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¿Se salva o perece el estado del bienestar social?
Por Jorge A. Pomar, Colonia
Especulaciones sobre las causas del triunfo de la Tercera Vía
La crisis del estado del bienestar, analizada aquí en el paradigma del laborismo británico, remite, en primer lugar, a la contracción demográfica de la clase obrera y sus efectos concomitantes. Lejos de multiplicarse, el obrero industrial es hoy una especie en extinción. Cada nueva inversión tecnológica reduce cada vez más su número. Al extremo de que los obreros industriales representan hoy alrededor de un cuarto de una población activa en la que prevalece el sector de los servicios. El protagonismo del aprietatuercas chaplinesco en las fábricas modernas corresponde desde hace rato a una nueva aristocracia laboral: la tecnocracia.
Siendo la clase obrera la base del poder de las trade unions y del Labour, de todos modos éstos acabarían perdiendo influencia a medida que el número de aquella continuase decreciendo. Los sindicatos británicos no perdieron influencia sólo porque la Dama de Hierro les apretara las tuercas jurídicas. La Thatcher no hizo otra cosa que forzar al desbocado liderazgo sindical a resignarse a un status configurado por el desarrollo tecnológico. Otros poderosos sindicatos europeos han corrido la misma suerte: el total de afiliados ronda el 25%.
No en balde la crisis socialdemócrata a fines de los 70 coincide con la boga del “eurocomunismo”, un acercamiento tardío a las tesis revisionistas de Eduard Bernstein por parte de los jefes de los grandes partidos marxistas europeos. La apostasía de Georges Marchais, Enrico Berlinguer y Santiago Carrillo no funcionó: en apenas treinta años los otrora poderosos partidos comunistas de Francia, Italia y España quedaron reducidos a insignificantes minorías recicladas que a duras penas se empatan con algún que otro escaño en el parlamento.
Significativamente, sus homólogos socialdemócratas no se han beneficiado en absoluto de esas deserciones masivas entre los adeptos a la hoz y el martillo. Al contrario, aunque en menor cuantía, ellos también han visto mermar bastante su membrecía. El fallo de la “misión histórica del proletariado” por escasez de obreros explica también, en última instancia, la crisis general del estado del bienestar. Veamos los porqués.
En primer lugar, la inmensa popularidad de ambos experimentos totalitarios indica a las claras que el proletariado, como cualquier otra clase social, sirve lo mismo para un roto que para un descosido. Su tendencia a cambiar libertad por seguridad, bienestar por responsabilidad, llevó a las masas populares alemanas a firmar sendos pactos fáusticos con nazis y estalinistas; y a su homóloga británica a poner en peligro, por desmesura clasista, al estado del bienestar. Actitud observable también entre el proletariado francés.
Pero la clase obrera --que por lo demás siempre ha sido un estamento social estratificado y complejo-- no ha cambiado solo cuantitativa sino también cualitativamente. Buena parte de la mano de obra industrial del Reino Unido clasifica hoy, por salario y nivel profesional, como aristocracia obrera. Esa nueva tecnocracia, que gana bien y a menudo posee acciones de sus empresas, se interesa por la buena marcha de las mismas. Juega aquí otro factor que afecta al movimiento sindical y a la socialdemocracia: la ambigüedad social del obrero calificado, que ahora suele ser empleado y, a la vez, pequeño copropietario de su fábrica.
Para expresarlo en terminología marxista: por un lado, los obreros siguen interesándose por el aumento de la parte de la plusvalía correspondiente al salario; por el otro, en la medida en que adquieren acciones, crece su interés por la ganancia capitalista y la “reproducción ampliada” (inversiones de capital). Aumenta a la par su aversión a las huelgas. Este fenómeno de socialización del capital presenta una arista que escapa al análisis: el hecho de que todos los asalariados cobren aquí por giro a cuenta corriente --y no por sobre, como aún ocurre en Cuba-- no sólo estimula el ahorro de parte el salario a interés sino que, ya sin eso, los inserta en el negocio bancario. Es decir, el salario, ya sea alto o bajo, entra en el flujo crediticio e inversionista desde el momento en que es depositado en el banco.
La movilidad de personas, mercancías y capitales en el mercado interno; la rápida expansión hacia el Este; la caída de las barreras comerciales externas de la UE; y la espada de Damocles del outsourcing (deslocalización) --una opción que la gerencia guarda siempre en la manga en la era de la globalización-- hacen el resto para que el recurso a la huelga y el sindicalismo político hayan caído en desuso.
Antes de parar las máquinas, se negocia hasta el cansancio en el consejo de administración, pues no todas las firmas pueden darse el lujo de incumplir compromisos con sus clientes: la competencia nunca duerme y es ubicua, pudiendo surgir como deus ex machina de dentro o fuera del país. Por su parte, el estado reduce el sector público a la mínima expresión, y es cada vez más remiso a subvencionar empresas deficitarias. Por todas esas razones, sumadas a las contingencias coyunturales, la “paz social” deja escaso margen a los enfoques clasistas de la vieja guardia socialdemócrata. La Tercera Vía se perfila, pues, como la única alternativa capaz de sacar adelante al estado del bienestar en los tiempos que corren.
Tras haber perdido tres elecciones al hilo ((1979, 1983 y 1987) a manos de la Dama de Hierro, el Partido Laborista admitió la irreversibilidad de la revolución thacheriana. Sus líderes ya habían implementado la profunda revisión organizativa y político-ideológica del Partido Laborista conocida como New Labour o “Nuevo Laborismo”, cuyo eje fue un replanteamiento a fondo de las relaciones entre el partido y las trade unions (sindicatos).
Los laboristas encajarían aún una cuarta derrota en las urnas en 1992 frente al primer ministro conservador John Major (1990-1997), quien había sustituido a la Thatcher dos años antes. Cuando al fin retornaron a Downing Street con Tony Blair cinco años después, éste ya venía con el firme propósito de restablecer la consensus politics (política de consenso) interpartidista, rota por la Thatcher en 1979. El resultado de esta continuidad laborista de las reformas neoliberales thatcherianas sería la llamada Third Way o “Tercera Vía”. Desde entonces ambos partidos coincidirán en el medio: los conservadores ocupando el centro-derecha y los laboristas el centro-izquierda.
Anthony Giddens, padre del New Labour
Para el sociólogo británico Anthony Giddens, director de la London School of Economics y autor del ensayo La tercera vía: la renovación de la socialdemocracia (1998), el Nuevo Laborismo “se halla en una línea de continuidad con el desarrollo a largo plazo del pensamiento socialdemócrata y también con varios períodos del revisionismo socialdemócrata”. A su entender, “el gran cambio de la vieja izquierda a la nueva izquierda consiste en que ahora hay mucha más sensibilidad para las conexiones entre política social y política económica”.
El consejero número uno de Tony Blair aduce que “a veces es preferible bajar los impuestos a fin de estimular el desarrollo económico y el florecimiento de las empresas”. El ablativo deja abierta la alternativa contraria, es decir, que en ciertas coyunturas conviene hacer lo contrario en un mundo en el que las decisiones nacionales dependen cada vez más del contexto internacional.
Giddens estima, sin embargo, que la mayoría de las veces conviene bajarlos, pues con ello “podría obtenerse una recaudación mayor que insistiendo en un sistema impositivo rígidamente demarcado”. Giddens añade: “Si Usted consigue eso, puede recaudar dinero suficiente tanto para gastar en las instituciones públicas como para gastar dónde sea necesario en términos de redistribución a través de transferencias de ingresos y recursos”.
Siguiendo esta pauta, Giddens persuadió al liderazgo laborista de que, para conseguir los mismos objetivos sociales, debía hacerse todo lo contrario de lo que se había hecho hasta entonces: reducir del gasto público, adelgazar el aparato administrativo y bajar las prestaciones de la seguridad social (obligación de trabajar por salarios equivalentes al subsidio de desempleo); privatizar lo que quedaba del sector estatal (incluido el Metro de Londres); dejar de subsidiar a empresas en quiebra; buscar a toda costa el equilibrio presupuestario y la estabilidad monetaria; modernizar la industria, apostando resueltamente a las nuevas tecnologías; y sobre todo restablecer la división de poderes entre sindicato, patronal y gobierno.
Frente al aluvión de quejas de la izquierda contra su replanteo de los objetivos de la fiscalidad, que parecía favorecer a los sectores de mayor ingreso en detrimento de los trabajadores, respondió con un argumento aparentemente paradójico: “Contra lo que piensan muchos, si el actual gobierno laborista mantiene el rumbo, será más redistributivo que cualquier otro gobierno laborista de posguerra”. Por lo demás, para aumentar los beneficios sociales es preciso subir los impuestos, lo que da lugar a la fuga de capitales.
Tony Blair y El capital
La discrepancia con el enfoque socialdemócrata ortodoxo no es, por ende, de fondo sino de método. La política tributaria de la Tercera Vía es más pragmática, pero igual concibe al fisco como instrumento redistribuidor de la riqueza social. Por esa cuerda, Tony Blair refuta los reproches de “liberalismo recalentado”, “laissez-faire”, “neoliberalismo con un toque social”, etc., alegando que la Tercera Vía no es “un tercer camino entre la filosofía conservadora y la socialdemócrata, sino socialdemocracia renovada”.
A pesar de su éxito, el concepto sigue siendo objeto de controversias. Pero, en resumen, la Tercera Vía difiere del laborismo (y la socialdemocracia europea) tradicional al menos por siete rasgos distintivos: (1) No pretende asegurar al individuo “desde la cuna hasta la tumba”, generando por un lado “trabajo para los que puedan trabajar” y, por el otro, limitando la seguridad social a “aquellos que no puedan costeársela”. (2) Prioriza la iniciativa individual frente a la colectiva o, lo que viene a ser lo mismo, la igualdad de oportunidades frente al igualitarismo. (3) Socializa el capital, privatizando pensiones y viviendas, por un lado, y fomentando por el otro la compra de acciones bursátiles por los obreros. (4) Concede una importancia decisiva a los índices macroeconómicos, a través de los cuales el estado ejerce una fuerte acción reguladora. (5) Apuesta más a investigación y desarrollo, know how, informática, nuevas tecnologías, finanzas, formación profesional y universitaria. (6) Desideologiza la gestión gubernamental, confinando a las trade unions a su función gremial y desentendiéndose del antagonismo tradicional entre izquierda y derecha. (7) Redefine el concepto de patria al reconocer a la nación como una “identidad compleja” cuyas fronteras se difuminan en el contexto de la globalización. Lo cual se concreta en la renuncia al proteccionismo comercial y financiero, pero tiene su contrapartida monetarista en la autoexclusión del Reino Unido de la zona del euro.
Vista desde esa óptica, más que “socialdemocracia renovada”, como la ha definido Blair, la Tercera Vía sería una amalgama de socialdemocracia y neoliberalismo. O sea, una revisión pragmática del estado del bienestar a fin de conferirle al modelo la flexibilidad necesaria para ir adaptándose sobre la marcha a las cambiantes exigencias de la globalización. Por otra parte, el afán despolitizador de Blair se corresponde con la obsolescencia de los sistemas filosóficos omnímodos en la era postmoderna.
Para reducir el desempleo, efecto forzoso del componente neoliberal del modelo, el consejero de Blair estima que la Tercera Vía exige “invertir en las habilidades tanto de los que están fuera como de los que están dentro del mercado laboral”, debiendo darles a las personas “la oportunidad de desarrollar sus potencialidades a lo largo de toda su vida”. La formación profesional permanente, si bien no consigue realizar la quimera del pleno empleo, reduciría el paro, al asegurar un reciclaje laboral óptimo frente a los constantes cambios tecnológicos en la esfera de la producción y los servicios. (No existe una correspondencia obligada entre cantidad de puestos de trabajo y población activa. Aparte del que, aunque parezca maquiavélico afirmarlo, se sabe que el pleno empleo afecta la relación entre oferta y demanda de mano de obra y, por ende, la competitividad.)
Esta estrategia ocupacional se complementa con otra que no solo apunta al futuro sino que trastorna por completo la ortodoxia socialdemócrata. Blair la resume en una sola frase: “Nuestra política es que los empleados pasen a ser miembros de sus compañías por medio de fondos fiduciarios creados a su nombre que les permitan ejercer su derecho individual a votar [en el Consejo de Administración de sus empresas] de acuerdo con el número de acciones que represente su interés en dichos fondos fiduciarios”.
Si bien, le preocupa que “el énfasis en el rol del sector voluntario [sociedades anónimas] y privado” induzca al estado a descuidar sus responsabilidades respecto a la cohesión social y, como buen socialdemócrata, defiende los mecanismos de regulación estatal de la economía y el papel redistributivo del fisco, plantea dos preguntas de cuyas respuestas depende si un gobierno aplica o no los postulados de la Tercera Vía: “Primero, ¿conducen sus políticas a que la posesión de propiedad y riqueza se expanda entre la población? Segundo, ¿estimulan sus políticas una ciudadanía más activa y una devolución de las decisiones políticas al nivel más bajo posible?”
