Monday, 6 August 2007

La diplomacia del libro de Ronald Reagan

Historia de una desconocida oferta de diálogo de la Casa Blanca al Palacio de la Revolución

Por Jorge A. Pomar, Colonia

El anuncio del aplazamiento oficial de cualquier negociación con Estados Unidos hasta el fin del segundo mandato de George Bush júnior, hecho por Raúl Castro en el acto central por la efemérides del asalto al Cuartel Moncada, me sacó del desván de la memoria una oferta de diálogo indirecta de Ronald Reagan al Palacio de la Revolución de la que soy, probablemente, el único testigo presencial criollo sobreviviente.

De hecho, aparte de testigo, fui intérprete en la desconocida reunión. A continuación, la anécdota, debidamente ambientada para que la comprendan mejor extranjeros y legos en la materia de la Isla y la Diáspora. De paso, también para que ex funcionarios cubanos en la Isla y el exilio revivan vivencias de viaje similares.

En agosto de 1987, siendo jefe de la redacción “Europa Occidental y América del Norte” en Arte y Literatura, tocome el turno de asistir a las ferias del libro sucesivas de Madrid y Fráncfort del Meno en representación de la editorial. Un periplo de ensueño para cualquier insular de a pie. Viajaba solo. O eso creía, porque de repente, durante el vuelo a la capital financiera de la RFA, se agachó a mi lado en el pasillo del Boeing un personaje que se acreditó con estos mimbres: “Soy el ingeniero Federico de la Cruz, presidente de la Cámara Cubana del Libro, jefe de la Delegación Cubana a...”.

No teniendo el gusto de conocerlos ni a él ni a su fantasmal gremio de libreros, de cuya existencia acababa de enterarme, le di a mi vez mis señas, aclarándole sin ceremonias que no me sentía miembro de delegación alguna. Y viré enseguida la cara hacia la ventanilla con el ánimo de dejar la cosa ahí y, de paso, salir del radio de acción del cono de aliento nauseabundo que manaba entre aquellos labios en movimiento. Más tarde supe por boca suya que padecía de gastritis crónica. No se dejó disuadir.

El cuento que me hizo en síntesis: en Fráncfort le hacían falta mis servicios de intérprete políglota en sus pláticas de negocio con homólogos de habla extranjera. A cambio, me proponía, entre otras ventajas, hospedaje barato en el apartamento subarrendado de una “simpatizante” chilena, donde nos esperaban sendas cajas de botellas de vino de los tres colores clásicos y un refrigerador abarrotado de jugos y fiambres, todo aquel paquete alternativo a razón de 50 marcos por cabeza.

En cuanto a los correspondientes recibos hoteleros, que todo viajero oficial cubano ha de entregar sin excusas a su retorno para justificar los dólares gastados: “...Tranquilo: un amigo chileno nos los confecciona en su computadora la víspera de la partida. Le quedan igualitos que los del hotel de tu elección, con el precio por noche que desees. Entre cien y ciento cincuenta “marcolinos”, la modesta cifra ideal para evitar preguntas incómodas al regreso. No hay que pasarse de listo. Te habla la voz de la experiencia. La diferencia te la clavas. Sin tema”.

En el aeropuerto francfortés le esperaba, como de costumbre cada año, el presidente de la Feria del Libro en persona, Peter Weidhass. De este Herr progresista y "amigo de Cuba", casualmente, yo había traducido poco antes, por encargo especial de Abel Prieto, un poemario en las antípodas ideológicas del que figura en la entrada anterior de El abicú liberal. “Olvídate del nivel poético, socio; es un peje gordo en la RFA y hay que ganarlo para la causa, a toda costa”, me había dicho en confianza el a la sazón director de Arte y Literatura, luego presidente de la UNEAC y hoy titular de Cultura.

“Negro, date por invitado a las recepciones de apertura y clausura. ¡Regias! --aseguró Federico, acompañando la exclamación con un manotazo santiaguero en el hombro, seguido de un guiño cómplice al volver yo un rostro de pocos amigos hacia él. La primera, añadió, banquete con mesa sueca, cervezas de barril, vinos, champán, orquesta, baile y rubias a granel; la segunda, con ídem durante paseo nocturno en yate de lujo por el Meno. “¡Tú verás!”

Por lo demás, ya se encargaría él de conectarme con el resto del funcionariado indígena que cortaba el bacalao en la Feria, todos ellos amigos suyos de años. Con las grandes casas editoriales occidentales, mis futuros interlocutores, él, Federico de la Cruz, trataba igual de tú a tú a dueños y redactores-jefes: “Vas a regresar con las maletas atestadas de libros gratis”. Por si fuese poco, me conseguiría un talonario de tickets de tranvía y autobús. Cortesía de la presidencia que podía verse acrecentada por el consumo mínimo gratuito dentro del recinto ferial, aunque esta última largueza había que “lucharla”.

Amaba mi gestión en solitario, pero no podía darme el lujo de desairar tanta generosidad. Sobre todo, acordándome de que en Madrid había tenido que hospedarme en un hostal de mala muerte, de cuyo camastro sin colchoneta aún llevaba estampada en los homóplatos la huella reticular del inclemente bastidor. Una frugal merienda a base de café con leche, tostadas y manzana verde en la Gran Vía, me había costado prohibitiva tonga de duros.

En fin que, sacrificando con escaso dolor parte de mi autonomía, cerramos el toma-y-daca, previa aceptación por Federico de que sólo me pondría a sus órdenes en el tiempo que me dejaran libres mis trámites en los predios feriales. Levantó la diestra abierta en gesto deportivo y, “¡Entra, fiera!”, la dejó caer con fuerza sobre la palma de la mía. Acto seguido se incorporó y al fin, para alivio mío y de los dos pasajeros a mi izquierda, se alejó por el pasillo rumbo a su asiento dejándonos envueltos en un vaho de ajos y cebollas en salmuera.

Cuando mis asfixiadas neuronas recuperaron el aliento en la sección del disco duro cerebral a cargo de la memoria, recordé un escollo adicional en las carreras que había tenido que dar, de la ceca a la meca y de la meca a la ceca, entre la sede de la editorial y el Instituto del Libro (ICL), el Ministerio de Cultura, la UNEAC, Relaciones Exteriores, etcétera. Todo para recoger dos sobres con dólares (650 en total), los pasajes, el permiso de salida, el visado y qué se yo cuantos papeles más.

Maratón contra reloj, aún de rigor para todo viajero oficial. Dura hasta el minuto de gloria en que uno trepa por la escalerilla del avión. Parte, sospecho, de un prolífico programa de humillaciones y angustias de última hora diseñado para recordarle al afortunado, macerándole el sistema nervioso, que no es tan fácil abandonar la jaula del paraíso socialista insular. Cuando ya todos los trámites burocráticos habían sido cumplimentados, faltando apenas un par de horas para el despegue del avión de Iberia, hete aquí que se presenta una dificultad adicional.

Y nada menos que con las visas alemanas, que aún no habían llegado al departamento correspondiente del Ministerio de Cultura. ¿Qué demonios estaba pasando? Un alemán amigo, del antiguo Lektorat de la RDA, me reveló el secreto a título estrictamente confidencial: el Verfassungsschutz, “Protección Constitucional”, eufemismo germanoocidental para eludir cualquier asociación nominal con instituciones de triste memoria en el pasado nazi, objetaba el visum a uno de los viajeros con bola de agente de la Seguridad del Estado cubana. Por suerte, los sabuesos alemanes dieron su brazo a torcer en el último minuto.

Me caí de la mata dentro del Boeing: el “seguroso” de marras no podía ser otro que el ingeniero Federico de la Cruz, con quien acababa de pactar un deal mutuamente ventajoso. Una sombra de desconfianza estuvo a punto de echarme a perder la alegría de la segunda fase de mi primer viaje al Mundo Libre. Pero enseguida se sobrepuso el entusiasmo: “¿A mí que?”

Aquel ingeniero sin obras había dicho la pura verdad: aunque nadie me lo hubiese advertido, yo formaba parte de la delegación cubana a ambas ferias. Y toda delegación cubana incluía, como todos sabemos, un forro policial. Según el cambalache convenido, yo no sería más que su intérprete. Por lo demás, era saludable estar de antemano en el insight. No tardaría en confirmar la sospecha.

