el fuego y la esperanza
del invencible tiempo staliniano!
De “En su muerte”


Del Gran Timonel, a pesar de la guerra sectaria que éste libraba contra el Moscú de sus amores, exclama, presa de un delirante rapto de éxtasis:

¿Quién puede negarle a Mao la personalidad política de gran organizador, de liberador de un pueblo? ¿Cómo podría escapar yo al influjo de su aureola épica, de su simplicidad tan poética, tan melancólica, tan antigua?

No él, Neruda, claro. Sus memorias pudieron haberse titulado
Confieso que yo también he mentido. Más de la cuenta, por cierto. Más de lo que pedían sus mentores. A título voluntario. ¿Qué duda cabe? El poeta chileno, como ya sabía Goethe, peca por falta de libertad espiritual, parcialidad y mojigatería, sin contar la amnesia. No estaba al servicio del pueblo sino de su iglesia. Pero… ¿qué autor no se engaña a sí mismo y a sus lectores al redactar sus memorias?