La respuesta a la segunda pregunta ha conducido a Blair a hablar de “democracia directa”, un concepto ciertamente grávido de resonancias totalitarias. La democracia sólo puede ser representativa, a no ser que toda la población del país quepa en el ágora como en los tiempos tribales de la Grecia clásica. De lo contrario, se convierte en una farsa. Lo sabemos los cubanos por experiencia propia. Anotémosle el desliz a la conocida labia populista de este líder laborista de centro-izquierda.
A la primera pregunta, Blair responde que la Tercera Vía consiste “...en contribuir a crear una Europa próspera y competitiva económicamente a la vez que se garantiza un nivel alto de justicia social”. ¿Por cuál vía? Aquí echa mano de un recurso tabú para la izquierda, a saber: la “socialización del capital” por medio de la proliferación de pequeños accionistas que, contraviniendo el eslogan marxista de la “expropiación de los expropiadores”, aumenta los fondos de inversión de las empresas colectivas.
He ahí el aspecto más novedoso de la Tercera Vía que, paradójicamente, se apoya en cierta tesis descartada del tercer tomo de El capital, la obra cumbre de Carlos Marx, donde el profeta del comunismo afirma:
En las sociedades anónimas la función está separada de la propiedad del capital. Por tanto, también el trabajo está totalmente separado de la propiedad sobre los medios de producción y del plustrabajo. Este resultado de la última fase de desarrollo de la producción capitalista constituye un punto de viraje necesario hacia la reconversión del capital en propiedad de los productores. Pero ya no más como propiedad privada de productores aislados, sino como propiedad suya en tanto que asociados, como propiedad social directa.
Aumento del nivel de vida en el Reino Unido
Apenas estrenado en el cargo, Blair dio un primer paso más allá incluso de los planes neoliberales más osados de la Thatcher: autorizó al Bank of England a fijar los tipos de interés --lo que equivale a dejar el precio del dinero a merced de la ley de la oferta y la demanda-- sin consultar al gobierno. Con rotundo éxito: a pesar de la alharaca de la galería izquierdista y de la alarma de los conservadores, la City londinense, sede de la bolsa británica, se codea hoy con Wall Street.
A modo de comparación: los cien principales bancos y consorcios de la Bolsa de Londres juntos cotizaban en 1986 para un total de 92 mil millardos de libras esterlinas. En cambio, tras fuertes procesos de fusión, hoy el valor de una sola de las 31 firmas restantes, asciende a 116 millardos. Y la media de las transacciones diarias casi duplica la de Nueva York.
En fin, la economía inglesa se ha a mundializado a una escala superior a la del inmenso British Empire de la época victoriana.
Todo esto ha generado un aumento sostenido del consumo y una bajada de los indicadores de pobreza a alrededor del 17%. Cierto, se ha ampliado la brecha entre los que ganan más y los que ganan menos, pero todos ganan más que antes. Además, el costo de la vida es más alto en el Reino Unido que en otros países comunitarios, lo cual se debe mayormente a los onerosos gravámenes que pesan sobre algunos productos (artículos suntuarios, bebidas alcohólicas, tabaco, restaurantes, gasolina, etc.).
El Impuesto sobre el Valor Añadido (IVA), que hace recaer sobre los precios al consumidor final el mayor impuesto indirecto del fisco, es del 17,5%. Los británicos, qué duda cabe, han tenido que ajustarse el cinturón. Entre otras cosas, porque ahora costean de su bolsillo sus pensiones de retiro, que han sido privatizadas, e invierten en la compra de acciones, lo que supone desembolsos adicionales.
Por contra, el precio de la canasta alimenticia básica para un núcleo familiar de tres o cuatro miembros no pasa de 200 £ (el Reino Unido no se integró a la zona del euro; una libra esterlina = 1,4 € o 1,9 dólares); las facturas de luz eléctrica, gas, agua y licencias de radiotelevisión juntas, otras 200 £. Admitiendo un amplio margen de error, no son egresos excesivos, si se tiene en cuenta que el sueldo medio del Reino Unido es también el más alto de la UE: 3.607 euros al cambio, contra 3.061 en Alemania, 2.615 en Francia, 1.236 en España y apenas 662 en Polonia.
Desde luego, los promedios engañan, pero las desigualdades sociales, hoy más extremas que nunca antes en el Reino Unido, son comunes para todos los países, capitalistas o no. (Incluido nuestro mal llamado “estado socialista”: en la última feria del habano, para no ir más lejos, uno de los hijos de Fidel Castro aparece fumándose el sueldo de un profesional cubano en un solo Cohíba.) Tienen que ver también con el pago de elevados bonos al personal de la bolsa. Por otro lado, el poder adquisitivo de los salarios británicos creció un 20% entre 1997 y 2006, contra sólo 0,4% en España, por ejemplo.
Aparte de eso, la duración de los contratos temporales en el Reino Unido supera con creces la media comunitaria, y el costo social de la mano de obra asciende al 11% del salario, contra 55% en Bélgica, 47,4 en Francia, 41,6 en Italia y 30.1% en España. Sumemos a todas estas ventajas el hecho de que los británicos pagan menos impuestos (22%). Sin contar que, gracias a la política de privatización de viviendas estatales iniciada por la Thatcher y continuada por Blair, sólo el 10% de la población vive aún en régimen de alquiler.
Por lo demás, la inflación se mantiene estable por debajo del 3%. Y gracias al boom de los servicios, que aportan tres de cada cuatro puestos de trabajo, el desempleo ronda el 5% de la población activa, contra una media comunitaria de 8-10% en el mismo período. Un indicador en rojo: la productividad. Aquí, si bien las cifras han experimentado una leve baja con respecto al período anterior, todavía se mantienen por debajo de las de Alemania, Irlanda o los países nórdicos. En compensación, ha surgido un poderoso núcleo de industrias de alta tecnología capaces de medirse con las más competitivas del planeta.
Amén de que el descenso de la productividad no es un índice negativo per se sino un correlato del descenso del desempleo, puesto que la incorporación al trabajo de gran cantidad de personas de menor calificación baja la eficiencia general de la industria y, en particular, la calidad de los servicios, que en general dejan mucho que desear en el Reino Unido. En contrapartida, al bajar el monto de los subsidios por paro, se reducen en igual medida los desembolsos del estado por concepto de seguridad social.
En suma, aunque nadie lo ha bautizado con este epíteto, cabe hablar de un discreto milagro económico neolaborista sobre la senda trazada por la Dama de Hierro. El que no ha sido nada discreto es el milagro irlandés, más sorprendente aún que el alemán o el japonés por haber ocurrido en tiempo récord y en uno de los países más pobres del planeta.
El milagro irlandés
Cierto, a diferencia de su pequeño vecino del Oeste, el Reino Unido contaba con estimables ventajas de partida: había sido cuna de la Revolución Industrial y segunda potencia económica del mundo, disponía de sus propios yacimientos de hidrocarburos en el Mar del Norte y era un país protestante, es decir, con un ethos religioso favorable al esfuerzo y al ahorro. Contaba, además, con una sólida tradición evolucionista, dialogante, y poco dada a las polarizaciones extremas del espectro político.
En cambio, Irlanda del Sur (Eire), atrasada, importadora de energía, agrícola y católica, con una clase dominante corrupta y una mentalidad rural más bien propensa a vivir de la mano a la boca, amén de un país de emigrantes poco poblado (4 millones de habitantes en 70.285 km2, aprox. Un tercio menos que Cuba), es la mejor prueba de que la Tercera Vía funciona también en el Tercer Mundo. Irlanda arrastraba también una larga historia de dependencia colonial, revueltas nacionalistas e inestabilidad social, además de terrorismo. Tenía, pues, en contra todos los handicaps habidos y por haber.
Hasta 1986 el Eire era una de las naciones más pobres de la UE de los 15, superada sólo por Grecia y Portugal. Pero poco a poco la clase política irlandesa en su conjunto había tomado conciencia del atolladero en que hallaba la nación. En 1973, tras acalorados debates internos, ingresó en la Comunidad Europea, hecho que sin duda la benefició materialmente y contribuyó a abrir la mentalidad de cajón de todos los isleños.
Antes de ingresar a la UE, laboristas (Labour Party) y conservadores (Fine Gael y Fiana Fáil), integrados en un gobierno de coalición, debieron sofocar el descontento en sus propias filas: los laboristas disuadir a los partidarios del proteccionismo; los conservadores, persuadir a los adversarios del cambio. Al mismo tiempo, aunaron fuerzas para doblegar al poderoso Irish Congress of Trade Unions (Congreso Sindical Irlandés, ICTU), temeroso de que la apertura arruinase a las industrias locales, como en efecto sucedió. Con el tiempo, se fue operando un cambio gradual de mentalidad. Finalmente, los irlandeses empezaron a votar por coaliciones de partidos proclives a las reformas.
Aquí intervino una circunstancia favorable: las trade unions irlandesas escarmentaron por cabeza ajena mirándose en el espejo de sus homólogas británicas, cuya enfrentamiento a cara de perro con la Thatcher les había costado la pérdida de influencia entre los obreros y el descrédito ante el resto del país. En 1987 el ICTU y otros gremios firmaron con el gobierno y la patronal el llamado Programme for National Recovery, un “Programa de Recuperación Nacional” que preveía, entre otras medidas afines, bajar los impuestos, garantizar unos niveles de seguridad social aceptables y congelar salarios y nuevos puestos de trabajo por tres años consecutivos.
El éxito fue espectacular: la tasa de desempleo ha caído del 18 a una media del 4%; el PIB per cápita, que en 1973 ascendía al 40% de la media europea, se situaba en 2006 en punta en la UE con 42.889 dólares, muy por encima del de la antigua metrópoli inglesa y sólo superado por Luxemburgo (72.855) y Noruega (44.342), un ducado liliputiense y un país nórdico petrolero, respectivamente. Más de un millar de transnacionales de la industria farmacéutica y electrónica (incluidas Microsoft e Intel) se suman a la minería y la industria turística para convertir a la otrora empobrecida isla en el “Tigre Céltico”.
Los irlandeses cuentan hoy con una eficiente red mixta de seguridad social que alcanza a toda la población. El sistema educativo, mayormente confesional, se adecua a las exigencias de la meritocracia. Desde los años 90 el otrora paupérrimo Eire logró equipararse al industrializado Reino Unido y al Ulster (Irlanda del Norte) y, en breve, los sobrepujó a ambos, dejando de ser un país de emigrantes para atraer crecientes cantidades de mano de obra calificada, sobre todo, norteamericanos de origen irlandés que aportan su know how, su dinero y sus hábitos democráticos. Un esquema que sacó del subdesarrollo también a Chile en un lapso similar y que, si navegamos con suerte, podría repetirse en Cuba al final de la era castrista.
Se corrobora así un viejo axioma: el vector decisivo en el desarrollo de un país no es la lucha de clases y partidos sino el consenso social y la calidad del capital humano. De ahí que, al apostar a un sano egoísmo más a tono con la naturaleza humana y, consecuentemente, basar la solidaridad en la igualdad de oportunidades y no en un igualitarismo ramplón, la Tercera Vía haya sido capaz de consolidar al descalabrado estado del bienestar en un país altamente industrializado (Gran Bretaña) y de fundarlo en apenas 20 años en un pequeño país del Tercer Mundo (Irlanda), todo ello en plena era de la globalización.
Bruno Kreisky y la ortodoxia socialdemócrata a modo de comparación
Para captar la trascendencia del viraje laborista, vale la pena citar a Bruno Kreisky, canciller federal austriaco (1974-1983) durante el período de esplendor del estado del bienestar europeo y uno de sus teóricos socialdemócratas más escuchados en la época. En su discurso “Las tareas del socialismo democrático en nuestra época”, Kreisky declara categóricamente de 1967:
Sabemos que la industria estatalizada abarca casi en su totalidad el enorme e importante complejo de la industria pesada. La industria pesada austriaca, la industria siderúrgica austriaca, así como gran parte de la industria química, pertenecen hoy, no a capitalistas individuales o grupos de capitalistas, sino al estado, y por tanto al pueblo austriaco. Ése es, sí señor, uno de los más grandes progresos en el camino hacia la humanización de la sociedad industrial moderna.
A juzgar por las palabras de Kreisky, la ortodoxia socialdemócrata incurre en el craso error marxista de equiparar propiedad estatal y propiedad del pueblo. El mantenimiento de un sector estatal dominante se da de narices con el objetivo de reducir el gasto público, conduce a la exuberancia del aparato burocrático-administrativo y lastra la macroeconomía. Como hemos visto en la crisis laborista, lejos de “humanizar a la sociedad industrial moderna”, la arruina y, de paso, convierte al proletariado en clientela electoral de los partidos que controlan el aparato del estado.