Pues, polemista nato yo, a más de perestroiko convencido a la sazón; y él fidelista de los que echan espuma por la boca, tan pronto como la segunda noche en el apartamento nos enfrascamos en una perra discusión de principios. Por fortuna, o tal vez porque, además de necesitarme, sabía que yo también tenía un “boniato” (carné del PCC) en la cartera, la sangre no llegó al río.

Ya sosegados, al enterarse de mi participación como soldado de la reserva en la guerra de Angola, Federico, que presumía de combatiente rebelde en una supuesta “heroica toma de Santiago de Cuba”, hizo por primera vez en mi presencia lo que varias veces durante nuestra estancia en Francfort del Meno: sacó de la cartera una amarillenta foto en blanco y negro donde posaba, muy joven, de uniforme verde olivo, gorra, botas, mochila y fusil en mano.

Ya en Francfort todo concordaba con el panorama risueño pintado por él: aparatoso abrazo entre “el jefe” --como le llamaba su huraño ayudante y factótum Ciro, que le aguantaba carretas y carretones con tal de abastecer a su prole-- y Weidhass en el aeropuerto, cuarto aparte para cada cual en el apartamento avituallado en las afueras, pasajes gratuitos, entrada a la recepción inaugural por todo lo alto, etc.

Sin contar una cena con los propietarios de la bodega que había donado las cajas de vino, un español y un chileno. El sudaca, impermeable a mi comentario --ingenuo, soltado entre camaradas marxistas-- acerca de que los millares de chilenos de clase media y alta que, arribados a la Isla a raíz del “pinochetazo”, se habían caído sobre sus narices ante los agobios materiales del socialismo insular. Yo había sido testigo de su drama existencial en el reparto Alamar y de cómo habíanse marchado en masa a Europa Occidental. ¡Sacrilegio! Ahí, por cierto, hice un aprendizaje de utilidad aquí en mi exilio colonés.

En efecto, Federico era toda una estrella en el recinto ferial: apretones de manos por doquier, servicio de café, brindis con licores o burbujeantes copas de champán, besos y hasta manoseos con las secretarias (un providencial spray de la farmacopea teutona obraba el milagro de trasmutarle el mal aliento en aroma de cítricos), respuestas complacientes a casi todas sus peticiones, a cada dos por tres estentóreo interés por el estado de la desigual pelea entre el prepotente Goliat del Norte y el corajudo David del Caribe...

Entraba y salía de las oficinas como Pedro por su casa, siempre guiñándome un ojo al retirarnos. A decir verdad, cumplió su palabra de no utilizar más que el tiempo que me quedase libre. Y como mi labor allí durante la semana se reducía a concertar unas pocas entrevistas con editoriales no contactadas en Madrid y recorrer, maravillado, los tres inmensos pabellones feriales hojeando y forrajeando libros, aparte de flirtear con la bella librera que me había levantado con mis galanteos durante el convite inaugural, pronto le fui cogiendo el gusto a eso de acompañarlo en sus visitas a los stands, incluidos los de países de habla hispana.

El tenor de las charlas con sus interlocutores del Tercer Mundo (con los del Segundo y el Primero la charla era, por lo común, breve y distanciada) era el siguiente: cada cual se ensalzaba a sí mismo, recalcando que el presidente de su país o el ministro del ramo, en cuya suntuosa mansión era huésped asiduo, lo habían designado para esa modesta misión a la espera de alguna vacante más a tono con su alcurnia.

En este aspecto del protocolo, Federico se mostraba reservado. A veces, cuando el dato no era conocido por la contraparte, se las ingeniaba para darle a entender de algún modo, mostrándole de guillo la mencionada foto y añadiendo historietas elocuentes sobre la lucha a muerte con los astutos enemigos de la Revolución, que él pertenecía al prestigioso “Aparato”. (De ahí las suspicacias del Verfassungsschutz.) Lo cual surtía un efecto de “ábrete-sésamo” en el alelado colega, sobre todo en tratántadose de sudamericanos.

A renglón seguido, ya sorbiendo copas durante el improvisado brindis (con tantos tragos mezclados en oficinas, stands y recepciones, más los de vino en el apartamento, me pasaba el santo día “en nota”) o saboreando humeantes tacitas de café, el colega invitaba a Federico a la feria del libro de su país de ese año o el próximo. “Con todos los gastos pagos”, no faltaba más. A lo cual Federico reciprocaba, caballerosamente, con la correspondiente invitación, nunca ídem en lo tocante a desembolsos, a la Feria del Libro de La Habana. La iniciativa partía indistintamente del visitante o del visitado. Hablaban de todo, de lo humano y lo divino, de política, mujeres, viajes y orgías, menos de libros y autores.

Todo iba a pedir de boca, siguiendo las placenteras rutinas del "jefe" que me había echado. Por mi parte, encantado de la vida... Hasta el tercer o cuarto día en que visitamos el gigantesco stand de Estados Unidos. “No me falles, mañana por la tarde, negro. Por nada del mundo. Ya sabes que no me le cuelo al inglés y necesito que me des una mano: le toca a la Yuma”, me había prevenido la noche anterior.

Me alegré en el alma, pues no me quedaba casi nada por hacer y una visita oficial me daba la oportunidad de entrarles con buen pie a los norteamericanos, quienes hasta la fecha habían hecho caso omiso de mis flamantes credenciales de Arte y Literatura, sin darme chance a tumbarles un par de pocket books que me llenaban los ojos.

Para empezar, el cónclave adquirió de entrada un nivel insospechado: nos recibió un atildado anciano, esbelto, caballeroso, cordón a guisa de corbata, blanco en canas, de un inglés de Oxford, con ese aspecto venerable que distingue a los aristócratas sureños acostumbrados a mandar, con paternal amabilidad pero sin derecho de réplica, a todos a su alrededor como si fuesen criados de casa. Rodeado además por un solícito séquito de jóvenes trajeados.

Federico, ducho en la variante protocolar criolla a base de simulacro de etiqueta, jerga revolucionaria y auténtica campechanería solariega, me dio la impresión de estar allí fuera de contexto, algo así como un oso amaestrado a medias actuando por sorpresa en rara carpa de la gran escena. En verdad, yo también me sentía un poco en el baile extraño. A todas luces, aquel despliegue cortesano venía a romper nuestra hasta ahí cómoda rutina.

No bien Federico se hubo presentado y las copas del brindis quedaron vacías --por precaución, esta vez opté por un vaso de Coca-Cola--, el viejo, que presidía una de las dos grandes federaciones de libreros en Estados Unidos, ya no recuerdo cuál de ellas, fue directo al grano, que nada tenía que ver con comercio de libros ni derechos de autor.

My distinguished colleague, De la Cruz, soltó, de pronto, para sorpresa de aludido e intérprete, and I, Fulano de Tal, tenían el histórico privilegio de romper el hielo en las relaciones entre the Union and the Island. Al oír este inesperado introito, se nos cayó a ambos la quijada. A saber, él, Fulano de Tal, ya poseía considerable experience in this sort of discreet but effective working approach between old ideological foes. Federico parecía un oso escuchando una conferencia magistral en el Aula Magna de la Universidad de La Habana.

Reproduzco el diálogo de memoria, atendiendo más al sentido que a la exactitud lexical. Se trataba, dijo, de lo que ya se conocía en su país como book diplomacy o “diplomacia del libro”. Bajo la presidencia de Nixon él, otra vez el Fulano de Tal, había iniciado con sus colegas rusos el deshielo entre Estados Unidos y la URSS, que ahora continuaba entre Reagan y Gorbachov. Otro tanto se había logrado por vía libresca con China y Vietnam. No había, pues, motivos para que Cuba, país vecino, fuera la excepción de la regla…

--By no means. Hence, hereby I inform you, sir, that I have been duly empowered by the presidency of the United States of America to proceed accordingly with your country wiht your help…”

Ahí Federico balbuceó un par de sílabas, intentando meter la cuchareta. El viejo lo paró en seco, levantando la mano: Please, let me finish... “Está Usted formalmente invitado a la Feria del Libro, a celebrarse de tal día a tal día en el mes tal. El stand, pequeño pero funcional, corre a cuenta de los anfitriones. Hospedaje y pasajes aéreos los pagan los huéspedes. Se les concederá un precio extraordinario de 50 dólares por noche. Comfortable rooms, to be sure. And cheap meals. Puede Usted asistir acompañado por una delegación de tantas personas. Por supuesto, eso no quiere decir que no puedan ir más cubanos. Pero en tal caso... Se encogió de hombros:

--Well, you know, the costs... As to the visas, no problem: I give you my word: any legal objection will be swept away on time... Indeed, right now. Wait a minute, please...