El huelgo no puede ser mayor con respecto a la Tercera Vía que, siguiendo la máxima de “eliminar a los pobres y no a los ricos”, busca cualificar profesionalmente al británico de a pie e insertarlo en la gestión económica en calidad de accionista con el fin de liberarlo de la tutela del gobierno. Leamos, a modo de cotejo, como definía Bruno Kreisky el dogma financiero socialdemócrata en la citada antología (pág. 130-131):
Es posible que, aquí y allá, en una empresa comercial o en otra empresa sean concebibles desplazamientos menores de propiedades. Pero no por ello podemos tolerar cambios en el hecho de que los bancos estatalizados austriacos controlen y financien una parte tan grande de la economía austriaca, porque realmente eso significaría que estaríamos entregando la economía austriaca al capital extranjero.
El modelo de Kreisky encajaba bien en los esquemas proteccionistas de preguerra, cuando el mundo se componía de un reducido núcleo de potencias industriales rodeado por un vasto entorno exportador de materias primas e importador de productos elaborados. Pero es incompatible con la concepción de la UE como un espacio económico abierto. En la aldea global de hoy se revela anacrónico.
Llama la atención el abuso del gentilicio, que destaca el afán nacionalista. Al abroquelarse frente al capital extranjero, el modelo socialdemócrata clásico --al que en última instancia aspira la corriente socialista democrática actual--, es inviable en la actualidad, puesto que presupone el proteccionismo. Conlleva la subvención masiva a la economía. A la larga, reduce la competitividad de la industria local. Lejos de “humanizar a la sociedad industrial moderna”, la arruina en su conjunto, empobreciendo material y espiritualmente a las masas populares. En ese sentido, Francia, donde persiste inalterado el modelo caro a Kreisky, es el mejor ejemplo de la crisis del estado del bienestar europeo.
El malestar francés
En el caso de Francia, damos por sentado que el lector ya conoce los indicadores en rojo de esa nación. Si no, baste con decir que la deuda pública asciende al 68% del PIB; el desempleo, al 9,9% de la población activa; y el costo social de la mano de obra al 47,4 del salario. Los impuestos están a la par de los beneficios sociales, que figuran entre los más generosos de la UE; la agricultura sobrevive a base de subsidios; y alrededor de un 15% de los ingenieros e investigadores se marchan cada año al extranjero. En 1980 el poder de adquisición promedio de los irlandeses era igual al 40% del de los franceses. Hoy aquellos pueden comprar con sus ingresos un 20% más que éstos. Hecha la aclaración, nos concentraremos en los aspectos subjetivos de la crisis, que son determinantes para romper la inercia social.
El resultado del inmovilismo francés es esa perniciosa degradación del estado del bienestar conocida como “asistanato, o sea, un sistema providencialista en el que las masas populares se envician a esperarlo todo de las arcas del estado. Veintiséis años de estancamiento acumulados entre el presidente socialista François Mitterrand (1981-1995) y el conservador Jacques Chirac (1995-2007) cementaron una mentalidad inmovilista que ha engendrado el bien llamado “malestar francés”. El ensayista galo Nicolas Baverez, experto en economía, atribuye esta anomalía de la psiquis colectiva a la naturaleza del establishment, al que define en términos que recuerdan la crisis británica:
La república francesa es un gobierno de los funcionarios, por los funcionarios y para los funcionarios. […] Hace falta denunciar el carácter incestuoso del condominio constituido por la clase política, el alto funcionariado y los sindicatos. Ese sistema es un sistema cerrado. Refiérase Usted a la izquierda o la derecha, ese sistema funciona en los dos campos. Por tanto, hay que romperlo.
Esta deformación, que se añade al exceso de centralismo de un país macrocéfalo en el que todo se decide en L’Île-de-France (París y los departamentos circundantes), se explica también en buena medida por la circunstancia de que casi toda la clase política ha egresado de una misma universidad de elite: la famosa École Superieure d’Administration (ENA). Los “enarcas” controlan el aparato estatal y dirigen Medef (Mouvement des Entreprises de France), la mayor federación patronal, además de todo cuanto vale y brilla en la política francesa. Al extremo de que los franceses describen al sistema como una “enarquía”. Según el ensayista Nicolás Baverez, experto en economía, “Francia es el único país desarrollado donde los funcionarios estatales ganan más que los ejecutivos del sector privado”.
En Los franceses. Reflexiones sobre el destino de un pueblo (editorial Plon, 2000, pp. 158-159, 219), el ex presidente Valérie Giscard d’Estaing (1974-1981), extendiendo el reproche a toda nación, se pregunta: “¿Cómo explicar esa paradoja que quiere que los franceses sean unánimes en reclamar reformas, pero que se las ingenien para hacerlas imposible?” Su respuesta triza el mito de la vocación jacobina de la Grande Nation:
La resistencia a la reforma viene menos de la resistencia de los intereses amenazados que de una suerte de repugnancia colectiva al cambio. Los franceses no aceptan decirse conservadores y, en embargo, entre los pueblos europeos son ellos los que oponen la mayor resistencia al cambio.
D’Estaing nos aporta una segunda clave que ilustra la secuela más dañina del igualitarismo a ultranza entre las masas populares francesas:
A medida que Francia se encaminaba hacia una sociedad de clases medias, esa concepción de la igualdad se ha hecho extensiva al conjunto del país […]: la igualdad concebida como la aversión al éxito ajeno. Ya no se trata de proponer iguales oportunidades para todos, sino ante todo de impedir o reducir el éxito de los demás.
Un estado mental lamentable en el que tiene mucho que ver el discurso errático de la intelectualidad progresista, predominante en la Grande Nation y en todo el mundo occidental. No en balde un Eric Conan se quejaba en su ensayo “El fin de los intelectuales franceses” (L’Express, 30-11-2000) de la terquedad de sus colegas al “preferir equivocarse con [Jean-Paul] Sartre a tener razón [Raymond] Aron”, un filósofo liberal quien pagó con el boicot literario la mala suerte de haber acertado siempre en el mano a mano que sostuvo entre 1950 y 1980 con su celebérrimo coetáneo existencialista. Dice allí Conan, refiriéndose a la extemporánea boga sartreana:
Cuatro biografías acaban de ser consagradas a quien sigue siendo el símbolo del compromiso erróneo por haber puesto demasiado a menudo su inmenso genio literario al servicio de un cretinismo político equívoco. Como si muchos intelectuales persistieran hoy en día en pensar que decididamente era preferible equivocarse con Sastre a tener razón con Aron. Como si continuaran privilegiando el estilo, el talento, la brillantez sobre la pertinencia.
Va de suyo que simpatizar a estas alturas con Sastre y sus epígonos equivale a compartir sus fobias contra el capitalismo, el liberalismo, la economía de mercado, la sociedad de consumo --sin la cual, por cierto, los índices de desempleo superarían a los de empleo--, la democracia representativa, el parlamentarismo burgués, los fundamentos judeocristianos de la cultura occidental, Estados Unidos, Israel, etc.
Ese imaginario tiene su correlato explícito en el mito sartreano del engagement intellectuel (compromiso de los intelectuales) y el culto a la violencia revolucionaria. Remite a la Revolución Francesa de 1789 y al tercermundismo del movimiento estudiantil del 68, para culminar carnavalescamente en las revueltas nihilistas de los suburbios de París y otras ciudades, cuyo último episodio fueron los recientes disturbios en la Gare du Nord (Estación Ferroviaria del Norte) parisina.
De ahí también que Francia detente el récord comunitario en --escribe D’Estaing (ibídem, p. 215)-- “huelgas salvajes, bloqueos de medios de transporte, ocupación de pistas de aviación, destrucción de inmuebles comerciales, etc.” Sirva la cita siguiente para sacar de su error a más de un lector de periódicos viejos en la Isla y la Diáspora, que sigue aferrado a la imagen literaria de Francia hasta la II Guerra Mundial:
...cuando se habla en el extranjero de la contribución de Francia a la conquista de la libertad, para rendirle homenaje, se hace siempre referencia a la Revolución Francesa, y no a la manera cómo concebimos nuestra libertad hoy en día.
No es de extrañar, pues, que los franceses de a pie, que reciben en directo el barraje mixtificador de su intelectualidad y se agarran con dientes y uñas a la ubre del estado providencial, se muestren renuentes a un cambio. No se resignarán a él hasta que la economía haya tocado fondo. A modo de botón de muestra, la semana laboral de 35 horas, prometida por Miterrand e incumplida hasta la fecha, persiste increíblemente en la mente popular como una meta realizable a corto plazo. Según una encuesta fiable, el 53% de los franceses prefiere “una jornada laboral garantizada por la ley”, contra un 45% dispuesto a “trabajar más para ganar más”. La realidad, sin embargo, es que Francia está al borde de la bancarrota.
Así las cosas, la reforma británica e irlandesa confirma al menos cuatro constantes de carácter subjetivo ausentes en Francia: (1) la voluntad común de la elite política de ponerle coto a la crisis; (2) un consenso suprapartidista que desideologice la gestión administrativa, económica, y asistencial; (3) el replanteo de los nexos entre sindicatos, patronal y gobierno; y (4) la necesidad de perseverar en las reformas durante un lapso suficiente para que se opere un cambio de mentalidad en la población.
Las presidenciales francesas de 2007
Conciencia de la crisis la hay, no así una voluntad consensuada entre los cuatro partidos que se disputan la vacante de Jacques Chirac, con lo que se caen automáticamente los otros tres puntos. Los candidatos presidenciables en los comicios de 2007 son: la gobernante Union pour un Mouvement Populaire (UMP, conservadores), con Nicolás Sarkozy; el Parti Socialiste (PS, populistas de izquierda), con Ségolène Royal; la Union pour la Démocratie Française (UDF, centristas), con François Bayrou; y el Front Nationale (FN, ultraconservadores), con Jean-Marie Le Pen. No siendo partidos sino frágiles coaliciones medianas formadas por diversas microfamilias políticas, hasta el consenso intrapartidista se hace difícil.
Los barones de cada facción, claves en un país donde amistades y rencores personales se sobreponen a las filiaciones ideológicas, suelen ser imprevisibles hasta el último momento. Para colmo, las discordias se extienden al seno del gobierno saliente, donde las rencillas personales entre el presidente Jacques Chirac y el primer ministro Dominique de Villepin, por un lado, y el ex ministro del Interior, jefe y candidato presidencial del partido gubernamental, trascendieron a los tribunales.
Los cuatro candidatos se declaran nacionalistas y resueltos a proteger a la industria y a la agricultura francesa, masivamente subvencionadas. En cuanto al contenido de sus programas electorales, todos prometen soluciones al alcance de la mano. Pues los electores castigan sin piedad a todo el que les hable de sacrificios o beneficios a largo plazo. En consecuencia, hay que leer entre líneas lo que dicen los candidatos. Cuestión de matices. El riesgo es que luego, cuando el candidato victorioso se quita el antifaz electoral, arranca descalificado de entrada como embustero.
Según los últimos sondeos, Sarkozy y Ségolène encabezan las intenciones de voto con 26,5 y 24%, seguidos por el eléctrico Bayrou --que podría dar la sorpresa si llega a la segunda vuelta (6 de mayo)-- y Le Pen, con 19,5 y 15%. Los porcentajes bajan y suben todos los días, difiriendo según la fuente demoscópica. La mayoría de los analistas coinciden en que, si en la primera vuelta (21 de abril) se imponen Sarkozy y Ségolène, el primero accedería al Palacio del Elíseo en la segunda vuelta. El futuro gobierno conservador intentaría echar a andar la Tercera Vía y el eje franco-alemán saldría fortalecido, pero antes tendría que negociar duro unos apoyos más o menos leales entre las fracciones rivales de la Asamblea Nacional.
Si, por el contrario, gana la populista Ségolêne, el Palacio del Elíseo seguiría la línea esperpéntica de la Moncloa zapaterista, hundiéndose aún más en la inercia económica. Ni siquiera la coincidencia de sexo le valdría a Ségolène para cuadrar con la tecnócrata Angela Merkel, hostil a la retórica populista. Se da por descontado que un inesperado pase del cascarrabias Le Pen a la segunda vuelta, como ya ocurrió en 2002, movilizaría en masa a los electores a favor del contrincante, sea éste cual fuere. La incógnita es Bayrou, a quien, de conseguir pasar a la segunda vuelta frente a Sarkozy o Ségolène, algunos expertos dan por seguro vencedor. No sin razón, por cierto, dada la tirria izquierdista contra Sarkozy. Su triunfo no debilitaría al eje franco-alemán, pero igual lo tendría difícil con la izquierda.
Como es ya habitual, ningún partido alcanzará mayoría absoluta en la Asamblea Nacional, cualquiera de ellos que se lleve el pato al agua y decida emprender reformas radicales, aun si alcanzara la mayoría absoluta, tendrá que contar con el apoyo de rivales, cuyas coyundas y forcejeos por carteras mediatizarían a buen seguro el proyecto gubernamental, retrotrayéndolo casi infaliblemente al statu quo anterior.
Francia es un régimen semipresidencial. El presidente, electo por sufragio universal, es la figura más poderosa del ejecutivo. Mientras que el primer ministro, jefe del gobierno, es electo por la Asamblea Nacional, no siempre controlada por el partido gobernante. Una contradicción, puesto que, al representar a la fracción mayoritaria, este último puede relegar al presidente a sus funciones representativas y de emergencia en caso de guerra. Son los inconvenientes de la llamada cohabitation, de las que ha habido varias durante esta Quinta República.
¿Cohabitación?
Esto pone sobre la mesa la probabilidad de una “cohabitación”, que es como se ha dado en llamar la situación sui generis francesa en que el presidente pertenece a un partido y el primer ministro a otro. En esa eventualidad, sólo un reparto de magistraturas entre Sarkozy y Bayrou le daría al gobierno entrante el poder necesario para arriesgarse a acometer las reformas pendientes con moderadas perspectivas de éxito.
Le Pen, quien acusa a ambos candidatos de haberle robado iniciativas, tal vez tolere a regañadientes un gobierno así compuesto. Al fin y al cabo, tiene 79 años en el costillar y no le queda tiempo para volver a postularse en el 2012. Pero, demagogo de siete suelas como es, sería siempre un caballo de Troya difícil de cabalgar para Sarkozy, pues arrojaría sobre él --que ya sin eso pasa por reaccionario y neoliberal a los ojos de la izquierda-- el anatema del colaboracionismo con la ultraderecha.
Pero las falanges encabezadas por Ségolène y los barones del Partido Socialista se la pondrían desde el principio cuesta arriba al tándem Sarkozy-Bayrou, o Bayrou-Sarkozy, agitando contra el de por sí frágil gobierno a las volátiles masas populares francesas tan pronto amague con imitar a Tony Blair. Ya ensayaron con éxito el año pasado cuando boicotearon el referéndum sobre el proyecto de Constitución Europea.
La Tercera Vía es tabú para la izquierda francesa que, además, culpa demagógicamente al ex ministro del Interior Sarkozy de haber reprimido con excesiva dureza las revueltas de los suburbios. Un barril de pólvora susceptible de estallar en cualquier momento que Ségolène --si sobrevive a la derrota, algo improbable, dado que no cuenta con el respaldo unánime de la tribu progresista--, o su sucesor al frente del Partido Socialista, pueden manipular a su antojo. Así las cosas, si por fin Bayrou o Sarkozy se instalan en el Palacio del Elíseo después del 21 de mayo, tendrán que andar con pie de plomo y ser en extremo cautelosos en materia de cambios. La estabilidad francesa está en peligro. Y el avance, si es que se produce, sería a paso de caracol.
De modo que el panorama francés, que anuncia fuertes turbulencias internas en la caldera de la segunda locomotora comunitaria, no se presenta nada halagüeño para la Unión Europea. Francia tirará a lo sumo lentamente hacia delante, caso de triunfar el tándem Sarkozy-Bayrou, que plantea más bien congelar los planes de expansión territorial y limitar la UE a la idea original de un espacio económico común en el que cada nación conserve su soberanía. O bien, si por azar triunfa Ségolène, quien sugiere un fantasioso proyecto de “Europa Social”, seguirá tirando con más fuerza aún hacia atrás, con riesgo de implosión comunitaria.
Conclusiones
Además de incosteable y contra natura, el hipotético proyecto de una Europa social defendido por la izquierda es inviable, ya que --por poner un ejemplo-- la implantación de un salario mínimo obligatorio en los 27 países de la UE surtiría el efecto de encarecer la mano de obra, frenando el intenso flujo de capitales hacia Europa Oriental. Con lo cual la UE dejaría de tener sentido para los países de esa región, que ya de por sí desconfían de Bruselas en caso de agresión rusa. Sin contar con la enorme inflación que generaría semejante medida.
Prueba de lo dicho es el rotundo fracaso de una medida de menor calado: la directiva “Bolkenstein”, que preveía que los servicios prestados por una firma extranjera se pagaran por la tarifa de país de origen. De modo que, digamos, un trabajador polaco cobrara en Francia lo mismo que en Polonia. Lo que equivalía a un dumping laboral. Los franceses --y no sólo ellos—la denunciaron como una forma de “capitalismo salvaje”. Y lo era.
Incosteable es también la iniciativa unilateral de una “Europa ecológica”, recién lanzada por la Merkel, tal vez con la intención de ganar tiempo, confiriéndole al menos una primacía simbólica a una UE en crisis crónica cuyos mandatarios ni siquiera se pusieron de acuerdo a la hora de redactar una declaración de mínimos para celebrar su 50 aniversario. Tan mal andas las cosas.
La realidad es que Europa ha tocado su techo institucional. No tanto porque, como dice Sarkozy en el exergo de la primera parte de este trabajo, la crisis comunitaria sea la responsable del rechazo franco-holandés a la Constitución Europea, sino más bien debido a la aberrante combinación del nacionalismo europeo --que, significativamente, amenaza la integridad de un país tan viejo como España-- con la persistencia de la utopía socialista. Dos fenómenos subjetivos demasiado arraigados en el imaginario europeo que perpetúan los conflictos.
Por otra parte, al no poder existir una política exterior y de defensa única, a causa del soberanismo y de las peculiaridades geopolíticas de cada país, carece de sentido tanto imponer una Carta Magna común como mantener una costosa Eurocámara que, al tratar de conciliar lo inconciliable, ata a los gobiernos con una inextricable red jurídica que complica la gestión estatal y escapa a la comprensión de la ciudadanía. De ahí el escaso interés que ésta le presta a las elecciones parlamentarias de la UE.
De hecho, la única posibilidad real de materializar el sueño comunitario en un plazo relativamente breve pasa por --manteniendo, desde luego, los mecanismos existentes de solidaridad de los países más ricos hacia los más pobres—la estrategia común de facilitar al máximo el libre flujo de personas, mercancías y capitales. O sea, en lo económico, salvar el estado del bienestar mediante el recurso de extender a todo el ámbito comunitario el modelo de la Tercera Vía, que contribuye “...a crear una Europa próspera y competitiva económicamente a la vez que se garantiza un nivel alto de justicia social” (Blair).
En lo político-ideológico, visto que es imposible hacerlo en literatura, habría que al menos contrarrestar el monopolio de la progresía sobre los medios de difusión y los centros de enseñanza media y superior para paliar o poner fin a la esquizofrenia entre el modo de vivir y la manera de pensar en Europa Occidental. Con lo cual eurooccidentales --y estadounidenses, que igual cojean fuerte de esa pata--.le harían un gran favor al Tercer Mundo, que copia sus errores sin disfrutar de sus ventajas. En fin, como aconseja a los alemanes Claus Christian Malzahn en Spiegel-Online (29-03-07), It's high time for a new round of re-education. Traducido: “Ya va siendo hora de iniciar una nueva ronda de reeducación”. Sabio consejo, para Europa y el resto del mundo civilizado.
El castrismo a la luz del testamento de Miguel Ángel Quevedo
Por Jorge A. Pomar, Colonia
"Conocerás a los hombres, víctimas de los males
que ellos mismos se infligen. Ciegos a los bienes
que les rodean, que no oyen ni ven, son pocos
los que saben librarse de la desgracia".
Pitágoras, Samos 572-497 a.C.
Agonía de Bohemia
El 12 de agosto de 1969 se suicidó en Caracas Miguel Ángel Quevedo de la Lastra, último director (y dueño) liberal de Bohemia, otrora el semanario ilustrado cubano de mayor circulación en Iberoamérica. En la Isla llegó a ser tan popular que, pese al descrédito de la versión actual, aún se usa su nombre como sinónimo de revista. Con una tirada anual de 200 mil ejemplares, que en su época de apogeo (1940-1959) alguna vez llegó al medio millón y al millón, Bohemia era de todo: semanario de actualidades, de historia y literatura, de divulgación científico-técnica y filosófica, y revista del corazón, a la vez que prensa amarilla. Fundada en 1908 por su padre, Miguel Ángel la heredó en 1927, siendo su director hasta 1960.
Bohemia daba voz en sus páginas a intelectuales del patio y el extranjero, de todas las tendencias. Único requisito: la calidad. Sus francotiradores le apretaban las tuercas sin falta al gobernante de turno, ponían al descubierto, a menudo exagerándolos, escándalos y corruptelas. Igual se respetaba el derecho de réplica de los aludidos, lo que generaba apasionadas controversias. Por lo general, no había represalias, aunque en épocas turbulentas la redacción veía suspendida alguna que otra edición. Bohemia fue también acosada por los censores de Batista (y Saldívar, Fulgencio, presidente constitucional 1940-44, dictador 1952-1959).
Pero, para que se tenga una idea de cuán laxa era la censura batistiana: en la tirada del medio millón, de 1958, figura una carta de Fidel pidiendo mayor cobertura al accionar de sus guerrillas. En las cárceles no había periodistas y el único intelectual asesinado de que se tenga noticia fue el doctor Pelayo Cuervo (su cadáver apareció a orillas del Laguito), que no lo fue por sus opiniones sino por su militancia activa en la clandestinidad. (Dicen que, al ser informado del crimen, Batista comentó cínicamente: “Está muy bien muerto pero muy mal matado”.)
Bohemia fue la publicación periódica que más influyó en el vuelco de la opinión pública que a fines de 1958 dio al traste de golpe y porrazo con la dictadura y, de paso, con la democracia que Quevedo pretendía defender frente a aquella. Sus sensacionales reportajes con secuencias fotográficas de cadáveres acribillados y cuerpos torturados contribuyeron a inclinar la balanza a favor de la oposición armada.
Tras el triunfo rebelde en enero del 59, retroalimentado por la euforia popular, Quevedo rompe definitivamente el tradicional equilibrio del semanario para emplearse a fondo, de buena fe, en la tarea publicitaria de tejer la leyenda negra del batistato, olvidando la del Movimiento 26 de Julio (M-26-07), cuyos secuestros y atentados terroristas habían sido censurados por Bohemia: en una sola noche los “comandos de acción y sabotaje”, que empleaban también adolescentes como William Soler (14 años) y Urselia Díaz Báez (18), muertos mientras colocaban petardos, habían hecho estallar cien bombas en sitios públicos de la capital porque el país estaba “de luto” y nadie tenía “derecho a divertirse”.
Esa parcialidad histórica, asociada al enfoque antisistémico contra el ancien régime, haría cortocircuito con la difusión acrítica de otro constructo fatídico: el mito de Fidel Castro como encarnación de un ideario martiano supuestamente frustrado. El poeta marxista Rubén Martínez Villena (1899-1934), marcando la ruptura entre la tradición liberal-conservadora de los “generales y doctores” mambises --que cierra con la caída del machadato-- y la época de la subversión radical y el mito antiimperialista, había resumido en vibrantes versos aquel sueño mesiánico en su famoso poema “Mensaje lírico civil”:
Hace falta una carga para matar bribones,
para acabar la obra de las revoluciones[…]
para limpiar la costra tenaz del coloniaje […]
para que la República se mantenga de sí,
para cumplir el sueño de mármol de Martí.
A todo lo largo del año 59 la revista Bohemia acentúa la nota chauvinista, respalda a ciegas los decretos revolucionarios y glorifica la gesta guerrillera, editando uno tras otro números hagiográficos anunciados por sugerentes carátulas con retratos de comandantes (Fidel, Camilo, Che) nimbados por halos de santidad. Paralelamente, hace la apología de los incesantes fusilamientos de reales y supuestos sicarios de Batista, al tiempo que apoya o pasa en silencio la atmósfera de “circo romano” prevaleciente en aquellos juicios sumarísimos con testigos de cargo a menudo falsos.
Pero las señales de error y terror van en aumento. Se agudizan los conflictos al interior de las organizaciones revolucionarias y con el primer gabinete burgués de la Revolución, reaparecen las guerrillas y los sabotajes, los sindicatos pierden su independencia y, tras el simulacro de renuncia de Fidel en julio del 59, dimite el flamante presidente Manuel Urrutia Lleó, que enseguida se asila y es sustituido por otro presidente nominal de origen burgués: Oswaldo Dorticós (1959-1976, acabaría suicidándose en 1983 después de haber cedido la plaza a Fidel).