Y aquí sobrevino una de esas escenas claves que marcan la diferencia entre la democracia americana y las demás, para no hablar ya de dictaduras autoritarias o totalitarias. El viejo se volvió en la silla y le hizo una sola señal con el índice al más espigado y con cara de yo-no-fui entre los diligentes Toms and Marys del stand.

--Mr De la Cruz, let me introduce you to Mr ..., the man of the USIA, United States Information Agency. He will personally take care of the visa question.

Que aquel joven era el agente de la CIA en el recinto ferial, en Fránfort o a lo mejor en toda la RFA, no fue necesario que lo dijera, porque tanto como eso lo dedujimos Federico y yo. Pero ahora viene lo bueno: el jefe de un simple gremio de libreros trataba en público a un oficial de la policía política de la nación más poderosa del mundo con la misma displicencia inapelable que a sus empleados:

--Mr. So and So, I have just made a deal with these gentlemen. So a Cuban delegation will be entering the United States next year to attend our Book Fair. You warrant me that there should be no trouble of what ever nature with their clearances. Did you understand?

--Yes, sir.

--So, I think you better write down what I am going to tell you.

--Oh, sorry. Pardon, sir...


Y al instante extrajo de uno los bolsillos del saco un bolígrafo y un pequeño bloc, donde anotó punto por punto el encargo del senior bookseller. Al terminar el dictado, el viejo le dio las gracias, lo despidió con un apretón de manos y volvió un rostro expectante hacia su interlocutor cubano. Para acortar el cuento: Federico se enredó en una larga retahíla de evasivas monocordes que apenas variaban ante la insistencia del gringo viejo, que se lo comió a preguntas incontestables para cualquier simple funcionario cubano en el exterior.

Trasmitiría lo hablado sin falta, cuanto antes, tan pronto llegase a La Habana... Informaría enseguida “al más alto nivel”, al ministro de Cultura, de Relaciones Exteriores, para que elevasen de urgencia el asunto, la interesante, trascendental, propuesta americana...¿Acuerdo? No, “osease”, acordar en firme, no, eso no estaba dentro sus potestades. ¿Darle su palabra de honor? Hombre, sí, se la daba, pero sin compromiso, porque... ¿Qué? Bueno, sí, él era un funcionario de alto rango en el ramo...

Su palabra contaba en la Isla, era escuchado en las altas esferas... ¿Eh? Sí, claro, su homólogo a todos los efectos, en pie de igualdad. Pero, no, no, tomar semejante decisión allí mismo equivaldría a una atribución indebida... Claro, que queríamos que pusieran fin al “bloqueo..., es decir, al embargo”... Pero en Cuba las cosas no funcionaban como en Estados Unidos... Sí, claro, conocía personalmente a Fidel, pero “Usted sabe, es un estadista muy ocupado. No es tan fácil llegar a él...”

Aquel diálogo atascado amenazaba con no acabar nunca. A partir de un momento dado, intenté en vano abrirle los ojos a aquel anciano empecinado en su pragmatismo jamesiano (William James) mediante el discreto recurso de intercalar aquí y allá breves, enfáticos imperativos y ablativos de mi cosecha en frases dichas por Federico, como Forget about it, he can not make such a decision, even if he certainly wants to, donde el “Olvídelo” y el “aun si ciertamente lo quiere” iban por mi cuenta, y el he sustituía al I en el lenguaje directo.

Por fin, el anciano se rindió a la evidencia, conformándose con la promesa de Federico de elevar cuanto el asunto a las altas esferas de la nomenclatura castrista. Y cayó el telón, dejando sobre el escenario a un gringo viejo perplejo, a un Federico desinflado y a un Pomar un tanto más cerca de comprender quién tenía la culpa de que el boicot yanqui durara tanto tiempo. Allá en la Casa Blanca Ronald Reagan agotaba el penúltimo año de su mandato, posiblemente ansioso por cerrar con broche de oro poniéndole la guinda cubana a un pastel de garrote y la zanahoria que había conseguido desquiciar al Bloque Oriental.

Epílogo trágico

He afirmado al principio que probablemente sea yo el único testigo presencial del patio aún vivo de aquella sorprendente oferta de diálogo de Reagan. He aquí la explicación: el ingeniero Federico de la Cruz no regresó de Fráncfort del Meno directo a La Habana. Antes él y su ayudante volaron a no recuerdo cuál ciudad de Centro- o Suramérica a cumplimentar uno de aquellos compromisos recíprocos acordados en el recinto ferial.

A su llegada a La Habana lo esperaban las navajas de la muerte: una mañana, entre fines de agosto y principios de septiembre de aquel año de 1987, al día siguiente de su desembarco en el aeropuerto de Rancho Boyeros, unos colegas encontraron su cadáver en cueros, profusamente acribillado a puñaladas, en el apartamento prestado de una reportera amiga suya que se hallaba en Corea del Norte.

Según el informe pericial de la policía criminal, fue asesinado a traición en el curso de una orgía sexual. Entre otras heridas morbosas, presentaba un tajazo desde la comisura de los labios hasta la oreja. Sin dudas, un bestial crimen pasional, obra de de uno o varios compañeros de juegos eróticos que, por alguna razón desconocida, le profesaban un odio letal a la víctima.

Pablo Pacheco, el hombre de los epitafios dudosos y los discursos de expulsión contra “traidores a la Revolución” del gremio libresco --pronunció también el mío, contra su voluntad, porque es un tipo cabal, en el atrio del Palacio del Segundo Cabo--, tuvo a su cargo la despedida del duelo que, según dicen quienes lo escucharon en la necrópolis de Colón, fue toda una pieza antológica de malabarismo retórico funerario.

Malas lenguas del Segundo Cabo contaban que, al llegar a la funeraria y ver el cadáver cubierto con la bandera cubana, la mulata Lucía Sardiñas, responsable de “atención” a intelectuales en el Comité Central del PCC, no pudo contenerse y expreso su queja: "Este caso no está claro". Era un secreto a voces que le decían “el hombre de las mil caras”.

No creo que sus asesinos le hayan dejado tiempo al ingeniero Federico de la Cruz para cumplir su compromiso solemne con aquel gringo viejo de la Feria del Libro de Fránfort del Meno 1987. En verdad, me pareció inútil hacerlo yo en lugar del difunto. Jamás he vuelto a oír hablar de aquella espectacular oferta de diálogo de Ronald Reagan al Palacio de la Revolución. En todo caso, de entonces acá se han celebrado ya veinte ediciones del principal certamen de los editores del mundo sin que haya trascendido ninguna tentativa de diplomacia del libro. Pero, quién sabe, tal vez en la de este año, que se inaugura pasado mañana...

Saturday, 4 August 2007

"Patria o muerte. Lemas de la Revolución Cubana"

Un poemario de solidaridad a contra corriente de Herbert Quelle
(ilustrado con fotos de Corinna Niestrath-Quelle)


Herbert Quelle (nac. 1953, Herford, Westfalia), diplomático de carrera, fue primer secretario de la Embajada de la RFA en La Habana entre 1991 y 1995. Politólogo y políglota, había sido antes profesor asistente de un college y consul alemán en Los Ángeles. Tras su salida de la Isla, fungió durante años como subdirector del Area América Latina y Caribe del Ministerio Federal del Exterior (Conosur). Hoy dirige el Dpto. de Asuntos Económicos de la Embajada de su país en el Reino Unido.