A la estampida de los batistianos siguen el éxodo masivo de la alta burguesía y las clases medias, deserciones y alzamientos de oficiales rebeldes, fugas de intelectuales... Tras el arresto del comandante Huber Matos, acusado de “alta traición”, desaparece misteriosamente el 28 de octubre el más popular de los jefes guerrilleros: Camilo Cienfuegos. Aunque Fidel jura y perjura no ser comunista, es un secreto a voces que la Revolución gira aceleradamente hacia la extrema izquierda.
Pero ya no hay vuelta atrás para la prensa: el otrora poderoso “cuarto poder” ha perdido su autonomía. Se hace sentir cada vez más en la redacción de Bohemia la labor de zapa del historiador Enrique de la Osa, a quien Quevedo atribuye la “diabólica” invención de los veinte mil mártires, un ardid propagandístico para justificar la orgía de sangre del Che en La Cabaña. Las nuevas autoridades confiscan la revista.
En lo adelante, cada vez que el director pone reparos a algún texto tendencioso, el comisario voluntario De la Osa lo chantajea: “Eso ya lo leyó Fidel”. Quevedo saca sus conclusiones: o se tira a tiempo del tren en marcha del castrismo o lo apean a la fuerza rumbo a la cárcel o al paredón, entre cuyos huéspedes menudeaban los “traidores”. El 18 de julio de 1960 se asila en la Embajada de Venezuela.
“Culpables fuimos todos”
En lo sucesivo, sufriría como pocos los avatares de una de las diásporas más denostadas de la historia universal después de la hebrea. “Me mato porque Fidel me engañó”, confiesa en su testamento. En verdad, lo hacía porque, como tantos compañeros de viaje del castrismo, más bien se había dejado engañar, y otros no menos culpables que él le estaban pasando la cuenta en el exilio. Ante la crueldad de esta nueva ironía del destino, opta por el suicidio. He aquí como describe su estado de ánimo justo antes de poner fin a su existencia:
Yo no niego mis errores ni mi culpabilidad, lo que si niego es que fuera “el único culpable”. […] Muero asqueado. Solo. Proscrito. Desterrado. Y traicionado y abandonado por amigos a quienes brindé generosamente mi apoyo moral y económico en día muy difíciles.
A partir de ahí inicia un demoledor análisis de la causas históricas y psicosociológicas del triunfo castrista, enumerando los factores humanos que coadyuvaron a la debacle republicana hasta llegar a una conclusión irrefutable:
Todos fuimos culpables. Todos. Por acción u omisión. Viejos y jóvenes. Ricos y pobres. Blancos y negros. Honrados y ladrones. Virtuosos y pecadores […] Culpables fuimos todos, en mayor o menor grado de responsabilidad. […] Por acción u omisión. […] los millonarios que llenaron de dinero a Fidel para que derribara al régimen. Los miles de traidores que se vendieron al barbudo criminal. […] los curas de sotana roja que mandaban a los jóvenes para la Sierra Maestra a servir a Castro y sus guerrilleros. […] El pueblo que quería a Guiteras. El pueblo que quería a Chibás. El pueblo que aplaudía a Pardo Llada. El pueblo que compraba Bohemia, porque Bohemia era vocero de ese pueblo.
Paradojas del destierro
Aparte del ostracismo, pesaron en su fatal decisión otras dos paradojas del desterrado reacio a los condicionamientos de la política local y a las eternas querellas de la Diáspora: 1) el dolor de sentirse estigmatizado por ex colegas y amigos; 2) la tenaz campaña de deslegitimación orquestada en su contra por correligionarios extranjeros a quienes sarcásticamente llama:
…titanes de esa "Izquierda Democrática" que tan poco tiene de "democrática" y sí de "izquierda". Rótulo Betancur [sic., Rómulo Betancour, presidente de Venezuela], Figueres [José, presidente de Costa Rica], Muñoz Marín [Luis, gobernador de Puerto Rico]. Cuando se convencieron que yo era anticomunista, me demostraron que eran antiquevedistas. Son los presuntos fundadores del tercer mundo”. El mundo de Mao Tse Tung.
La alusión al Gran Timonel en relación con la izquierda democrática es el quid del análisis retrospectivo de Quevedo, quien establece nexos causales entre esa difusa amalgama de izquierdismo-culto a las armas-mesianismo-antiimperialismo que, como hemos visto, desde la época de la resistencia clandestina contra el dictador Gerardo Machado configuraba un imaginario revolucionario latente, de una parte, y el riesgo de deriva totalitaria, de la otra. Con todo, siendo la segunda paradoja del demócrata exiliado en Occidente la menos dolorosa, se desquita de esos ingratos líderes extranjeros con un par de frases de despecho.
En cambio, frente al ataque de sus compatriotas, que no sólo lo desarmaba moralmente sino que --a su juicio, aplicado a distintas categorías de exiliados, impedía la expansión del movimiento anticastrista-- el ex magnate mediático reacciona arremetiendo contra todos aquellos diletantes que, al igual que él, habían empujado desaprensivamente a la Isla a la catástrofe. Como aprendiz de brujo revolucionario, él tampoco le había visto, o querido verle, la carta en la manga al antiguo pistolero del “bonche” estudiantil metamorfoseado en instancia moral de la nación a raíz del controvertido (los comunistas del PSP lo condenaron en su momento como “aventurerismo blanquista”) asalto al Cuartel Moncada. Sin embargo, sobraban datos biográficos para distanciarse a tiempo de aquel joven demagogo de perfil griego, y Quevedo insiste en recordárselo a título póstumo a sus desmemoriados ex colegas:
Los periodistas conocieron la hoja penal de Fidel, su participación en el Bogotazo comunista, el asesinato de Manolo Castro, y su conducta gansteril en la Universidad de la Habana, pedíamos una amnistía para él y sus cómplices en el asalto al Cuartel Moncada, cuando se encontraba en prisión.
Lucidez suicida
El aspecto más sobresaliente en su arranque de lucidez suicida es el reconocimiento de que el poder de seducción del discurso de la violencia castrista estribaba en el dato incontrovertible de que, en el fondo, Fidel no había hecho otra cosa que traducir al lenguaje bélico las moralinas de tribunos como Eduardo Chibás, José Pardo Llada, Manuel Bisbé, Agustín Camargo, Raúl Roa, Pelayo Cuervo, etc. ¿No había sido el inefable Bisbé aplaudido a rabiar por los ortodoxos cuando exclamó en 1947 aquello de que “Si en 45 años de República nos ha ido tan mal con los cuerdos, vale la pena que probemos con un loco”? Bisbé se refería a la candidatura del siempre truculento Chibás, cuyo espectacular suicidio radiofónico cinco años después (por no haber podido cumplir la promesa solemne de probar una acusación suya que jamás ha sido corroborada) dejaría el escenario listo para la aparición de un émulo violento mucho más eficaz: Fidel Castro.
De Fidel, por tanto, se puede decir lo mismo que de Hitler: no inventó nada que no estuviera ya inventado. A lo sumo, acertó a ensamblar las piezas dispersas de una maqueta subversiva previamente diseñada. Llama la atención el detalle, aparentemente fuera de contexto, de que Quevedo incluyera entre los ídolos del pueblo a Antonio Guiteras (1909-1935), el “tiratiros” por antonomasia de la Revolución del 33, bestia negra de Batista y precursor de Fidel. Históricamente, el triunfo castrista era en buena medida el coletazo del Leviatán de la violencia revolucionaria, enquistada en la Universidad de La Habana (UH) y extendida al resto de las escuelas de enseñanza media y superior en casi toda la Isla.
¿Cómo explicar, si no, que sendos grupos de estudiantes asaltaran la segunda fortaleza militar del país en Santiago de Cuba y el fortificado Palacio Presidencial en la capital? Detrás de ambos estaba --se sabía y denunció ya entonces-- el gansterismo político de derecha e izquierda. El de derecha quedó acéfalo a resultas del fallido asalto a la sede presidencial; el de izquierda, encabezado por el astuto Fidel, se haría fuerte en la Sierra Maestra y, a la postre, gracias a una mezcla de suerte y habilidad, se ceñiría en exclusiva los laureles de la victoria.
Pero, a pesar de la posesión de armas de combate y el hábito de las prácticas de tiro en el estadio de la UH, posibilitados por la perversión del concepto de autonomía universitaria, ninguno de aquellos dos comandos suicidas (ni el desembarco del yate “Granma” en 1956), habría sido concebible sin las prédicas delirantes de los tribunos catastrofistas, quienes pintaban invariablemente a la Segunda República como un gigantesco establo de Augias que urgía limpiar de manera drástica (Cuba era, según el socorrido aforismo, “una puta a la que hay que meter en cintura”) y glorificaban al llamado “hombre de acción”, sugiriendo de manera explícita o implícita el recurso a las armas.
Un factor concomitante, efecto del descrédito de la clase política, sería el apoliticismo, la desidia de las clases dominantes, confiadas en que Estados Unidos no permitirían un triunfo subversivo en su traspatio latinoamericano. Tarde comprendieron este otro axioma de la época: “La política es un asunto demasiado importante para dejarlo en manos de los políticos”. Mucho menos para dejarlo al arbitrio de sus propios hijos imberbes, que en la práctica fue lo que, para su mal, hicieron.
Así las cosas, todas las premisas estaban dadas para que lo que vendría después. En fin, lo que no debió haber ido más allá del usual rito de paso generacional de la pubertad a la edad adulta, más o menos aparatoso (discursos, mítines, manifestaciones callejeras, gestos simbólicos como desfiles de antorchas, entierro de la Constitución, etc.), de la nueva hornada estudiantil, acabó degenerando en revuelta antisistema. Faltaba el líder carismático. Por desgracia, apareció en el momento adecuado. Lo demás hay que anotárselo a las circunstancias, y a la buena estrella de Fidel Castro.
Aquellos profetas de la subversión, colaboradores asiduos de Bohemia (y de una docena larga de periódicos de primera línea en un país de apenas 6 millones de habitantes con una de las redes mediáticas más densas del planeta), se regodeaban en describir la política republicana empleando un vocabulario cloacal. He aquí cómo los caracteriza Quevedo:
Los periodistas […] llenaban mi mesa de artículos demoledores contra todos los gobernantes, buscadores de aplausos que, por satisfacer el morbo infecundo y brutal de la multitud, por sentirse halagados por la aprobación de la plebe, vestían el odioso uniforme de los 'oposicionistas sistemáticos'. Uniforme que no se quitaban nunca. No importa quien fuera el presidente. Ni las cosas buenas que estuviera realizando a favor de Cuba. Había que atacarlos, y había que destruirlos.
“Fecalización mesiánica”
Esa retórica capciosa congeniaba con las metáforas escatológicas de una influyente pléyade de escritores progresistas. Sin hablar ya de los Luis Felipe Rodríguez, Onelio Jorge Cardoso, Dora Alonso, Nicolás Guillén, Samuel Feijóo o Félix Pita, que eran claramente de izquierda, hasta un Miguel de Marcos (1892-1954) --de cierto el narrador más bonachón de la República, de la que traza una sátira autocomplaciente-- hiperboliza en su novela Papaíto Mayarí (1946) las lacras republicanas bajo la presidencia de Ramón Grau San Martín (1944-1948). Leamos un pasaje
Grau se defeca en la Constitución todos los días, y nadie hasta ahora muestra inquietud por esa disentería persistente y en abanico. Tal vez sea tarde cuando se adviertan los estragos de esa fecalización mesiánica. […] Olvidemos esa diarrea apostólica sobre la Carta Fundamental. […] quiero decir, esas supermojonadas. […] todo tiende a la podredumbre en un país podrido.
El tiempo le daría, trágicamente, la razón a De Marcos en cuanto a los efectos nefastos de aquella “fecalización mesiánica”, de la que se hacía eco. Pero lo interesante al objeto de este artículo es que el novelista pinta en términos insuperablemente sórdidos el período auténtico anterior al batistato. De que exageraba los desfalcos del primer gobierno auténtico, sirva de botón de muestra el siguiente dato: el ex presidente Grau murió en Cuba en 1969 sin más fortuna que su auto y su mansión, no habiendo sido jamás molestado por la draconiana justicia castrista. En fin de cuentas, aquellas corruptelas, escándalos e inestabilidades eran fiel expresión política de la mentalidad criolla.
La hipertrofia naturalista en literatura, que tenía su correlato lúdico en la simulación masoquista del antihéroe del bolero “de bares y cantinas”, se da de la mano en los años 50 con la imaginería efectista de un John Dos Passos, la autocompasión existencial a lo Camus-Sartre, el patetismo neorrealista italiano y la boga marxista de posguerra, para que nuestros narradores, siempre en pos de las últimas corrientes occidentales, pinten el lienzo lúgubre del pasado que aún sirve de telón de fondo a la propaganda castrista.
Pero el leimotiv de la “Cuba que sufre” cuadraba mal con la alegría de vivir del criollo durante el período republicano. Justamente en virtud de ese rasgo hedonista del ambiente insular un Ernest Hemingway deposita su medalla del Nobel en el santuario de El Cobre en 1954, o sea, en plena dictadura batistiana. Lejos de irse “a bolina” como quería Raúl Roa, las conquistas sociales de la Revolución del 33-39 habían inaugurado el lapso de mayor prosperidad en toda la historia de la Isla hasta nuestros días.
Sin embargo, la metáfora del muladar nacional será el eje del imaginario con que nuestros intelectuales encaren la rebelión antibatistiana. Que la llamada “seudorrepública” distaba mucho de ese diagnóstico de terapia intensiva, lo demuestra, amén de una simple ojeada a los anuarios estadísticos de la época, cualquier lectura de la nada parcial enciclopedia Historia de la Nación Cubana (1952), de Ramiro Guerra, Emeterio Santovenía, et allii.
La mentira se confirmaría después de la victoria castrista. Entre otros sucesos reveladores, con la censura oficial del cortometraje P.M., donde Sabá Cabrera Infante, el hermano del célebre Guillermo, rueda a cámara alzada un día cualquiera a fines de 1960 secuencias de la animada vida nocturna habanera, que aún no había perdido su encanto prerrevolucionario: personajes humildes, en su mayoría negros y mulatos de solar, de cuello y corbata, estanterías bien surtidas, modales civilizados, música y baile, desenfado... Escenas que, según el cristal con que se miren, pueden interpretarse como felicidad o decadencia. Nuestros literatos, al menos en sus libros, aún afectan creer lo segundo.
El pudoroso Lisandro
A modo de ejemplo, he aquí cómo Luis Dascal, el protagonista burgués de la novela del entonces pudoroso Lisandro Otero La situación (1963), sumando mojigatería lacrimosa y autocompasiva al bufo fecalista de De Marcos, describe el ambiente habanero de cara al golpe de estado del 10 de marzo recién consumado:
Nada realmente importante ha pasado hoy, pensó Dascal, nada importante, nada que pueda alterar esta isla florecida de caña, sumergida en un mar de mierda, flotando hacia la nada, cubierta de relajo, orgasmo y fetiches, devota del azar, quebrada por la ineficacia, sucia de ansiosa violencia… Nadie se siente bien y esto que es lo otro, es lo mismo: con su Prío [Carlos, presidente 1948-52] de todos los días y su Batista para amanecer y siempre un Machado [Gerardo, 1925-33], un Grau, un Zayas [Alfredo, 1921-1925] para romperlo todo y gastarnos la vida que se nos va. Aquí no ha pasado nada.
En efecto, “nada realmente importante” para los intelectuales (y para el pueblo llano y las más bien muertas “clases vivas”) había ocurrido. Tanto que los siete años de dictadura subsiguientes serían la época dorada de la literatura contemporánea en la Isla con una floración de talentos nunca antes vista. El cambio “realmente importante” se produciría poco después del ansiado triunfo revolucionario. Aplicándole al pie de la letra a aquella decadencia sociopolítica las recetas de convento insinuadas por el autor de La situación, el Comandante en Jefe optó por una terapia intensiva de doble carril: por un lado, se declaró a sí mismo autócrata vitalicio, suprimiendo para siempre aquella, para Lisandro, irritante alternancia de mandatarios venales.
Por el otro, acabó con el “relajo” documentado en P.M. y proscribió los “fetiches” (léase orishas afrocubanos) y el “azar”, reemplazándolos por el ateísmo y la planificación central. En suma, logró que los plebeyos se sintieran al fin “bien” marchando en los batallones de milicia o haciendo trabajo voluntario. Tras la equívoca luna de miel entre pueblo, intelectualidad y castrismo, vendría el desencanto. Pero para entonces ya Fidel tenía a todo el mundo “atado y bien atado”.
Todos revolucionarios
Cualesquiera hayan sido los móviles personales de Batista en 1952, lo cierto es que, al hacerse con el poder manu militari, respondía él también --si bien no en clave antisistémica, como un septenio más tarde haría Fidel-- a esa cultura de la queja inculcada a la población como un reflejo condicionado frente a una decadencia nacional más virtual que real. Un constructo fabricado por periodistas, tribunos y literatos, y esgrimido por casi toda la clase política, incluido el propio Batista.
En su primer mandato constitucional (1940-1944), pese a abusar de la retórica nacional-revolucionaria, Batista demostró que dominaba el difícil arte de aliarse con los comunistas manteniéndolos a raya. (Irónicamente, sucumbió junto con la República cuando sus antiguos aliados marxistas del PSP se pasaron súbitamente al bando castrista, arrastrando consigo al reticente movimiento obrero. Como los militares, la mitad larga de ellos pagarían caro aquel cambio de casacas a última hora.)
De hecho, el general tenía sus razones para considerarse a sí mismo un revolucionario: bajo su égida la Constitución del 40 le había conferido a la Segunda República un cariz socialdemócrata que los dos gobiernos auténticos siguientes apenas desvirtuaron. Por lo demás, el nombre del “Partido Revolucionario Auténtico” denotaba una presunta traición al ideario martiano de la Revolución del 33. Bien mirado, todo el espectro político cubano desde Machado, que era nacionalista y también concebía su régimen despótico como una revolución, reclamaba para sí esa dudosa tradición. Sin embargo, Cuba, a pesar de su creciente prosperidad, decadente y dependiente según la realidad virtual al uso, estaba urgida de un cambio radical, cambio que en buena ley no podía ser muy distinto del que trajo consigo el castrismo.
Digresión germánica a modo de comparación
Pero, ¿requería una revolución social, por ejemplo, la pujante Alemania del “milagro económico”? Vaya ocurrencia, pensará el lector. Sin embargo, así lo pregonaban filósofos de la Escuela de Francfort como Marcuse, Adorno, Horkheimer, Habermas… Bajo su tutoría, los estudiantes de la revuelta del 68 se propusieron seriamente la meta de derribar el “estado de derecho social” nada menos que durante la fase de consolidación los gobiernos socialdemócratas de los cancilleres federales Willy Brandt y Helmut Schmidt para instaurar… ¡un socialismo de corte maoísta! El “realmente existente” de Europa del Este había sido declarado obsoleto por aburguesamiento.
Fotografías de la época muestran a cantidad de mozos melenudos con barbas grecorromanas a lo Che Guevara. Líderes juveniles como Daniel Cohn-Bendit, alias “Dani el Rojo” y Rudi Duschke, alias “Rudi el Rojo”, predicaban vehementemente la violencia revolucionaria. Balbuceaban para ello el mismo abstruso galimatías marxistoide en versión deconstructivista del que salió el título de la famosa monografía de Régis Debray Revolución en la revolución (1968).
Según la tesis de ambos, la universidad debía ser el centro motor de la “revolución anticapitalista”. Aquellos iracundos chicos burgueses partían de una realidad virtual en la que creían a pies juntillas. La orden “¡Ahora golpeen!” impartida a la gendarmerie por Charles De Gaulle le dio el tiro de gracia en cuestión de semanas a la revuelta estudiantil en París, marcando casi al unísono su declive en Alemania y el resto de Europa Occidental.
Años más tarde la llamada Fracción del Ejército Rojo (RAF en alemán) pondría bombas, secuestraría y mataría en Alemania en nombre de aquel ilusionismo juvenil. Por suerte para la clase social de la que provenían sus belicosos militantes, a diferencia de nuestro estudiantado rebelde de 1952-1959, fracasaron en su demencial empeño. Cohn-Bendit aprobó suma cum laude su agresivo rito de paso generacional: copresidente por Los Verdes en la Eurocámara. Duschke, el más noble de los dos, moriría asesinado por un fanático. Sus últimas palabras al caer abatido: “¡Mamá, mamá!” Los cuatros dirigentes de la RAF se suicidaron (o “los suicidaron”, según la versión alternativa) simultáneamente en la prisión.
En suma, admitiendo de antemano que la RFA no es Cuba y abundan las diferencias, todo lo que pretendemos decir con tan sorprendente comparación se reduce a esta perogrullada: mayo del 68 prueba que para que prospere un movimiento anticapitalista no es imprescindible la existencia de un régimen dictatorial o ultraconservador, de desigualdades sociales o corrupción generalizada. (La prueba irrefutable de que esto es así es nuestra propia Isla donde, a pesar de la ruidosa bancarrota del castrismo, no hay señales de rebelión.) El éxito o fiasco dependen más bien de una concurrencia de fenómenos psicosociales colectivos con circunstancias favorables.
En Alemania no se dio tal concurrencia; en Cuba, sí. Por lo demás, la ideología tercermundista de la sesuda Escuela de Francfort era un calco de la matriz castrista. El factor decisivo es de orden subjetivo. Es decir, como en el caso cubano, tiene mucho que ver con la activación de un imaginario subversivo latente susceptible de activarse en ciertas coyunturas muy concretas del país en cuestión, lo cual refuta la tesis central del determinismo histórico.
Sangriento ciclo macbethiano
Con su golpe del 10 de marzo Batista simplemente propició la activación del imaginario nacional cubano, luego hábilmente instrumentado por Fidel. La tez del dictador --a quien la progresista Bohemia y el conservador Diario de la Marina, entre otros, caricaturizaban como el “mono encaramado en la mata” o el “Reyecito Criollo”, bembón y aindiado, para más señas--, su indudable carisma, su condición de self-made leader de una mulatocracia en ascenso en país mestizo de élite blanca ancestralmente recelosa del negro, su origen humilde y su programa socialdemócrata, el hecho de venir precedido por una fama de hombre fuerte (no lo habían sido ni Grau y Prío) y buen administrador (lo habían sido también Grau y Prío), el descontento popular con la corrupción generalizada, el apogeo del gansterismo durante los dos gobiernos auténticos precedentes (al que pondría fin) y, a modo de colofón, el absurdo suicidio de Chibás, entre otros factores, todo se conjugó para que el cuartelazo del 10 de marzo de 1952 dejara indiferentes a las masas populares.
Así, pues, no las luego sobreañadidas causales sociopolíticas, que existían en la Cuba de entonces, en la de hoy y en cualquier otro país, sino la ruptura del orden constitucional, talón de Aquiles de Batista, sería la baza de triunfo en manos de un Fidel que planea a largo plazo. Según la estrategia oculta del jefe guerrillero, el derrocamiento del dictador es sólo la primera etapa de su lucha. Su meta final desde el principio consiste en destruir el sistema. Con todo, el castrismo jamás habría logrado inclinar a su favor la balanza de la opinión pública sin la consistente instrumentación mediática del sangriento ciclo macbethiano de acción y reacción generado por el cuartelazo del 10 de marzo del 52.
Aquí jugaría un papel determinante la leyenda del “comportamiento ejemplar” (falso, pues practicaron el terrorismo y “ajusticiaron” a numerosos chivatos y “traidores”, menores de edad incluidos) de las guerrillas urbanas y rurales, que Guillermo Cabrera Infante contrasta con la sádica crueldad (cierto, torturaban y asesinaban, arrojando los cadáveres de las víctimas a la cuneta de las carreteras) de las fuerzas represivas en su novela Vista del amanecer en el trópico, Premio Seix Barral 1964. Significativamente, el más famoso de los renegados literarios del castrismo, quitándose la venda de los ojos, no tardaría en repudiar la obra como un “libro políticamente oportunista”.
Estados Unidos inclina el pulgar
Ante la galopante pérdida de popularidad del régimen de facto a mediados de 1958, el Gobierno norteamericano reacciona como de costumbre cuando la subversión parece no poner en peligro sus intereses o no huele a comunismo: inclinando el pulgar o, lo que venía a ser lo mismo, cortándole sin más los suministros a unas Fuerzas Armadas ya desmoralizadas, cuya plana mayor prestaría enseguida oídos a las añagazas de Castro. La suerte estaba echada.
Los norteamerianos pagarían caro aquel cambio de casacas a última hora. La suerte estaba echada… En retrospectiva, tal vez a modo de desagravio por las injurias de Bohemia, Quevedo se identifica con aquellos militares, traidores a su vez traicionados. Su alegato contra Estados Unidos descarta el axioma fundamental de la historiografía castrista, que presenta al batistato como una tiranía --recordemos que eso mismo se decía de todos los gobiernos constitucionales precedentes-- impuesta y protegida por Washington:
Fue culpable Estados Unidos de América, que se incautó de las armas destinadas a las Fuerzas Armadas de Cuba en su lucha contra los guerrilleros. Y fue culpable el State Department, que apoyó la conjura internacional dirigida por los comunistas para adueñarse de Cuba.