Introducción


Título y subtítulo de este cuaderno único en su género, sugerente cruce de poemas minimalistas cargados de sutilezas con fotogramas atestiguadores de la putrefacción del lenguaje político en las consignas callejeras oficiales, inducen al lector criollo de ambas orillas del charco, harto de agit-prop, a incurrir en un error de bulto: desdeñar el libro a la primera ojeada. Sin embargo, Patria o muerte. Lemas de la Revolución Cubana se sale del montón de bodrios del género por varios motivos.

En primer lugar, siendo un cuaderno escrito para lectores tedescos (teutones, alemanes), consigue convencer a cubanos (ya se verá por qué no uso aquí el artículo definido) que vieron hasta el agobio esos afiches y vallas fotografiados personalmente por la esposa del poeta, Corinna Niestrath-Quelle, y experimentaron en encéfalo propio las cóleras líricamente sublimadas de este diplomático amante y practicante de la poesía coloquialista.


Poemas e imágenes tienen la virtud de devolvernos, a nosotros los exiliados, mental y afectivamente a las angustias cotidianas de aquellos años de penurias inenarrables que, ahora lo sabemos por boca de Raúl Castro, aún continúan para la inmensa mayoría de los insulares.
Al transcribirlos, yo mismo, que los traduje, vuelvo a sentir un cierto estupor ante la veracidad objetiva y subjetiva, el realismo de estos lacónicos versos compuestos de intenso lirismo afectivo y brutales, deprimentes pormenores del día a día sobre el pavimento habanero.

Extrañamiento colindante con el que me asaltó al oír a Günter Grass comentar durante su visita en 1993, al llegar a la esquina de Consulado y Neptuno: “La Habana huele a Calcuta”. Sólo que la lectura de los poemas de Quelle añade a la alarmante constatación grassiana (me trajo a la mente las sobrecogedoras escenas de indigencia y cochambre en el documental Calcuta, exhibido años antes por el ICAIC) el toque mágico, paradójicamente nostálgico a la vez, del lirismo de aquella sentina urbana: La Habana carcomida y pestilente del “arte de hacer ruinas”.

En suma, ¿quién no ha visto ese “perro arrojado a la hierba” hasta en los portales de Monte, Reina o el mismísimo Paseo del Prado? No sólo sé del ciclista que “pasa como una exhalación en dos ruedas”, rodando “sin luces en la oscuridad” entre un alumbrón y el sig
uiente: escuché de cerca una noche el siniestro sonido de metales, cristales, carne y cráneos entrechocando a ciegas en una calle apagada, exactamente en la calzada de Infanta, a la altura de la clínica "La Dependiente".

Y en más de una ocasión, en la calle Oficios en pleno corazón de la Habana Vieja, mientras me encaminaba temprano en la mañana hacia mi departamento en el Ministerio de Minería, hube de eludir en la última fracción de segundo la parábola fatídica del envoltorio letrado con los excrementos del “niño que vuelve a cagarse en el papel de periódicos que ya antes hablaba mierda”.

Y es que Herbet Quelle tuvo la suerte y/o desgracia de ejercer como diplomático en la Isla durante la fase más cruel del Período Especial. Leyéndolo, es fácil deducir que no se pasó esos cinco años a buen recaudo en su despacho climatizado de la Embajada
, allá en el aristocrático Miramar. Debe de haber zancajeado, bien y de cabo a rabo, la capital de los cubanos de a pie. De esas andanzas nació la empatía perceptible en sus poemas.

De esa enajenante lectura unívoca de los lemas que Chomski y su comparsa progre rehusan someter a deconstrucción o análisis gramatico-generativo, del contraste entre la miseria de la población, el deliro del discurso oficial y la escandalosa opulencia de sus vecinos de la nomenclatura, nació también, a buen seguro, ese sincero apego a la oposición de que da fe el último poema.

Hombre discreto por naturaleza y oficio, Quelle sólo se decide a escribir sus textos, creo, muchos años después, en retrospectiva, con m
ente fría, cuando ya de las hogueras de su indignación sólo quedaban rescoldos manipulables. Discreta pero vital para mí fue también la solidaridad que brindó al grupo opositor Criterio Alternativo, de cuyas relaciones con las embajadas occidentales, excepto la española, me ocupaba.

Casi todos mis viajes a la legación de la RFA en Miramar los hacía a pie, pues casi no circulaban guaguas (autobuses). Cuando lo conocí, así, al primer golpe de ojo, creí estar viendo delante de mí a un oficial prusiano salido de uno de aquellos filmes rusos que exhibían los cines cubanos: flaco, alto, culto, medio calvo, de cuello y corb
ata, el porte un sí es no es marcial, apenas le faltaba el clásico monóculo. Pero enseguida detecté en su facies esa misma agudeza, ese calor humano y traviesa, quasi pueril picardía que el lector aprecia en la foto de arriba.

Tan pronto el portero cubano le anunciaba mi presencia, me hacía pasar a su despacho. Luego de la humeante tacita de café retinto o la copita de coñac, a menudo las dos cosas, charlábamos acerca de lo humano y lo divino, menos de los planes de Criterio Alternativo, que no eran secretos. Se sobree
ntendía que, en caso de emergencia, los alemanes harían cuanto estuviera en sus manos, que en sí, insistía el amable diplomático, no era mucho.

Quelle me informaba acerca de las vicisitudes de la política cubana de su país y la Comunidad Europea. De vez en cuando me invitaba a alguna recepción en la Embajada. No estando inscrito en ningún partido, solía hacer mis delicias, y mi sana envidia, arrojando contra la pared del despacho la caricatura de goma de algún potentando federal.

Un atardecer él, su esposa y sus dos hijas nos visitaron en la casa de Gipsia, situada en Aramburu # 351, segundo piso, esquina a San Rafael (Parque Trillo, Cayo Hueso). Nos pillaron por sorpresa. Todavía me erizo cuando recuerdo que, de repente, una de las niñas pidió ir al retrete. Bueno, ya ustedes saben: no había agua. Convertido en un solar el espacioso apartamento, el inodoro no estaba muy presentable que digamos, a tal punto que la pobre chiquilla lucía con razón desconcertada. La pena, el mal rato que pasamos Gipsia y yo...

En fin, volvamos a lo que les iba contando. Por mi parte, le daba mis pareceres al respecto, le hacía el recuento de los hostigamientos diarios al grupo: golpizas, allanamientos, retenciones y arrestos, expulsiones de centros d
e trabajo, deserciones, intercepción telefónica en casa de la poetisa María Elena Cruz Varela, etc. Jamás le pedí ni me ofreció financiamiento, a no ser cintas de máquina, típex, papel, un par de bolígrafos, tal vez algún casete de grabadora, periódicos, en especial Der Spiegel y Die Zeit.

Un día nos invitó a mi y a Gipsia, mi difunta esposa, a su casa para cenar con su familia --tiene dos hijas con Corinna-- y, sobre todo, presentarme a su homólogo en la Oficina de Intereses, un joven afroamericano (prefiero el gentilicio negro a secas) de apellido Evans, que vino en compañía de su esposa. El tenor de la agradable charla de sobremesa fue más o menos el mismo que en su despacho. Los Evans se mostraron muy amables con nosotros, llevando a cada rato la animada charla al tema de nuestra seguridad, que era su principal cuita.

Una de mis últimas tardes en libertad --por alguna razón Quelle no se hallaba en Cuba--cruzaba yo la Quinta Avenida rumbo a otra embajada europea cuando los insistentes bocinazos de un Lada o un Moskovich me hicieron volver la cabeza. Era Henry, el Lektor de la recién abolida RDA aún en funciones. Notición: el Lectorado Alemán me acababa de asignar una beca del Instituto Goethe en Hamburgo o Munich.

Atando cabos, llegué fácilmente a la conclusió
n de que, habiendo sido yo expulsado de la cátedra "Humboldt", donde representaba al sector editorial, y por tanto de la Universidad de La Habana, aquella beca debía ser consecuencia de un ucase de mi amigo, que me la había reservado con la intención de alejarme del peligro. Pero la policía no me dejó tiempo para ponderar la conveniencia de perderme a tiempo del Morro.