La frase final es un dislate: imposible que una administración tan conservadora como la de Eisenhower-Nixon apoyase semejante conjura a sabiendas. Sencillamente, el Departamento de Estado apostó por lo que, a juzgar por las evidencias, era ya la voluntad mayoritaria de los cubanos. Siguiendo la actual divisa de Bush en el sentido de que el futuro de la Isla “está en manos de los propios cubanos” --lo cual es otro soberano disparate, pues los aludidos no están condiciones de decidir nada--, los dejaron hacer y deshacer a su antojo. Por desgracia para los “gringos” (por una plaza en cuyas fábricas se desvivía el proletariado criollo, del mismo modo que hoy vota con los pies por el “norte revuelto y brutal”) y para nosotros, se cumplió el viejo refrán: el bueno por conocer salió peor que el malo conocido.
¿Se arriesgarán a jugar la misma carta con Raúl Castro? Es probable, sobre todo si el Hermanísimo se lo propone. El resultado sería, irónicamente, una vuelta al batistato en versión totalitaria, con la ventaja para la Casa Blanca de poder apoyar al nuevo déspota y asegurarse de paso --para nuestro bien y el de ellos, que al menos pagarían el trabajo de los petroleros cubanos mejor que el estado castrista y los consorcios chinos o españoles-- el control las enormes reservas de hidrocarburos en la costa norte de la Isla, sin exponerse a las críticas de la izquierda. Retruécanos del destino o “al que no quiere caldo le dan tres tazas”…
Quienes, en cambio, ya sea por pura novelería o prejuicios doctrinarios, sí actuaron por motivaciones parecidas a las que Quevedo atribuye al Departamento de Estado, fueron la mainstream de la prensa y la intelectualidad norteamericanas, y desde luego el ala “liberal” (izquierda) del Partido Demócrata. De hecho, la exaltación mediática del castrismo arranca con la famosa entrevista concedida el 17 de febrero de 1957 a Herbert L. Mathew, el editorialista del New York Times que se dejó embaucar por la ficción de ejército guerrillero escenificada por Fidel (a quien retrata como “el Robin Hood de las Américas, un joven y valiente líder que lucha en defensa los pobres y oprimidos”) y alcanza su apoteosis después del triunfo rebelde en 1959. Aún hoy en su lecho de muerte está lejos de amainar por obra y gracia de la idolatría de la farándula hollywoodense, encabezada por halalevas de Oliver Stone.
Por tanto, la diferencia esencial entre la Casa Blanca y la prensa “progresista” norteamericana con respecto a nuestra Isla apenas ha experimentado algún cambio. La primera, demócrata o republicana, sigue siendo más bien obsecuente y tiende a querer para la Isla lo que nosotros: vivir como personas bajo un gobierno y un sistema a nuestra medida. O sea, con democracia hacia dentro y, hacia fuera, independencia relativa (nunca total, aspiración que, aparte de indeseable, sería ilusoria en un mundo globalizado).
En cambio, la segunda, masoquistamente “progre”, quiere lo que entiende que, dado nuestro bajo nivel civilizatorio, hemos de añorar los cubanos: un líder carismático al frente de alguna versión ligera del “mundo de Mao Tse Tung” que sirva de contrapeso regional a la --para esos filantrópicos periodistas “anti-anticomunistas” de un imperio vergonzante-- aborrecible hegemonía de Estados Unidos.
Catastrofismo histórico
El legado de nuestro ilustre suicida resulta profético de cara al exordio biológico de un régimen que ni siquiera ante la agonía de su creador prescinde del show publicitario. Quevedo dio en el clavo: el castrismo nació y sobrevive como una solución totalitaria a los males de una realidad imaginada. Como tal, en esta era de altas tecnologías digitales, de desaforada manipulación mediática de la realidad “objetiva”, de Babel posmoderna de los metalenguajes derridianos con sus malabarismos conceptistas, no es un anacronismo histórico sino una tendencia fuerte reflejada en el auge de la demagogia populista.
Consecuentemente, el subtexto de su carta de despedida a Ernesto Montaner se lee como un esfuerzo póstumo por corregir en los sobrevivientes esa fatídica combinación de visión unilateral de la Segunda República e imaginario subversivo, de factura mediática, que el autor ayudara a forjar cuando era un príncipe de la prensa.
Esa imagen catastrófica del pasado y ese inconsciente colectivo seudorrevolucionario, coartada principal del totalitarismo, son aún compartidos por la historiografía castrista y, lo que es peor, por un sector del exilio y la oposición interna. Sustenta, en perfecta retroalimentación recíproca, la visión edulcorada del régimen castrista en los medios de difusión occidentales, con los cuales --como hemos visto en el caso de Alemania-- interactúa.
De ahí la coherencia de la crítica-autocrítica quevediana como dolorosa, pero ineludible fórmula para superar las divisiones y coincidir en un programa democrático desprovisto de imaginarios lastres históricos y etiquetas político-ideológicas que, sin aspirar a la utopía, apenas excluya a recalcitrantes y criminales de ambos bandos.
Por desgracia, la reacción de los más ante su suicidio confirmó los temores de Quevedo: no sólo se ha arrojado su persona al desván de los engorros históricos sino que se ha puesto en duda la autenticidad del testamento, atribuyéndolo a la falsificación de un supuesto batistiano. La acusación sigue el clásico patrón conspirológico, habida cuenta de que, por un lado, entre Batista y Castro existe una relación secuencial, no así de causa y efecto.
Es absurdo acusar al segundo de haber desvirtuado los ideales originales de la Revolución y al mismo tiempo achacarle ese brusco cambio de agujas al primero. Sobre todo sabiendo que el núcleo duro del castrismo ocultó su credo comunista hasta que se sintió lo bastante fuerte como para poder proclamarla a los cuatro vientos. Si bien es verdad que el texto quevediano no demoniza a Bastista, no lo es menos que tampoco lo exonera. De hecho, aplica a Castro idéntico tratamiento, asignando el peso de la carga acusatoria al imaginario nacional y a la ingenuidad de los medios de difusión republicanos.
Ya hemos visto que Quevedo mide su propia falta personal con la misma vara. Pero, al ir más allá y aplicársela al pueblo entero, abandona la senda de lo “políticamente correcto”, transgrede el tabú maniqueísta inmanente al romanticismo histórico, trizando la piedra angular de todas las teorías populistas: las masas populares como tabla rasa, víctimas inmaculadas de un sistema intrínsecamente perverso, y el supuesto rol positivo de la intelectualidad en el proceso de liberación.
El veredicto quevediano de “culpables fuimos todos” presupone la imperfección de toda sociedad, recoloca de lleno la culpa donde aún hoy muy pocos quieren verla: en nuestra idiosincrasia nacional, en una conciencia y un inconsciente colectivos que aspiraban, aspiran aún, a la perfección utópica. Quevedo pone ex profeso el dedo en la llaga al concebir de manera implícita al batistato como parte de la continuidad republicana, haciendo énfasis en la viabilidad de una solución electoral a la crisis:
Fueron culpables Gobierno y la Oposición, cuando el Diálogo Cívico, por no ceder a llegar a un acuerdo, decoroso, pacífico y patriótico. Y los infiltrados por Fidel Castro en aquella gestión, para sabotearla y hacerla fracasar, como lo hicieron.
El reproche de sabotaje a la solución dialogada no es ninguna exageración: el electoralista ortodoxo Carlos Márquez Sterling salió ileso milagrosamente de varios atentados. Si Quevedo estaba en lo cierto, y había en efecto una salida pacífica razonable al conflicto, entonces la continuación de la lucha armada fue un acto irreflexivo que, en caso de victoria, a lo sumo sólo podía justificarse en parte post factum con el retorno a la legalidad constitucional o, en su defecto, implantando un nuevo orden superior a la dictadura y la República a la vez. No ha sido así en cerca de medio siglo, y no vale la pena gastar bitios intentando demostrárselo a quienes se niegan a comprenderlo.
A la luz de ese colosal fracaso, ¿cómo seguir considerando un mérito personal cualquier participación en la saga castrista antes o después de la victoria? La leyenda heroica de la resistencia contra Batista y la pretendida “fase romántica” de la Revolución Cubana sigue siendo hasta el sol de hoy el Arca de la Alianza gubernamental y el parteaguas de la oposición. Cuestionar ese mito equivale a privar al castrismo, y a más de un veterano anticastrista, de la Cruz de Hierro en su expediente patriótico.
Aquelarre en la UNEAC
El debate público suscitado por la prohibición de P.M. a principios de 1961 terminó el 6 de noviembre con la abrupta clausura oficial del suplemento literario Lunes de Revolución, donde Carlos Franqui, Guillermo Cabrera Infante y el propio Lisandro, entre otros intelectuales de la izquierda liberal, intentaban poner en práctica los sueños originales de libertad civil y apertura cultural de la Revolución Cubana.
El lema de Fidel en junio de ese año a propósito de la polémica, “Dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, nada”, plagio de un discurso de Mussolini (de quien es también la manía de llamarle batalla a todo: “batalla del trigo”, “batalla de la lira”, “batalla de los nacimientos”, etc.), presagiaba, después del de la prensa libre, el “fuera de juego” también para los escritores. Al cabo de múltiples desencuentros, llegaría el ucase definitivo con el arresto del poeta Heberto Padilla en 1971 y el inicio de lo que Ambrosio Fornet bautizara, a su aire viciado, como el “Quinquenio Gris”.
A 36 años de aquel intervalo de represalias relativamente benignas (los castigos más fuertes para los intelectuales eran no poder publicar y/o ser obligado a laborar en una fábrica en una época en que, compárese, aún se fusilaba a diario y millares de presos políticos se podrían en la cárcel), gracias al cual los afectados se han ceñido a perpetuidad la corona de espinas del martirio, se vuelve a poner de manifiesto que pensamiento lógico, coraje civil y sentido autocrítico no son necesariamente virtudes de los más cultos. La intelectualidad cubana ha tocado fondo. Peor aún, se regodea a voz en cuello en los meandros de su propia abyección.
La servil cursilería de la carta a Fidel del recién celebrado Festival de la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC) --“Querido Gigante… Recupérese. Le queremos… Lo abrazamos con fervor revolucionario…”-- y el intercambio de emails de protesta entre escritores veteranos de la Isla (¡e incluso del exilio!) a propósito de la reaparición televisiva de los defenestrados policías culturales del “Quinquenio Gris” Luis Pavón y Carlos Serguera, indican cuán difícil le será exorcizar los fantasmas del castrismo a nuestra casta letrada, tan acostumbrada como está a patear hacia abajo y postrarse hacia arriba.
Notoriamente, no tocan a Lisandro, brazo derecho de Pavón en el Consejo Nacional de Cultura (CNC), el órgano que dirigió la represión contra los intelectuales entre 1971 y 1976. Tampoco mencionan el papel del hoy presidente de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), Carlos Martí, otrora segundo al mando en el Departamento de Orientación Revolucionaria (DOR) del Partido del tronado Carlos Aldana, cuyo posible retorno como hombre fuerte de Raúl dicen temer. Por otra parte, el manejo de los conceptos en la disputa digital revela ignorancia supina o fanatismo consciente. Por ejemplo, el oxímoron “pensar desde la izquierda y la revolución”, que Arturo Arango dice preferir en su email del 6 de enero, encierra in nuce toda la dogmática estaliniana, gulag incluido.
Y es que nuestros escritores habitan, de oficio, en el reino estanco del mito y la prestidigitación verbal. Defienden sus intereses creados, no la libertad del creador, que en su concepto se reduce al derecho a la experimentación manierista, hueca, divorciada de todo mensaje inconformista. El escritor ya no es para ellos el “enemigo del estado”, como en la República, sino el cantor conforme, el cronista dócil del feudo castrista.
Por falta de un mínimo distanciamiento hacia el objeto de sus loas (la élite castrista), cumplen demasiado ramplonamente su misión de glosadores-racionalizadores-sublimadores del mundo virtual forjado por Fidel. Las reformas pragmáticas al estilo realpolitik china del sucesor que por fuerza deberá poner los pies sobre tierra podrían requerir como legitimación estética el enfoque más balanceado de la nueva generación literaria.
No obstante, a fin de sosegar a la alarmada grey cultural, que reclama la prórroga de su jaula dorada durante la sucesión, la dirección de la UNEAC fue, como era de esperar, oportunamente autorizada a cortar la resbaladiza polémica. Y lo ha hecho con frases que son toda una profesión de fe castrista: “La política cultural martiana, antidogmática, creadora y participativa, de Fidel y Raúl, fundada con el discurso ‘Palabras a los intelectuales’, es irreversible”, “agenda anexionista”, “trabajando obviamente al servicio del enemigo”, etc. Fraseología legible como un rotundo “Amamos las caenas” que a estas alturas da vergüenza ajena: el lenguaje jineterizado para decir justo lo contrario de lo que es y de lo que se siente.
Para que nadie se llame a engaño en el exilio, otra de las víctimas eternas del llamado “pavonato”, Miguel Barnet, diputado a la monocorde Asamblea Nacional del Poder Popular, ha dejado claro lo que entienden en la UNEAC por “unidad de la cultura cubana de las dos orillas” al dictaminar: “Los que estamos aquí y hemos vivido estos años, somos los indicados para lavar nuestros trapos, sean cuáles sean”. Dicho en otras palabras, los colegas del exilio, o se suman a la coral wagneriana de la UNEAC, o pierden su derecho a opinar en un debate exclusivamente reservado a los incondicionales. Barnet no deja un nicho honorable ni siquiera para la llamada “solidaridad crítica”. Tan intolerantes son estos burgueses conversos al marxismo.
No queda, pues, más remedio que concederles un sitial destacado en el “culpables fuimos todos” de Quevedo. Con la circunstancia agravante de que, a salvo de cualquier reproche de mediocridad intelectual (se la achacan rutinariamente a todo aquel que no comparta su fidelidad a la causa) no pueden alegar inocencia. Si no, cotejándolo con la cita anterior del mismo autor, juzgue el lector por este delirante panegírico de la cosecha del Lisandro reivindicado a golpe de mandarria antiimperialista de La jiribilla:
Fidel Castro es uno de los grandes genios políticos de América. Es una figura que puede compararse a estadistas de la talla de Roosevelt, de Gaulle, Churchill […], o sea, el conductor de pueblos que tiene una clara idea de una estrategia a seguir y de un destino diáfano adonde debe dirigir a la nación. Fidel ha sabido comportarse con un decoro cívico y una dignidad en su cargo que nunca antes habíamos tenido en nuestra historia republicana. […] Entró en la vida cubana como un vendaval y su impronta renovadora será imborrable en la historia. […] Como decía el Che para ser revolucionario hay que ser estimulado por considerables impulsos de amor.
Ad maiorem gloriam Dei... O sea, donde antes, bajo la República se podía decir en principio no a todo, ahora lo saludable es proclamar lo contrario. Y se hace con entusiasmo. De ahí que la paradójica pataleta leal de las vacas sagradas de la literatura cubana apenas refleje su temor a que de pronto, en busca de legitimación fresca, al heredero y su cohorte de tecnócratas se les ocurra la malhadada idea de abrir la jaula de oro del castillejo cultural de 17 y H y ordenarles alzar el azaroso vuelo de vuelta a una libertad perdida que los más viejos usaron mal bajo Batista y ya es demasiado tarde --y sobre todo peligroso, lo intuyen-- para reaprender lo desaprendido. Se juegan el sustento y la bovina paz espiritual de las ovejas de lujo.
Por lo pronto el comunicado de la UNEAC ha disipado sus angustias, pero en tiempos de cambio que no acaban definirse podría suceder lo imprevisto. Algo se cuece en las alturas del Buró Político, y nadie sabe a ciencia cierta qué será. En todo caso, algunos creadores jóvenes, salvando el honor del gremio, manifestaron su desacuerdo con el extraño aquelarre de los veteranos. Otros, la mayoría silenciosa de la cultura inconformista, guardan un silencio prudente, a la espera de poder entrar en el ruedo por causas más altruistas. Son los convidados de piedra del banquete retórico uneacista. Entretanto, en la calle los cubanos de a pie, ajenos a una disputa gremial que no les da ni frío ni calor, ansían el cambio. Hay esperanza…
Conclusiones
Por analogía por el tratamiento que da al batistato, la incómoda lucidez del más didáctico de nuestros suicidas echaba abajo premonitoriamente la que, una vez muerto y enterrado el sucesor de Batista, será sin duda la coartada de los sobrevivientes tan pronto se apague el eco de los llantos rituales: Fidel a su vez como el único culpable. Y vuelta a empezar… Esa genial anticipación explica el rencor contra el antiguo director de Bohemia.
Por último, al destacar el carácter transgresivo del testamento quevediano, no pretendemos atribuirle al difunto todas nuestras deducciones, sino tan sólo destacar lo más provechoso de su mensaje: el doble acierto de haber cortado sin piedad el nudo gordiano de la historia contemporánea de la Isla y propuesto por primera vez a los cubanos de ambas orillas el recurso implacable del espejo.
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Carta de despedida de Miguel Ángel Quevedo de la Lastra
Miami, Florida 12 de Agosto de 1969
Sr. Ernesto Montaner.
Querido Ernesto:
Cuando recibas esta carta, ya te habrás enterado por la radio de la noticia de mi muerte. Ya me habré suicidado -!al fin!- sin que nadie pudiera impedírmelo, como me lo impidieron tú y Agustín Alles el 21 de enero de 1965. ¿Te acuerdas? Ese día entraste en mi despacho a entregarme un artículo tuyo. Conversamos un rato. Pero notaste que yo estaba ausente del diálogo.
Me viste preocupado, triste, muy triste y profundamente abrumado. Y me lo dijiste. Pensé en mi hermana Rosita, a quien adoro y se me llenaron de lágrimas los ojos [..] Te confesé que en el momento que llegaste a mi despacho, estaba pensando darme un tiro en la cabeza. Y hasta te dije que mi única preocupación era Rosita, que me viera tirado en el suelo sobre un charco de sangre. No quería dejarle esa última imagen, habiendo decidido - y también te lo confesé suicidarme acostado en el sofá para que, al verme, tuviese la impresión que dormía.
Recuerdo la expresión de pena y asombro que había en tu cara. Te levantaste. Fuiste a mi escritorio y le quitaste las balas al revólver. Y allí, sentado en la silla del escritorio me dijiste: "Estás loco, Miguel, estás loco" . Me hablaste de Dios. De la perdición eterna de mi espíritu. De la brevedad de la vida. De la falta que yo le haría a Rosita, dejándola sola en el mundo. Me hablaste de veinte cosas. Y viendo que me resbalaban, me amenazaste con llamar a Rosita y a todos los empleados de Bohemia para enterarlos. Te supliqué que no lo hicieras. Comprendí la responsabilidad que mi confesión te habría echado encima. Y te juré por la vida de Rosita que no lo haría.
Convencido que me habías desviado del propósito - al menos por el momento -, saliste de mi despacho. Te encontraste a la salida con Agustín Alles y se lo contaste. Y tú y Agustín se fueron a ver al doctor Esteban Valdés Castillo. Me llamaron de la casa de Valdés Castillo y me pusieron al habla con él. Un gran médico de excepcional talento. Quiso verme con urgencia, pero no nos vimos. Lo que hicimos fue hablar mucho por teléfono. Cuando no me llamaba él a mi, lo llamaba yo a él. Pero hablábamos todos los días. Con quien jamás volví a hablar jamás fue contigo. Perdóname, pero pensé que habías hecho mal al divulgar algo que yo te había dicho a ti amistosamente, en un momento de flaquezas. Y no volvimos a tener comunicación hasta hoy, en que ni tú, ni Agustín Alles, ni Valdés Castillo, ni nadie me hubiera impedido llevar a vías de hecho mi determinación. Estás, pues leyendo, la carta de un viejo amigo, muerto. Valdés Castillo tenía razón cuando afirmaba que la idea del suicidio pasaba por la mente del paciente en forma de círculos, que cada vez se iba reduciendo hasta convertirse en un punto. Mi punto llegó.
Sé que después de muerto lloverán sobre mi tumba montañas de inculpaciones. Que querrán presentarme como "el único culpable" de la desgracia en Cuba. Yo no niego mis errores ni mi culpabilidad, lo que si niego es que fuera "el único culpable". Culpables fuimos todos, en mayor o menor grado de responsabilidad.
Culpables fuimos todos. Los periodistas, que llenaban mi mesa de artículos demoledores contra todos los gobernantes, buscadores de aplausos que, por satisfacer el morbo infecundo y brutal de la multitud, por sentirse halagados por la aprobación de la plebe, vestían el odioso uniforme de los "oposicionistas sistemáticos". Uniforme que no se quitaban nunca. No importa quien fuera el presidente. Ni las cosas buenas que estuviera realizando a favor de Cuba. Había que atacarlos, y había que destruirlos. El mismo pueblo que los elegía, pedía a gritos sus cabezas en la plaza pública. El pueblo también fue culpable. El pueblo que quería a Guiteras. El pueblo que quería a Chibás. El pueblo que aplaudía a Pardo Llada. El pueblo que compraba Bohemia, porque Bohemia era vocero de ese pueblo. El pueblo que acompañó a Fidel desde Oriente hasta el campamento de Columbia.
Fidel no es más que el resultado del estallido de la demagogia y de la insensatez. Todos contribuimos a crearlo. Y todos, por resentidos, por demagogos, por estúpidos, o por malvados, somos culpables de que llegara al poder. Los periodistas conocieron la hoja penal de Fidel, su participación en el Bogotazo comunista, el asesinato de Manolo Castro, y su conducta gansteril en la Universidad de la Habana, pedíamos una amnistía para él y sus cómplices en el asalto al Cuartel Moncada, cuando se encontraba en prisión.
Fue culpable el Congreso que aprobó le Ley de Amnistía. Y los comentaristas de radio y de televisión que lo colmaron de elogios. La chusma que le aplaudió deliradamente en las galerías del Congreso de la República. Bohemia no era más que un eco de la calle. Aquella calle contaminada por el odio que aplaudió "los veinte mil muertos". Invención diabólica del diplomado Enriquito de la Osa, que sabía que Bohemia era un eco de la calle, pero también la calle se hacía eco de lo que publicaba Bohemia.
Fueron culpables los millonarios que llenaron de dinero a Fidel para que derribara al régimen. Los miles de traidores que se vendieron al barbudo criminal. Y los que se ocuparon más del contrabando y del robo que de las acciones militares en la Sierra Maestra.
Fueron culpables los curas de sotana roja que mandaban a los jóvenes para la Sierra Maestra a servir a Castro y sus guerrilleros. Y el clero, oficialmente, que respalda a la revolución comunista con aquellas pastorales encendidas, conminando al Gobierno a entregar el poder.
Fue culpable Estados Unidos de América, que se incautó de las armas destinadas a las Fuerzas Armadas de Cuba en su lucha contra los guerrilleros. Y fue culpable el State Department, que apoyó la conjura internacional dirigida por los comunistas para adueñarse de Cuba.
Fueron culpables Gobierno y la Oposición, cuando el Diálogo Cívico, por no ceder a llegar a un acuerdo, decoroso, pacífico y patriótico. Y los infiltrados por Fidel Castro en aquella gestión, para sabotearla y hacerla fracasar, como lo hicieron.
Fueron culpables los políticos abstencionistas, que cerraron las puertas a todos los cambios electoralistas. Y los periódicos que, como Bohemia, le hicieron el fuego a los abstencionistas, negándose a publicar nada relacionado con aquellas elecciones.
Todos fuimos culpables. Todos. Por acción u omisión.
Viejos y jóvenes. Ricos y pobres. Blancos y negros. Honrados y ladrones. Virtuosos y pecadores. Claro que nos faltaba la lección increíble y amarga: que los más "virtuosos" y los más "honrados", eran los pobres.
Muero asqueado. Solo. Proscrito. Desterrado. Y traicionado y abandonado por amigos a quienes brindé generosamente mi apoyo moral y económico en día muy difíciles. Como Rómulo Betancur, Figueres, Muñoz Marín. Los titanes de esa "Izquierda Democrática" que tan poco tiene de "democrática" y si de "izquierda". Todos, deshumanizados y fríos, me abandonaron en la celda. Cuando se convencieron que yo era anticomunista, me demostraron que eran antiquevedistas. Son los presuntos fundadores del tercer mundo. El mundo de Mao Tse Tung.
Ojala mi muerte sea fecunda. Y obligue a la meditación. Para que los que pueden, aprendan la lección. Y los periódicos y los periodistas, no vuelvan a decir jamás lo que las turbas incultas y desenfrenadas quieran que ellos digan. Para que la prensa no sea más un eco de la calle, sino un faro de orientación para esa propia calle. Para los millonarios no den más sus dineros a quienes después les despojan de todo. Para que los anunciantes no llenen de poderío con sus anuncios a publicaciones tendenciosas, sembradas de odio y de infamia, capaces de destruir hasta la integridad física y moral de una nación, o de un destierro. Y para que el pueblo recapacite y repudie a esos voceros del odio, cuyas frutas hemos visto que no podían ser más amargas.
Fuimos un pueblo cegado por el odio. Y todos éramos víctimas de esa ceguera. Nuestros pecados pesaron más que nuestras virtudes. Nos olvidamos de Núñez de Arce, cuando dijo: "Cuando un pueblo olvida sus virtudes, lleva en sus propios vicios su tirano"
Adiós. Este es mi último adiós. Y le dije a todos mis compatriotas que yo perdono con los brazos en cruz sobre mi pecho, para que me perdonen todo el mal que yo he hecho.
Miguel Ángel Quevedo