Estando en prisión preventiva en Villa Marista, el instructor que me atendía, un tal Durán, que a decir verdad se portó conmigo como un caballero, ordenó traerme a su presencia. Había colocado en una esquina de la mesita de interrogatorio, de modo que yo no pudiera sosla
yarla, la visa concedida por la RFA. Un juego visual, psicológico, tentador...

Rechacé aquella tácita oferta con el argumento de que --señalé la visa-- ya yo había sido condenado a dos años en segu
nda instancia y semejante cambalache no me cuadraba en absoluto, por algo insistían tanto, firmar papeles que podían comprometer a otros. Además, quién me garantizaba que, una vez firmada el acta, sus jefes me iban a dejar salir del país.

Esa misma madrugada, mientras la furgoneta con las insignias de la DSE me conducía a la cárcel de Ariza, recordé con inmensa gratitud a aquel teutón generoso, mi influyente valedor en la Embajada de la RFA. No fue la última vez. Cuando me dieron la ansiada "Carta de Libertad" en agosto de 1993
--Criterio Alternativo ya no existía-- se suponía, es decir, se había sido acordado en firme entre embajadores que emigraría a Austria. Pero hete aquí que a última hora la embajadora austriaca da marcha atrás. Pues, bien, nada más decírselo a Herbert Quelle y al momento ya tenía yo el visado alemán en el maletín.

A todas éstas, el sagaz lector creerá poseer elementos de juicio de sobra para colegir que Pomar, hombre agradecido, paga aquí una vieja deuda de gratitud. En efecto, así es. Yerra, sin embargo, quien si intenta ir más allá de esa confesión: como editor y traductor, jamás he confundido amistad y oficio. El libro simplemente vale a mis ojos por sus propios méritos. Apenas estoy diciendo que la solidaridad con Cuba en los poemas y fotos (lamentablemente, no he podido reproducir aquí todo el material gráfico de Corinna) en este libro es fruto de vivencias personales de sus autores en la Isla, y de sus respectivos talentos.


En ambos ese sentimiento humanista se identifica, excepcionalmente para unos eurooccidentales, con el cubano de a pie y la oposición democrática.
Herbert y Corinna pagaron de su bolsillo la edición bilingüe, presentada en la Feria del Libro de Leipzig del año pasado. Por lo demás, ya he dado mi opinión: Patria o muerte. Lemas de la Revolución Cubana es una excelente crónica lírica del Período Especial. Dura crítica al castrismo, el modesto cuaderno jamás será publicado por las editoriales del régimen. Peor aún, no tiene futuro en Europa, por las razones que todos sabemos.

De modo que su divulgación en El Abicú Liberal es, posiblemente, la única manera de hacerles justicia a sus autores. Ahora toca a cada lector emitir o no su particular juicio de valor sobre los poemas. Pero mucho les agradecería que lo hicieran, ya sea a favor o en contra. Con eso cuento.

Jorge A. Pomar, Colonia

__________________________________________________________
Vaterland oder Tod. Parolen der kubanischen Revolution /
Patria o Muerte. Lemas de la Revolución Cubana
Poemas: Herbert Quelle
Fotos: Corinna Niesrath-Quelle
Traducción: Jorge A. Pomar
Copyright: © NORA 2006



El hombre detrás de la barba,
bajo la gorra,
a menudo tras cristales,
sean los del auto,
o los de la televisión,
te mira, pero ¿acaso te ve?
Te habla, pero ¿que te dice?
Sus pensamientos te traspasan
y donde ve héroes
tú solo ves muertos.

*************************

Niños arrojados con el agua de la fuente,
gran algarabía
en el vecindario:
chillo, luego existo.

Olores extraños,
sancocho, diríamos.
En la choza mas exigua la hornilla está encendida.
La gente es pobre.

Ahora el niño en el balcón
vuelve a cagarse
en el papel de periódicos,
que ya antes hablaba mierda.

Los televisores berrean
hasta el final de las emisiones.
Luego rompen a ladrar los perros,
que no soportan el silencio y la oscuridad.











****************************

Cu-bá

Cu-bá, Cu-bá, Cu-bá..
Muele ruidoso
El acompasado ventilador de techo.
Mas,
insomne,
el agotado
por la lucha
sólo oye:
ham - bre, ham – bre...

****************************

Cuanto más silenciosa y oscura la noche,
tanto más escandaloso y claro debo ser yo.
soy chillón, soy cubano.
Tan sólo esta noche una vez más
mi gemido es un grito jubiloso.
Y, si es preciso,
mañana también.
Presiento ya que
el año XXXIV de la Revolución
podría ser el último.
Sí, podría serlo.
Entretanto,
sin embargo,
sigo
siendo...
es mi júbilo en verdad también gemido.












********************************

Frente frío

Tú eres mi frente frío, prepotentes, tus nubes, viento y olas
echan a perder el día a mi pueblo.
Eres mas que una noticia, me eres siempre
bienvenido, no sólo en el parte meteorológico:
hasta en tu frialdad me caliento.

Habría un baile para nosotros
con sólo desearlo;
alzaríamos nuestros velos
al compás de caliente salsa.

Pero, ¿respeta el pueblo líderes desnudos?
¡No, sigamos tejiendo redes de mentiras!
Las verbenas son cortas, nuestro aliento, largo.

*****************************

Ignorado,
yace completamente reconocible
un perro
arrojado a la hierba
por el impacto de un vehículo.
Está muerto.

A simple vista
percibes la putrefacción.
El clima descompone deprisa
lo orgánico.
El hedor, brutal.

Describes un arco,
pero no lo bastante amplio.
El viento
trastorna tus planes.
Gusanera
de dos días.

Al sexto día
resta sólo pelo y piel,
esqueleto,
dentadura y cráneo.
¡Depredadores de cadáveres,
a la lucha!

Al séptimo día
observas con asombro
un perro
que se revuelca alegre
en el mismo sitio
donde ya no queda nada.









*****************************

El zoológico de La Habana

Pardo se yergue el oso en dos patas,
cual en el circo mascota indigente.
Contempla en lo alto estúpidas caras.
Sobre él se mece una malla ausente.

Llueven lentas sobre su foso desolado
Bolsas de nylón por lo común sin nada.
Este jardín ya no le brinda amparo.
Este pueblo ya no quiere ofrecerle ayuda.

Padece la añeja bestia sobre el cemento.
Entre la pelambre mira fijo un oso serio.
¿Cuántas costillas a relieve en su flanco?
Una breve ojeada deja resuelto el misterio.

No lejos, en la jaula de los primates,
tienden sin ceremonias sus brazos de hombre
nuestros más cercanos parientes:
no por congraciarse sino por hambre.

Por doquier la misma miseria,
tanta inmundicia, tantos males.
Anda el pueblo por las calles cual bestia,
padecen ya hambre en el zoo los animales.

****************************

Noche de San Silvestre de 1992

El hombre que asa el cerdo,
su hermano,
es videógrafo,
la familia que todo devora,
las reinas de la KGB,
el policía cuyo relevo no llega, la orquesta,
el viejo recitador,
lo italiano,
la piscina.
Agáchate,
bate palmas,
sigue bailando,
entra en la ronda...
1933
hace ya treinta minutos.
El mayordomo,
su mujer,
el tecladista,
que se parece al mayordomo,
los niños que corretean
con revólveres,
el cerdo que se columpia
en el asador:
Ojalá mi vida fuera
la del cerdo muerto.










*********************************

Tropicana

Tropicana:
te huelo y te miro
tus bien rasuradas axilas
que pretenden hacerme creer
en la general disponibilidad
de Deo y cuchillas de afeitar.

Tropicana:
tus abigarrados trajes no pueden
apartar la vista de las mesas vecinas
donde solitarios internacionalistas
y beneméritos compañeros,
cofinanciados por mis dólares,
disfrutan del show en moneda blanda.

Tropicana:
te hallas en el vórtice cabaretístico
cuando la selva virgen clama, potente...
Por lo demás un banal alboroto de respetables
Nalgas que se contonean, como plato fuerte.

**********************************

La plaza
un plato de arroz con frijoles
colmado de pueblo multicolor
agitando banderas, desfilando
en saludo al nuevo año
o al Día del Trabajo,
dando vivas
a los oradores de la Revolución,
los cuales,
de tanta masa presente
ya no alcanzan a ver
más allá
del borde del plato.










***********************************

Puta de Cuba

Cada vez que te entregas,
el capitalismo penetra un palmo más.
El empuje del cliente indeseado
Atraviesa contigo al sistema,
que ha tiempo ya no es inmune.
Miente como tu chulo.
Jinetera, desde tiempos prerrevolucionarios
las luces de tu gremio iluminan
el presente y el futuro.

***********************************

Te abres desmesuradamente.
Yacen ante mí,
extendidas,
tus tristes verdades
y tus osadas mentiras.

Esparrancada,
desde la modernidad de neón
de tu licra rutilante,
cada vez que te rocía un reflector,
procuras deslumbrarme.

Te sientes bien en la cuneta,
serpentea lasciva tu fina lengua.
No, no lo haces por necesidad.
¿Confío en la barba?
¿Debe suceder?










**************************************

Abismos de caza

Las rosas en la Quinta han sido arrancadas.
Sólo en el Malecón
y alrededor de los hoteles
aguardan aún
tantas flores mustias
por tardíos zánganos que,
recién llegados por vía aérea,
se asean ahora en el baño.

Los cotos están vacíos los sábados a las diez.
La presa cobrada está ya instalada
en un restaurante
y piensa,
con el estómago lleno:
es hora ya
de desplumar al buitre que,
aún vestido,
es espantoso.

El vuelo resulta, él encantado
y ella desde ya soñando:
en la boutique hay
lo que hace falta para sobrevivir,
para sus seres queridos que,
aunque engañados como todos,
se desalientan en silencio.

********************************

Tiendes la mano hacia mí,
bella.
Sobre el asfalto
casi te rozo
con mis ochenta kaemeache.
Ya fuera del haz de luz larga
y en el retrovisor,
tu aerodinámica carrocería
pierde peligrosidad...










*********************************

La bicicleta

La sombra, el espectro
más oscuro de la noche.
Negro,
reconocible
por su movimiento,
pasa como una exhalación
en dos ruedas.
Ha navegado con suerte.
Cientos de miles tan sólo en la capital,
tan negros o aún más negros,
ruedan sin luces
en la oscuridad.
Víctimas y victimarios
de mañana,
porque los días están contados.











*********************************

Inundación (13 de marzo de 1993)

En esta isla no pasa nada,
dice.
La única vez que pasó algo fue en el 59.
Y por la brecha
que la marea del siglo
ha abierto
en casas ruinosas
de tiempos prerrevolucionarios
sobre el mar apenas animado,
mira hacia el Norte.

*********************************

26-12-92

Mañana es mi cumpleaños.
Con cuanto placer, amigos míos.
celebraría con ustedes la fecha.
Pero sucede con mis amigos que:
Elizardo yace en la sala penal de un hospital,
Gustavo sufre prisión domiciliaria,
Sebastián se obstina en su galera,
Thais se ha ido a España,
Jorge cumple condena en un correccional,
María Elena languidece tras las rejas
Y otros muchos que no menciono
han sido reducidos al silencio.
De modo que la torta no me sabría bien.
Ahogo, pues, mi dolor en una copa de ron:
¡A la salud!











Thursday, 2 August 2007

Historia de una obsesión



Yoani Sánchez (nac. 1975). Licenciada en Filología. Reside en La Habana y combina su pasión por la informática con su trabajo en la Revista Digital Consenso, de cuyo Consejo de Redacción es miembro. Tiene un blog propio llamado Generación Y, donde invita a colaborar especialmente a los "nacidos en la Cuba de los años 70s y los 80s, marcados por las escuelas al campo, los muñequitos rusos, las salidas ilegales y la frustración".


Entrevista con un balsero cubano

Por Yoani Sánchez, La Habana

Yo sólo cuento con mi balsa, con mis energías para echarme a la mar, con mi capacidad para orientarme, con mi juventud. No quiero nada más que lo que pueda ganarme con mi esfuerzo. [Carlos Manuel, balsero anónimo]


La relatividad de las distancias obsesiona a los balseros cubanos. Tan cerca pero tan lejos parece decirles la franja de mar que se extiende entre Cuba y los Estados Unidos.

Cuando el Instituto de Meteorología anuncia varios días con buen tiempo, entonces las apartadas costas cubanas ven llegar las balsas con los hombres y mujeres que la nación se pierde, que dejan de emplear aquí su talento, su tiempo y sus vidas. Algunos le cuelgan a esta emigración ilegal el cartelito de “económica”, como si la economía y la política pudieran, en Cuba, ir cada una por su lado.

Carlos Manuel ha hecho tres intentos de salida ilegal, en el primero la delación de uno de los del grupo no lo dejó ni siquiera alejarse de las costas; el segundo lo llevó fuera de las aguas jurisdiccionales hasta ser interceptado por los guardacostas norteamericanos; recién ahora acaba de regresar del tercer viaje con la propela partida y el motor trancado por la falta de aceite. Afirma que este verano sí va a lograrlo, mientras me muestra los planos de un engendro fabricado con tubos de regadío. Acepta compartir sus anécdotas en una entrevista, no sin antes aclararme que no debo poner su verdadero nombre y que tampoco va a contarme desde qué parte de la costa norte piensa salir.


Tú has intentado ya en tres ocasiones alcanzar las costas de los Estados Unidos. ¿Por qué esa obsesión con llegar o, si lo prefieres, con salir?

Yo estoy pensando en esto de salir del país desde hace más de diez años. Al principio quise hacerlo a través de una carta de invitación para Italia, pero no funcionó, porque entre el permiso de salida, el pasaporte y el boleto que tenía que pagar se me montaba en más de mil dólares y no podía asumir yo sólo esos gastos y tampoco conocía a nadie del lado de allá que me ayudara. Así que reflexioné un poco y me dije a mi mismo: “Yo conozco muy bien el mar, desde chiquito estoy metido en el agua”, pues entonces voy a usar el mar para cumplir mi sueño de salir de Cuba.

En un primer momento me daba lo mismo para dónde irme, sólo quería cerrar los ojos y estar lejos de todas las cosas que me molestan cada día. Estar a mil kilómetros de la cola del pan, del Jefe de Sector [PNR, Policía Nacional Revolucionaria], de los problemas del transporte, de las mesas redondas [espacio televisivo de agit-prop conocido popularmente como “La Mesa Retonta”], y también de mi familia, pues ya en la casa no cabemos y la convivencia se hace muy difícil.

Entre mis amigos algunos se fueron para España, otros se casaron con extranjeras y ahora me mandan postales desde lugares increíbles. Otros prefirieron quedarse y la verdad es que no les va bien. Cuando me encuentro con ellos me dicen que siguen viviendo con sus padres y que ahora reciben en su centro de trabajo una jaba de estímulo una vez al mes con jabón y detergente. Yo no quiero eso para mi vida, no quiero llegar a los sesenta y tener una pensión que no me alcanza para nada y tener que vender cigarros para poder sobrevivir, y todo eso en mi propio país. No quiero que mi vida dependa de los caprichos de unos pocos que por allá arriba deciden si este mes debo comer chícharo [guisantes] o lentejas. Quiero experimentar y probar otras cosas y no creo que en los próximos diez años pueda lograr hacerlas aquí.


La segunda vez fuiste capturado por los guardacostas norteamericanos y devuelto a la isla. Nos puedes contar con detalles todo ese proceso desde que la balsa fue iluminada por los reflectores hasta que la policía cubana te dejó en tu casa.

Fue muy duro para todos los que íbamos en la balsa cuando nos dimos cuenta que habíamos sido interceptados. En aquella balsa habíamos invertido el dinero de la venta de todos nuestros objetos personales, así que en unos minutos se fueron a bolina todos esos recursos y el tiempo y la energía que durante muchos meses habíamos empleado para construir el artefacto. La primera reacción que tuvimos fue la de no dejarnos atrapar, pero estábamos muy lejos de la costa y no había escapatoria, tuvimos que entregarnos.

Los guardacostas norteamericanos nos neutralizaron rápidamente, sin violencia, pero con una profesionalidad y autoridad que no nos dejó otra opción que colaborar. Nos montaron en una embarcación mediana y nos llevaron a un gran barco que funciona como albergue de todos a los que van cogiendo en alta mar. Allí van agrupando a la gente que ha sido interceptada y cuando tienen bastante los traen de regreso a Cuba.

Encontré gente muy chévere arriba de aquel barco. Aunque la mayoría eran muy jóvenes, también vi algunas personas mayores y hasta mujeres con niños muy pequeños. Cada uno de nosotros fue entrevistado por un oficial de emigración y nos confiscaron todo lo que llevábamos encima. Por suerte yo pude esconder el GPS [Global Positioning System (GPS) o Sistema de Posicionamiento Global] que era lo más valioso que tenía y con ese mismo hice la ruta la tercera vez.

Tres días después de estar en aquel barco-albergue nos trajeron y nos entregaron a las autoridades cubanas. Allí nos hicieron un expediente con nuestros datos y nos llevaron en un ómnibus cada uno a su casa. En mi cuadra buscaron al presidente del CDR [Comité de Defensa de la Revolución] y le explicaron que yo había hecho un intento de salida ilegal del país. Yo me sentía como un niño al que la maestra estuviera regañando delante de su mamá.


No te ha pasado por la mente desistir de esa obsesión y emplear tus energías y tu talento, aquí, en tu país.

Yo pasé por muchas etapas. En un momento me busqué un trabajo y me propuse seriamente hacer mi vida aquí. Pero después de seis meses desistí. Por un lado tenía al administrador pisándome los talones porque sabía que yo era uno que habían devuelto por querer irse en una balsa; por el otro no encontraba un espacio donde poder decir lo que yo pensaba sobre lo que me rodea, hasta llegué a creer que estaba enfermo, porque todo me molestaba. Sin embargo, hablando con gente de mi edad, me di cuenta de que el deseo de irse del país está muy extendido, quizás más de lo que se piensa. Comprendí que yo no era un bicho raro y pensé que si hay los que luchan por el sueño de estudiar en la universidad, o de ser un artista famoso, yo iba a emplear mis energías en cumplir mi sueño de viajar. Con eso creo que no le hago daño a nadie; es una decisión personal y debería ser respetada como tal.

Intenté también dedicarme a la artesanía para ganar un poco más de dinero e independizarme de mis padres, pero todo terminó cuando me confiscaron un cargamento de caña brava que traía desde el Parque Lenin para hacer unos adornos. Me cayó una apatía tremenda con todo. Pensé en continuar estudiando, pero la opción de involucrarme en el plan de los Trabajadores Sociales no me atraía, tampoco graduarme y tener un salario que no alcanza ni para empezar. Entonces me puse a trabajar como CVP [guarda jurado del Cuerpo de Vigilancia y Protección]. Después de tres meses a prueba, me dijeron que yo no era una persona confiable y tuve que irme.


Tienes apenas treinta años, así que fuiste pionero, dijiste la consigna de “Pioneros por el comunismo, seremos como el Che”, perteneciste a la generación que debió ser “el hombre nuevo” y gritaste frases antimperialistas frente a la SINA [United States Interest Section en La Habana], cómo fue que la balsa terminó siendo el camino que escogiste para ti.

Eso mismo me pregunto yo. Porque cuando yo era un niño eso de irse del país estaba muy mal visto. Me acuerdo que mi mamá tiene unas tías que se habían ido en el ochenta por el Mariel y el nombre de ellas no se podía ni mencionar en la casa. Un día le mandaron un jeans a mi papá y tuvimos que esconderlo porque si no todos iban a decir que nos estábamos relacionando con los “gusanos”. Pero como lo que es malo siempre se vuelve muy atractivo empecé a interesarme mucho por todo lo que pasaba fuera de Cuba. Durante mucho tiempo pensé que todo el que se había ido era algo así como un traidor a la patria. Cuando me entró la picazón de irme de Cuba, razoné que los que se habían marchado antes eran los traidores, pero que yo no lo era. Ahora es que me doy cuenta que ni ellos ni yo estamos traicionando a nadie.

Lo que veo en la televisión me despierta más la curiosidad, porque no puede ser que allá afuera todo sea tan malo. Así que me he propuesto averiguarlo por mí mismo. Te advierto que me atrae lo mismo Estados Unidos que México, Finlandia que Australia, yo lo que quiero es salir de aquí.

Normalmente nos pintan a nosotros los balseros como personas de bajo nivel, locos que se arriesgan sin saber qué quieren. Yo no soy ningún tonto, yo estuve a punto de graduarme en una ingeniería sólo que me desestimulé y lo dejé. Todos los que se van ahora conmigo, en este viaje que estamos planeando, son gente con estudios, tenemos hasta un cibernético que es el que va a manejar el timón.


Cuéntanos un poco de la preparación de las salidas.

Normalmente primero hay que decidir que tipo de artefacto se va a hacer. Hay muchas variantes, por ejemplo este que estamos construyendo ahora es de tubos de regadío cortados por la mitad y después convertidos en planchas que se unen con remaches. Como yo sé un poco de ingeniería naval entonces soy muy exigente con los detalles y no me gusta embarcarme en cualquier cosa improvisada. Soy un poco perfeccionista y saco cuentas matemáticas para que después en el mar no haya sorpresas desagradables. Por eso cada salida para mí lleva por lo menos unos seis meses para recopilar los materiales y comenzar la construcción.

Una vez que se tienen los materiales guardados en algún lugar cerca de la costa, entonces viene la construcción, que normalmente no se puede hacer toda en tierra firme porque entonces sería muy pesado de llevar hasta el mar. Con el agua al pecho trabajamos el resto del tiempo en algún lugar donde haya bastante vegetación que nos permita estar escondidos, o en los vericuetos de algún pequeño río. A veces se avanza muy poco y otras la policía descubre la embarcación antes de que esté lista y entonces lo pierdes todo. Eso me pasó una vez.

Comprar un motor es lo más difícil, pues debe ser de petróleo y en buen estado para que pueda estar funcionando largas horas. Hay que empezar a averiguar quién tiene un motor para vender y hacerlo con discreción para que no vayan a delatarte. Después hay que calafatear la estructura que se hizo con los tubos de regadío, y disponer bien el lugar del motor y del timón. La calidad de la propela es muy importante, por culpa de un defecto en ella se me frustró el último intento.

Esta vez quiero llevar también una vela, para cuando estemos llegando apagar el motor y que los guardacostas no nos detecten por el ruido.

También están los suministros, que incluyen --claro está-- petróleo, agua, sales de hidratación y comida que no se eche a perder fácilmente. Pero no se puede sobrecargar mucho la embarcación, así que debemos calcular para estar al máximo cuatro días en el mar. Si la travesía se excede de ese tiempo, ya sea porque se rompió el motor, o porque perdiste el rumbo, entonces hay que aguantar el hambre y la sed y rezar para que te encuentren.


Conoces, aunque eras muy joven, de la crisis de los balseros del año 1994. Cómo crees tú que ha cambiado la forma de “lanzarse al mar”.

Creo que cuando la crisis de los balseros la gente improvisó más las embarcaciones en las que se iban, pero ahora es común que las familias allá afuera les paguen a personas que entran en una lancha rápida y se llevan a los parientes. También están los que como yo construyen su propia embarcación, con calma y con sus propios recursos.

La cosa ha cambiado mucho, porque ahora hay algunos detalles tecnológicos que facilitan el viaje. Por ejemplo están los teléfonos celulares que sirven para avisar si hay algún percance en alta mar o para hacerle saber a la familia en qué situación está uno. Lo mejor son los GPS, esos aparatitos se programan y ya timonear es mucho más fácil si te guías por la ruta que te muestra la pantalla.

También ahora no es obligatorio llegar a tierras norteamericanas, pues en algunos países del Caribe también te aceptan si llegas a sus costas. Es más complicado y no hay Ley de Ajuste cubano, pero al final terminan entendiendo la situación de uno y permitiéndote que te quedes.


¿En medio del mar, con la noche encima, lejos ya de las aguas jurisdiccionales cubanas no sentiste miedo o arrepentimiento?

La verdad es que el mar de noche impresiona. Uno no está seguro si va en la dirección correcta y cualquier pez que pasa cerca de la superficie piensas que es un tiburón. Muchas veces me dije “¿Pá qué me habré metido en esto?” Pero enseguida me sobrepuse, porque sabía que ya en ese punto no había marcha atrás. Creo que la juventud es la etapa de la vida donde uno se arrepiente de muy pocas cosas, pues todavía hay tiempo para volverlas a hacer si salen mal. Estoy seguro que si ya tuviera cuarenta no me metería en esto.


Sé que tus bisabuelos escogieron este país para escapar de los rigores de la España de los años veinte ¿Por qué ahora tú haces el camino en la otra dirección? ¿Por qué crees que Cuba dejó de ser un país de inmigrantes para convertirse en uno de emigrantes?

Bueno, yo no sé mucho de eso, lo que sé es que mis bisabuelos maternos son asturianos y llegaron aquí buscando mejores oportunidades, pero ahora mi familia de aquí depende de la ayuda económica que mandan los parientes --que se fueron-- para poder vivir.

Yo no soy ningún apátrida, como se dice, me gusta mi país y he leído mucho de historia de Cuba y me emociona todo lo que este país ha vivido. Cuando veo cualquier competencia deportiva siempre le juego al equipo cubano. Pero no estoy ciego: el patriotismo no puede ser sólo eso. Se supone que la patria también tiene que darte, tiene que sentirse orgullosa de ti. A veces, cuando voy a una cafetería o me paseo por la Habana Vieja, las personas piensan que soy extranjero, pues tengo los ojos claros y la piel muy blanca. En un primer momento me tratan con mucha amabilidad e inmediatamente que me oyen hablar como cubano cambian totalmente su actitud. Eso me hiere; siento que por ser cubano estoy en el escalón más bajo, y eso no puede seguir siendo así. Sin embargo, veo a mis amigos, también cubanos, que se fueron hace un par de años y que ahora regresan y pueden hospedarse en un hotel, rentar un auto, hablar con más libertad sobre lo que piensan y hasta abrir una línea para un teléfono celular, y la verdad que me siento humillado.

Mis propios bisabuelos me enseñaron desde chiquitico a amar este país, me hablaban de él como si hubieran nacido aquí. Yo quisiera poder tener aquí una vida como la que ellos se labraron siendo inmigrantes.


Una vez interceptado en alta mar recibiste un sobre amarillo de mano de los guardacostas norteamericanos. ¿Qué contenía? y ¿Cómo empleaste su contenido?

En ese sobre las autoridades norteamericanas me invitaban a solicitar legalmente una visa de emigrante. El formulario incluía un número de expediente y me pedía una serie de datos. Lo llené por rutina, porque sé que la cola para obtener una visa de ese tipo ya tiene varios años de espera. Y he escuchado que este año no van cumplir con la cuota que habían prometido, así que yo prefiero hacerlo por mi cuenta de una manera más rápida.


¿Has recibido algún tipo de presión por parte de las autoridades cubanas después de ser regresado?

Después de mi segundo fracaso, cuando las autoridades norteamericanas me entregaron en manos de la parte cubana, he sido presionado por el Jefe de Sector para que me ponga a trabajar. Cada vez que pasa algo, ya sea la Cumbre de los No Alineados o la Operación Caguairán [incluye movilización de vigilancia hasta fines de 2008] me citan a la Estación de Policía y me advierten que no puedo salir de La Habana. Aunque nunca han sido violentos conmigo, me siento controlado y vigilado por ellos. Incluso han visitado los centros de trabajo donde he estado contratado y han advertido a mis jefes de mis intenciones de emigrar. La última vez que me citaron fueron más intimidatorios, y hasta me advirtieron que no podía seguir relacionándome con algunos amigos.


Eres joven y ya has empleado más de diez años de tu vida en un sueño que no has podido cumplir. No querrá decir esto que es mejor reconformar los planes y abandonar la idea de emigrar.

No pienso desistir de esa idea. Ya he empleado mucho tiempo en ese plan y estoy completamente “quemado”, quiero decir, que todo el mundo lo sabe. Es como cuando te pasas media hora esperando en una parada y sabes que si sales caminando lo vas a lamentar cuando veas que la guagua [autobús] te pasa por el lado. Además ¿Cómo puedo “reconformar los planes”? ¿Tratando de trepar dentro del sistema, o metiéndome en la oposición?


¿Qué crees que te espera al otro lado?

Yo no soy de los que se hacen castillos en el aire y piensan que nada más que llegue voy a tener carro y casa. Lo que yo quiero para mi es trabajo, y que lo que gane con mi trabajo me sirva para tener una vida normal sin tener que robar o fingir. La verdad es que yo no pienso tanto en las cosas materiales que hay allá, sino en todo lo que voy a poder hacer. Por ejemplo sueño con poder navegar en Internet, pues creo que en total en todos estos años no he podido estar ni una hora conectado leyendo toda la información que me interesa.

Quiero viajar también y dedicarme a lo que yo quiera, ya sea pintarme el pelo de verde o meterme en un partido ecologista. Cualquier cosa, siempre que pueda decidirlo yo. Eso es lo que más me atrae de vivir fuera de Cuba, la posibilidad de salirme de todos esos controles que tenemos los cubanos encima, de todas esas discriminaciones en nuestro propio país, de toda esa burocracia absurda que cualquier pequeña cosa que uno va a hacer cada día se convierte en un calvario de trámites y limitaciones.

Tengo un amigo que se casó con una alemana y ahora vive en Berlín, me dice que si en un hotel de esa ciudad no dejaran hospedarse a alguien por su nacionalidad, ya sea alemana, turca o iraní, eso sería un escándalo que saldría en la prensa y generaría hasta protestas populares. Sin embargo, aquí cada día nosotros los cubanos no podemos acceder en nuestro propio país a servicios y lugares que sí pueden usar los turistas. Por eso, si logro irme, quiero probar si en otro país me permiten hacer lo que en el mío propio no puedo: comprar lo que necesito con la misma moneda que gano trabajando, expresar mis ideas políticas sin temor y poderme asociar según esas ideas, en fin, ser yo mismo, que es al final lo que estoy buscando.


Me gustaría convencerte de que desistas de tus planes, de que te quedes e intentes cambiar aquí lo que no te gusta, de hacer tu propio espacio; sin embargo, quisiera oír los argumentos que usarías para convencerme a mí de lo contrario.

Aquí no voy a poder cambiar las cosas tal y como yo quiero, porque los ciudadanos no tienen en sus manos ni los recursos ni el tiempo para hacerlo. Me duele dejar mi país, pero lamentablemente mi vida está pasando y no puedo esperar más por el “futuro luminoso” que me prometieron de niño. Éste es el mejor momento de mi vida, cuando más energía tengo para trabajar y llevar proyectos adelante, y no quiero que todas esas ganas de hacer algo se pierdan en la espera.

Si tú quieres quedarte yo respeto tú decisión, pero no veo porque hay que lanzarme insultos a mí de “apátrida”, “gusano” o “vendepatria” sólo porque he decidido hacer mi vida en otra parte. Tampoco entiendo todas esas limitaciones para entrar y salir del país, ese concepto de la “salida definitiva” o de la confiscación de bienes al que se va. Yo recuerdo haber oído de chiquito que la construcción de este sistema era una cosa voluntaria, así que tengo todo el derecho a no querer participar.

Al menos yo soy sincero con lo que quiero y no he fingido durante años para después venir a quedarme durante un viaje oficial, como hacen tantos artistas, funcionarios y deportistas, que hasta ayer mismo estaban jurando fidelidad a la Revolución en la televisión. Yo sólo cuento con mi balsa, con mis energías para echarme a la mar, con mi capacidad para orientarme, con mi juventud. No quiero nada más que lo que pueda ganarme con mi esfuerzo.

Yo regresaré y me gustaría saber entonces que has hecho tú con tu vida que yo no haya podido hacer con la mía.